TALLER
DE FORMACIÓN
CRISIS
DEL CAPITALISMO Y PERSPECTIVAS
Dirige: Jorge Beinstein (Economista,
Argentina)
19
- 23 de octubre de 2010
Lugar: Ateneo Popular Jiribilla
(Paseo de San
Antonio, 11 – Las Palmas de Gran Canaria)
PROGRAMA
Martes,
19 (de
-
Coyuntura
economica mundial. El inicio de la segunda ola recesiva.
- La crisis en Estados Unidos y su vinculación con la crisis mundial
Miércoles,
20 (de
-
Crisis en la
Unión Europea y Japon.
- Las sociedades periféricas ante la crisis global: China, Rusia y Eurasia
periférica en general. La coyuntura latinoamericana, restos neoliberales y
ensayos progresistas ante el redespliegue de la estrategia de dominación
norteamericana (economía, política y crisis).
Sábado,
23 (de 10 a 13 horas):
-
Interpretaciones
teóricas de la crisis. Tesis neoliberales y keynesianas, crisis cíclica,
crisis sistémica, de la crisis de sobreproducción a la crisis general
de subproducción (hacia el fin de la expansión capitalista).
- Alternativas frente a la crisis: Alternativas neoliberales y
keynesianas. Socialismo y comunismo del siglo XXI.
Inscripción:
10 euros en plataformacanaria@gmail.com o
en Tf: 650 745 047
Jorge
Beinstein es Doctor en
Ciencias Económicas. Especialista en pronósticos económicos y economía
mundial, ha sido durante estos últimos treinta años consultor de organismos
internacionales, además de dirigir numerosos programas de investigación. Ha
sido titular de cátedras de economía internacional y prospectiva tanto
en Europa como en América Latina. Actualmente es profesor titular de la
Universidad de Buenos Aires (Cátedra "Globalización y Crisis"). En
sus libros La larga crisis del capitalismo global (Ediciones Corregidor,
Buenos Aires 1999) y Capitalismo Senil (Ediciones Record, Rio de
Janeiro, 2001) anticipó la actual crisis mundial. Su libro más reciente es Crónica
de la decadencia. Capitalismo global 1999-2009, Editorial Cartago, Buenos
Aires, 2009.
Sus
artículos se pueden leer en www.rebelion.org
(mira el documento adjunto)
Taller
organizado por
PLATAFORMA CANARIA DE
SOLIDARIDAD CON LOS PUEBLOS
Seminario
“Crisi globale, lavoro, democrazia”,
Fondazione
Guido Piccini -Facultà di Economia dell Università degli Studi di Brescia
-Librería Rinascita -Vita -
Fondazione
Clementina Calzari Trebeschi,
Brescia, 27-28 novembre 2009
En
el comienzo de un largo viaje
Crepúsculo
del capitalismo, nostalgias, herencias, barbaries y esperanzas a comienzos del
siglo XXI
Jorge
Beinstein
¿Comienzo del fin (o fin del comienzo) de la
crisis?
Desde el inicio de 2009 Ben Bernanke señalaba que antes del fin de ese año
comenzarían a verse síntomas claros de superación de la crisis y hacia el mes
de agosto anunció que “lo peor de la recesión ha quedado atrás” (1).
Antes de que estallara la bomba financiera en septiembre de 2008 Bernanke
pronosticaba que dicho estallido nunca iba a ocurrir, y cuando finalmente ocurrió
su nuevo pronóstico era que en poco tiempo llegaría la recuperación, ahora el
Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos ha decidido no esperar más
y le anuncia al mundo el comienzo del fin de la pesadilla.
No ha sido el único en hacerlo, una apabullante campaña mediática ha
venido utilizando algunas señales aisladas para imponer esa idea. Así fue como
el renacimiento de la burbuja bursátil global desde mediados de marzo fue
presentada como un síntoma de mejoría económica general, una nube de
“expertos” nos explicó que la euforia de la Bolsa estaba anticipando el fin
de la recesión.
