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"VANIDAD PONTIFICADORA"

Por Víctor Ramírez

NOTA PREVIA: Salió este artículo el 15 de MAYO del 96: Miércoles, San Isidro. Di cinco clases y apunté: "Salió Cartel 249: largo 32, lobo 9, secundino 1, epadorno chino 1".

Miro este CARTEL DE LAS LETRAS Y LAS ARTES y me encuentro con que en la primera página está la entrega octava de HISTORIA PERSONAL DE LOS AÑOS SETENTA, de Rafael Franquelo, página ilustrada con un amplio retrato a pluma de Fernando Sagaseta.

En la parte baja, como a partir del quince de noviembre y sin contar con los responsables de la separata, aparece el anuncio publicitario de la marca de cigarros mentada cuando hice referencia a la salida del anterior CARTEL. Esta vez la cita, perteneciente a Octavio Paz, es <Lo importante es la poesía, más que la coyuntura histórica y los colectivos artificiosos creados por el hombre. Lo importante es la poesía y los poetas> (¡Y se se quedó tan fresco el Paz!).

En la segunda página de este CARTEL apareció la entrega 32 de mi novela inconclusa EL ORIGEN DEL LARGO CAMINO SIN FIN. Comenzaba: "El sacristán testigo se desahogaba de un dolor imborrable. Se deshogará con su palabrerío y sus denuestos inútiles: acaso convencido de que, mintiendo, sufría él más verdaderamente y serán más las indulgencias celestiales ganadas".

Y acababa: "<Dormiré tranquila y plena: ya era hora. Tengo un pie divino> y se lo acaricia con delicadeza enconada. <A la tarde me pintaré para ir a rosario ambulante las uñas de color bermellón y pasearé con la sandalia de tiritas doradas para que envidien las envidiosas y rabien de rebia>. Se negaba a usar muleta, tan sólo un bastón y no siempre, cuando la ocasión lo requiriera".

Ilustra la página la reproducción de un cuadro del amigo Manolo Ruiz. Y la completan dos poemas del libro CANTOS ANCESTRALES, del también amigo Olegario Marrero.

En la página tres están la entrega novena de ISLA DE LOBO, de José Rial Vázquez -con ilustración extraída del libro original: la protagonista lavando, al aire libre, en palangana y su hijo en el suelo acostado cobre una especie de almohadón- y la entrega segunda de SECUNDINO DELGADO RODRÍGUEZ, de Manuel Suárez Rosales -con silueta sombreada en rojo acanelado de Secundino sobre las letras.

Y en la página cuatro de este CARTEL salieron la entrega tres de CUBA SIGLO XX: MODERNIDAD Y SINCRETISMO y la primera entrega del ensayo SOBRE "VERANO DE JUAN EL CHINO", de Eugenio Padorno. La ilustra una composición dibujística del rostro de José Martí repetido cuatro veces -cada uno con los respectivos números .19, -33, .13, .7.

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Sábado 18 de Mayo del 96. San Juan I. "Escribo y llevo Ibrahim (y 4)". "Sale Ibrahim -3". "Llevo también nota sobre hupalupa". "Tarde: Ganseo".

(El domingo 19, San Juan de Cetina, no salió EL DIARIO DE LAS PALMAS. Pero "llevo cartel 246: Lobos 10, Secundino 2 y Padorno Claudio 2. Con Pepe -mi cuñado. Tarde: corrijo ejercicios y leo).

El lunes 20 de mayo fue día católico de San Bernardino de Siena. Y, además de las clases que impartí, pergeñé: "Selió ibrahim 4", "escribo economía boyante ¿para quién?", "Con Juani -mi mujer- en las Canteras". "Diskett Lanzarote sí. Cassett Madrid no" (¿a qué me referiría, con esto, pariente? Ya lo veremos)

En la agenda seguía escrito: "Cogí avión a las 10.00. Llegué a las 10 y media". "Salió hijo del pueblo 44". "Salió bonito 184". "Sale vanidad pontificadora". "LLanzarote sí" (sigo sin recordar qué significa esto último, pariente).

