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Víctor Ramírez
La literatura musicada -ponerte a cantar y realizar programas radiofónicos musicales- ejerce de vital lubrificante para mi zarandeado espíritu. Sin música hace tiempo que se me hubiera atascado el alma, de tanto recalentamiento por el dolor de pertenecer a Patria colonizada, a pueblo indefenso vilmente sometido y apenas sin norte de esperanza.
Durante unos cuantos viernes he tenido la dicha de haber participado en <Las Parrandas del Victoria> interpretando algunas canciones mexicanas, canciones que mucho gustan a la mayoría de los canarios.
Todo comenzaría cuando Angel Cuenca me comunicó que Ramón Ramos Padilla -quien dirigía musicalmente la Parranda- se lo había sugerido: si podía yo ir por allá un viernes a cantar alguna cancioncita. Y fui.
Además -dije a Angel Cuenca- yo tengo una deuda moral con el Real Club Victoria: su directiva, a instancias de uno de sus componentes (Aníbal Santana Ramírez), tuvo la cordialidad de haberme propuesto años atrás para el Premio Canarias de Literatura. Agradecí sinceramente el detalle, aunque luego dejé claro que rechazo la virtualidad de ser premiado por agentes culturales -sí- de un gobierno esbirro colonial.
Yo hasta ahora -ojalá que siempre- no me desvivo ni ilusiono por premios de ésos, y por muy necesitado dinerariamente que haya estado o esté. Los premios, para mi susceptibilidad, suelen ser corruptores; los suele conceder algún poder económico, y los poderes en sociedad sustentada en la injusticia apenas sí saben hacer el mínimo bien -lo que no significa que quienes los reciban hayan de dejarse corromper si aún no están corrompidos.
Tales poderes sólo buscan sobornarte o chantajearte o ningunearte o liquidarte: o les sirves o eres nada. Así que, por lo pronto, prefiero tener la fortuna moral de no ser premiado, de ser <nada> para ellos. En fin...
Lo cierto es que acepté la invitación, y el viernes día 15 de marzo para allá me encaminaría con mi mujer y mi madre, y con el amigo José Pérez y su esposa. Nada más llegar, algo retrasado y casi asfixiado por las prisas, me llamó el director artístico de Las Parrandas José Manuel Echevarría (Echarri) al escenario.
Yo nunca había estado allí. El salón se encontraba repleto de comensales y, sin apenas tener tiempo a asustarme, canté el corrido «Anselma Guzmán», de Víctor Cordero. (Una de sus estrofas finales dice: "Rodaron los dos al suelo, la hembra y el criminal; logró la pistola Anselma y acribilló al militar").
Colaboraron con sus guitarras, además de José Pérez y Ramón Ramos Padilla, Rafael Bethencourt y Juan Francisco García; acaso algún otro, acaso el sonriente José Carmelo Rivero con su «violín hipertrofiado» marcando el compás.
A ese tipo de premios -el ver los rostros complacidos de quienes te oyen cantar y sus sinceros amables aplausos cuando concluyes- sí que soy susceptible, sí que soy «corrompible».
Luego, un ratito después, interpreté la ranchera de Cuco Sánchez «ˇQué manera de perder!» ("Pero si yo ya sabía/ que todo esto pasaría/ ˇcómo diablos fui a caer!;/ me relleva la tristeza,/ ˇqué desgracia, qué torpeza,/ qué manera de perder!").
Han sido unas vivencias gratificantes las experimentadas por mí en los cinco viernes siguientes (cantando «Con dinero baila el perro» de Bulmaro Bermúdez, «Llegó borracho el borracho» y «Vámonos» de José Alfredo Jiménez, «No soy monedita de oro» y «Fallaste, corazón» de Cuco Sánchez).
Sí: he disfrutado inocentemente -con la agridulce inocencia de que se impregna mi alma cuando escucho cantar embebido por la emoción- de las interpretaciones de los componentes musicales de La Parranda del Victoria: con las voces de los antes mencionados y con las de Menchu Padrón y Domingo Hidalgo y Jorge Hidalgo (no son familiares ellos: aquél nació en Venezuela -me parece- y éste nació en Argentina) y Nacho Aguilar y Tino Curbelo (quien dejó de asistir) y también con los invitados que en cada programa intervienen (como Abelardo García <El Tormento>, como Dacio Ferreras, como tantos otros y otras).
Quiero recordar especialmente y con todo mi afecto a los más veteranos de La Parranda: a Juan García, con su sobriedad de gestos y su revoltoso timplillo, y a Pepe El Zapatero, con su desbordante socarronería y su magistral bandurria.
Muy feliz me han hecho Las Parrandas del Victoria, muy agradecido estoy a sus componentes artísticos y al público asistente que tan cariñosos me ha tratado.
Allí improvisé una copla para una final isa parrandera: "Hace tiempo que no lloro/ porque prefiero cantar;/ son muy grandes mis tristezas/ pero me las sé aguantar"). Y grande ha sido la satisfacción de haber podido incrementar mi particular nómina de amistades, de personas estimadas.
Ojalá en todos nuestros pueblos, en los barrios, en cualquier localidad, hubiera Parrandas así. Sigue siendo la música -al menos para mí- el más divino de los inventos humanos.
Vaya este susurro desde la soledad para darles las gracias de nuevo y siempre, amigos de Las Parrandas del Victoria.
7-mayo-1996