En realidad las inyecciones masivas de dinero de los gobiernos de las
grandes potencias económicas beneficiando principalmente al sistema financiero
generaron enormes excedentes de fondos que, en condiciones de enfriamiento
generalizado de la producción y el consumo, encontraron en los negocios bursátiles
un espacio favorable para rentabilizar sus capitales. Jugando al alza de los
valores de las acciones empujaban hacia arriba sus precios lo que a su vez
incitaba a invertir más y más dinero en la Bolsa. A esto debemos agregar que
el motor de la euforia bursátil mundial, la bolsa de los Estados Unidos, además
del dinero derivado de los salvatajes locales ha estado recibiendo importantes
flujos de fondos especulativos externos que aprovechando la persistente caída
del dólar se precipitaron a comprar acciones baratas y en alza. Se repitió así
la secuencia especulativa de fines de los años 1990 y de 2007 pero con una
diferencia decisiva: el contexto de la burbuja actual no es el crecimiento de la
economía sino la recesión. Las burbujas anteriores (bursátiles,
inmobiliarias, comerciales, etc.) interactuaban “positivamente” con
el resto de las actividades económicas; la subas en los precios de las acciones
o de las viviendas alentaban el consumo y la producción y a su vez estos
crecimientos generaban fondos que en buena medida se volcaban hacia los negocios
especulativos produciéndose así una suerte de circulo virtuoso
especulativo-consumista-productivo de carácter global en última instancia
perverso, destinado a mediano plazo al desastre pero que causaba prosperidad en
el corto plazo.
Por el contrario la burbuja bursátil de 2009 contrasta con bajos niveles
de consumo, la declinación de las inversiones productivas, el aumento sostenido
de la desocupación. Los excedentes de capitales bloqueados por una economía
productiva declinante consiguen beneficios en la especulación financiera, lo
que se produce entonces gracias a los fabulosos salvatajes financieros de los
gobiernos es un circulo vicioso especulativo-recesivo.
En el caso del gobierno norteamericano este efecto negativo fue suavizado
a través de enormes subsidios que consiguieron apuntalar algunos consumos y de
ese modo desacelerar primero y más adelante invertir la curva descendente del
Producto Bruto Interno. A las fuertes caídas del último trimestre de 2008 y
del primero de 2009 le sucedió un descenso suave en el segundo trimestre y un
crecimiento en el tercero empujado por los subsidios gubernamentales para la
compra de automóviles y viviendas más los gastos militares, pero detrás de
esa efímera recuperación aparece la expansión desenfrenada del déficit
fiscal y del endeudamiento público.
Es evidente que la economía norteamericana no sale de la trampa de la
decadencia, los alivios transitorios, las tentativas de recuperación, los
crecimientos drogados fortalecen, recomponen los mecanismos parasitarios que la
han llevado al desastre actual. Y el hundimiento del imperio (del centro
articulador del mundo capitalista) arrastra al conjunto del sistema mundial.
Ahora, hacia fines de 2009, nos encontramos a la espera de una próxima
segunda caída recesiva, (el año 2010 podría ser el período de dicha catástrofe)
seguramente mucho más fuerte que la desatada en el último trimestre de 2008.
Los salvatajes financieros globales de 2008-2009 desaceleraron la caída económica
pero generando enormes déficits fiscales en las potencias centrales que las
coloca ante graves amenazas inflacionarias y de debilitamiento extremo en la
capacidad de pago de sus Estados, cuya generosidad fiscal (hacia las grandes
empresas y las instituciones financieras) no consiguió generar el ansiado
despegue de la inversión y el consumo que anunciaban sus dirigentes.
