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SOBRE LA LITERATURA COMO DENIGRACION

Víctor Ramírez

Me enteré, por medio de un amigo bien informado, que el congreso o la reunión de poetas internacionales que propone el también amigo Justo Jorge Padrón costará un tremendo dineral público, dineral pagado por el Ayuntamiento principalmente.

Según me entero, Justo Jorge quiere que esos internacionales poetas se hospeden en los mejores hoteles e incluso reciban dietas -todo por decir unas cuantas tonterías con palabras más o menos biensonantes.

Como estos asuntos suelen llevarse en económico secreto, uno sólo puede elucubrar o sospechar lo peor: al igual que con las charlas y conferencias que se montan en el Centro Insular de Cultura, en el Centro de Arte Moderno, Universidad y demás organismos más o menos oficiales.

Sobre estas charlas o conferencias se habla de grandes cantidades donadas a gentes fuereñas que muy poco bueno, por no decir nada, aportan con su presencia en la colonia.

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Lo que se regatea y niega al infeliz colonizado creador cultural canario se dilapida -con regodeo inclusive- entre conferenciantes ajenos, conferenciantes que casi siempre hablan para muy pocos oyentes, conferenciantes que repiten parte de lo bien o mal escrito en sus libros -casi siempre auténticas boberías.

(Tuve que marcharme a mitad de una charla del admirado Eduardo Galeano, de la vergüenza ajena que me entró al oír tanta nadería. Tuve que llamar la atención a Mario Benedetti por las vacuidades que nos soltaba -y desistí de que me firmara los libros que, ilusionado, llevé a su conferencia. Tuve que reprocharle cara a cara al querido Augusto Roa Bastos la falta de respeto a los lectores que le queríamos y fuimos a escucharle a la Casa de Colón -también me fui antes de que él terminara su conferencia-, reprocharle que perdiera la oportunidad y se pusiera a hablar nimiedades, tópicos manidos; Augusto me agradeció el reproche, la verdad sea dicha. Y ya no he vuelto a asistir a conferencias de ésas: por imperativo estético).

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Sin embargo esto no debe extrañarnos. Esto es lo normal en toda política de colonia, en la que se encargan de lo público auténticos castradores espirituales.

Probablemente acabe celebrándose ese congreso o esa reunión de poetas que encabeza Justo Jorge para su particular promoción (promoción que no será cosa mala ni buena, pero que a mí en particular me asquea -y más en gente que a uno, pese a todo, le cae simpática), congreso o reunión estéril y esterilizante como todas las algarabías montadas «socialmente» en torno al arte de escribir -como el cumpleaños del español Cela.

Suele argüirse, para la celebración de tales eventos en la colonia, que celebrándolos <sonará> por ahí los nombres de Canarias y de Las Palmas de Gran Canaria u otra localidad de nuestra sorroballada Patria -para beneficio, claro, de parásitos y esbirros coloniales, jamás para el colectivo.

Ya he repetido varias veces que me repugna enterarme de que todos nuestros nortes políticos, artísticos, culturales, suelan limitarse a ser el aire de un sonido o la tinta efímera de una publicación que casi nadie leerá. Esos poetas internacionales -por descontado- no aportarán nada mínimo de valor a nuestra ninguneada cultura, no menguarán un ápice nuestra mezquinizante ignorantación.

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Sigo considerando la literatura, y mucho más en su vertiente poética, un fructífero diálogo de solitarios, un diálogo eminentemente SOLIDARIO de dos soledades. Desde su soledad el literato escribe y en la soledad el lector recrea lo escrito. Lo demás, literariamente hablando, es accesorio --y casi siempre degenerativo.

Cuando el escritor se asoma por ahí, a que le escuchen o vean, debe entonces manifestar sus opiniones, sus pensamientos, sus actitudes, sus consideraciones, ante el acontecer histórico, político, social, cultural en que se mueven él y sus contemporáneos. Debe manifestarlo porque es parte de esa sociedad, a veces parte notoria.

Es en el mundo intelectual, en el mundo del arte y de la literatura principalmente, donde el dilema de elegir entre la cortesanía y la dignidad se hace más patente. Lo normal es acabar siendo un cortesano, un servidor de los poderes públicos -y por muchas apariencias de independencia intelectual que se airee. Lo raro es elegir el camino de la dignidad, el camino de afrontar la búsqueda de la verdad por muy oculta que se halle ésta.

Y la verdad en una Patria colonizada, como la nuestra, no tiene vuelta de hoja. Y la elección inicial, para nosotros, es sencilla: o te rebelas luchando por su independencia o te pones míseramente al servicio del poderío metropolitano con tus inhibiciones o con tus algarabías congresuales o no.

14-mayo-1996

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