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VANIDAD PONTIFICADORA

No me sentiré sorprendido cuando sepa que alguien ha pontificado sobre lo mejor o peor del mundo o de la historia: sea personaje u obra literaria o de arte o ciencia. Ese alguien simplemente deja traslucir una especie de síncope mental momentáneo en individuo ebrio de soberbia o reconcomio, como es el caso del escritor oriundo de Cuba Guillermo Cabrera Infante cuando pontifica en Murcia días atrás -según leí en un suelto de periódico- que "no hay escritores sudamericanos de interés" porque "están muy entretenidos con la política".

Parece Cabrera querer dar la impresión de que conoce a todos los escritores sudamericanos y españoles (pues luego cita a dos de éstos como buenísimos), de que está en la mayor sabia disposición de salvar o condenar -con sus criterios- autores y obras literarias.

Por mi parte pienso que una persona sensatamente pueda decir con sinceridad que tal o cual obra, que tal o cual escritor, le haya influido decisivamente en sus modos de pensar o sentir, o le haya conmocionado con su belleza o su originalidad. Inclusive puede esa persona afirmar que tal es el escritor o la obra que prefiere, o que de los escritores u obras leídos ninguno o ninguna le provoca interés.

Puede que el rechazo o la inhibición sea más responsabilidad de esa persona que del escritor o de la obra leída, pues con los años crecen los prejuicios y se anquilosan los reflejos para captar nuevos valores artísticos. Poco es el tiempo y menguadas son las energías que va teniendo uno para leer lo que quisiera, para disfrutar del arte con la extensión e intensidad que le gustaría.

Por eso la sensatez nos recomienda que calmemos las ansias de disfrute y aprendamos a conformarnos con lo que podamos digerir.

Al pronto recuerdo algo que me sucedió en la librería "Archipiélago" hace unos cuantos años. Merodeaba yo por el estante de libros canarios cuando se acercó una señora a preguntarme afirmando si yo era Víctor Ramírez. Le bromeé respondiéndole que más bien era yo lo que iba quedando de él.

Entonces me dijo que, aunque madrileña, había residido bastantes años por acá y que, de nuevo en Madrid, regresó a la Universidad para terminar los estudios de Filosofía y Letras que había abandonado por la mitad. La señora, amable y mirándome con indisimulable simpatía, aparentaba alrededor de cuarenta años y, a instancias de una joven canaria compañera de clase, había leído mi "NOS DEJARON EL MUERTO".

Se lamentaba ella de que esta novela no se leyera más, de que no se promocionara, pues estaba segura de que impactaría como las que más. Por lo que me confesó, le había conmocionado mucho su lectura y su lamento parecía sincero.

Entonces, sin dejar de sonreírle socarronamente, le respondí que no se preocupara por ello. Que, si mi libro era bueno, por fortuna hay muchos libros buenos de sobra por ahí. Que, para un lector cualquier libro bueno sirve, sea cual sea, pues no todos -ni una infinitésima parte de ellos- pueden leerse en una vida larga. Que si el lector de buenos libros no lee algún libro mío, ya leerá otros de esos muchos: ya que estoy convencido de que el lector es quien busca al libro y no el libro quien deba buscar al lector.

Y en lo que a mí respecta, sigo pensando que publicar un libro es como echar una botella con mensaje al océano proceloso, echarla sintiendo cierta diluida esperanza de que será rescatada por alguien que leerá el mensaje. Es como cuando canto: me basta saber que hay quien se conmueva con la canción para sentir que valió la pena echar la botella al océano.

Por fortuna no hay algo que sea lo mejor absoluto del mundo o de la historia. Hay obras benéficas y autores benéficos, unas y unos más que otras y otros para según qué personas y qué ocasiones. Lo que conforta es enterarte de que lo que haces está comparado en igualdad o semejanza de calidad con lo que consideras benefactor para ti y para otros que te lo han manifestado. Apenas sí importa que tú y tu obra sean más o menos conocidos, más o menos celebrados.

Y susurrando esto, me viene a la memoria una anécdota que nos contó Rafael Arozarena a Franquelo y a mí en Arrecife hace unos años. Dijo Arozarena que un canario residente en Madrid le telefoneó eufórico proponiéndole editar y difundir masivamente su obra allá.

Arozarena le preguntó con esa seriedad coñona tan suya: "¿Me van a leer en China?". El canario proponedor reaccionó murmullando un titubeo de hombre atónito. "Pues si no me leen en China, no me interesa. Prefiero seguir editando en Canarias". Y a nosotros nos añadió: a España no quiero pisarla ni editorialmente.

15-mayo-1996