Según ellos ese prometido golpe de demanda debería producir la
reactivación durable de la economía mundial y en consecuencia la reducción de
los déficits, la anulación del peligro hiperinflacionario, etc. Apenas
lograron modestas reactivaciones de ciertos consumos, algunas ilusiones estadísticas
(crecimientos del PBI, etc.) y más parasitismo. El fracaso es evidente, lo que
no impide que vuelvan una y otra vez a aplicar sus inútiles medicinas
intervencionistas (en una curiosa combinación ideológica de neoliberalismo y
neokeynesiamo financiero), lo harán hasta que se les agoten los recursos,
prisioneros de la locura general del sistema. En sus cerebros no entra la
realidad del violento cambio de época que ha convertido en obsoletos sus viejos
instrumentos.
Peor aún, no se trata solo de una “crisis económica”, otras
“crisis” están a la vista y en cualquier momento podrían golpear con
fuerza a un sistema global muy frágil, entre ellas debemos destacar a las
crisis energética y alimentaria (que se hicieron presentes durante el año
2008). O a la degradación del complejo militar-industrial de los Estados
Unidos involucrando al conjunto de aparatos militares de la OTAN empantanados en
las guerras de Irak y Afganistán-Pakistán, sumergido en una catastrófica crisis
de percepción: la sorprendente resistencia de esos pueblos periféricos
desborda su capacidad de comprensión de la realidad, se repite a niveles mucho
más elevados el “efecto Vietnam” o el desconcierto de Hitler ante la
avalancha soviética.
También es necesario mencionar a las crisis urbana y ambiental que junto
a la declinación de valores morales y culturales, de creencias sociales, van
ahogando gradualmente a los paradigmas decisivos del mundo burgués,
desordenando, deteriorando a los sistemas políticos, a las estructuras de
innovación productiva, a los mecanismos de manipulación mediática.
En suma, nos encontramos ante la apariencia de una convergencia de
numerosas “crisis”, en realidad se trata de una única crisis gigantesca,
con diversos rostros, de dimensión (planetaria) nunca antes vista en la
historia, su aspecto es el de un gran crepúsculo que amenaza prolongarse
durante un largo período.
1968-2007: la etapa preparatoria
La crisis actual ha tenido un largo período de gestación
(aproximadamente entre 1968 y 2007), durante el cual se desarrolló una crisis
crónica de sobreproducción que fue acumulando parasitismo y depredación
del ecosistema. El proceso de esas cuatro décadas puede ser interpretado como
una postergación del desastre gracias a la expansión financiera-militar
(centrada en los Estados Unidos), la integración periférica de mano de obra
industrial barata (China, etc.), la depredación acelerada de recursos naturales
(en especial los energéticos no renovables) y el pillaje financiero de una
amplio abanico de países subdesarrollados. También puede ser visto bajo la
forma de una “fuga hacia adelante” del sistema impulsada por sus
grandes motores parasitarios.
Ambas visiones deberían ser integradas utilizando el concepto de “capitalismo
senil” (2), es decir de un fenómeno de envejecimiento avanzado del
sistema que despliega todo su complejo instrumental anti-crisis acumulado en una
larga historia bisecular pero que sin embargo no puede impedir el agravamiento
de sus enfermedades, su decadencia.
La
expansión del parasitismo y la declinación de la dinámica productiva global
constituyen procesos estrechamente vinculados: desde mediados de los años 1970
las tasas de crecimiento del Producto Bruto Mundial se movieron de manera
irregular en torno de una linea descendente mientras que la especulación
financiera se expandía a un ritmo vertiginoso. Si observamos el comportamiento
de las tres economías centrales: los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón,
constataremos que a lo largo de las tres últimas décadas la caída de sus
tasas de crecimiento del capital neto (la tasa de acumulación) contrastó con
el aumento de los beneficios empresarios, la clave del fenómeno está en la
creciente orientación del conjunto de esas economías hacia la especulación
financiera (3). La hipertrofia financiera fue a la vez causa y efecto de la
decadencia productiva; la desaceleración de la llamada “economía real” generaba
fondos ociosos que eran derivados hacia la especulación como vía de salida
para rentabilizar el capital, en consecuencia dichas actividades se expandían
absorbiendo capitales disponibles, dominando con su subcultura virtualista del
beneficio inmediato a la totalidad del sistema, degenerándolo, haciéndole
perder dinamismo. Un estudio riguroso del fenómeno demuestra que no existen dos
esferas opuestas una financiera y otra productiva con comportamientos
diferenciados, por el contrario nos encontramos ante un único espacio de
negocios fuertemente interrelacionados, muchas veces con operadores económicos
combinando ambas actividades. Desde el punto de vista macroeconómico no es
posible describir sus trayectorias sin integrarlas en una dinámica capitalista
común apuntando a la maximización de los beneficios.

Por su parte el Complejo Militar-Industrial norteamericano sufrió
un golpe muy duro al ser derrotado en Vietnam a mediados de los años 1970, pero
las necesidades estructurales del capitalismo le dieron nuevo impulso y realizó
un enorme salto cuantitativo al comenzar la década de los 1980 con el mega
programa militar del presidente Reagan. Luego pareció quedar bloqueado al ganar
los Estados Unidos la Guerra Fría a comienzos de los 1990, ¿como
legitimar aumentos de gastos cuando había desaparecido el enemigo?, sin embargo
al concluir esa década el Imperio había podido fabricar un extraño
“enemigo” que permitió una nueva expansión militarista.
Se trató del “terrorismo internacional”, un contrincante difuso,
altamente virtual, justificación de una prolongada aventura colonial en
Eurasia, tratando de controlar la franja territorial que se extiende desde los
Balcanes hasta Pakistán, atravesando Irak, Irán, los países del Asia Central,
en cuyo corazón (alrededor del Golfo Pérsico y la Cuenca del Mar Caspio) se
encuentra cerca del 70 % de los recursos petroleros del planeta. La victoria en
esa guerra le habría permitido al Imperio acorralar a Rusia y a China y
asegurar la fidelidad de su gran aliado estratégico: la Unión Europea,
consolidando así su hegemonía, imponiendo condiciones financieras y
comerciales muy duras al resto del mundo ya que la economía imperial declinante
necesitaba dosis crecientes de riquezas externas para sobrevivir.
Como en el pasado se conjugaron las necesidades “internas”. propias
de la reproducción de la economía norteamericana (donde los gatos militares
cumplen un rol decisivo) con la necesaria reproducción de la explotación
imperialista. En ese sentido no se trató de un fenómeno nuevo; en los años
1930 los gastos militares les permitieron a los Estados Unidos salir de la
recesión y al mismo tiempo emerger como la gran superpotencia capitalista después
de la Segunda Guerra Mundial, luego más de cuarenta años de Guerra Fría
constituyeron una importante contribución al crecimiento de su Producto Bruto
Interno superando diversas amenazas recesivas (hacia fines de los años
Declinación del centro del mundo
Es necesario constatar que nos encontramos ante la declinación del
centro del mundo: los Estados Unidos, y que esa decadencia no se corresponde con
el ascenso de ningún otro centro imperialista mundial de remplazo, las otras
grandes potencias (Unión Europea, Japón, Rusia, China) se encuentran todas
embarcadas en el mismo buque global a la deriva. Desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial el capitalismo se estructuró en torno de los Estados Unidos,
espacio fundamental de todos los negocios (productivos, financieros, mediáticos,
etc.), su degradación desde comienzos de los años 1970 y su descenso actual
expresa un mal universal, el parasitismo estadounidense no ha sido otra cosa que
su manifestación específica, central acelerada por la crisis crónica global
de sobreproducción (incluidos los seudo milagros como la expansión china, el
renacimiento ruso o la integración europea).
El parásito norteamericano consumía por encima de su capacidad
productiva porque las economías de Europa, China, Japón, etc., necesitaban
venderle sus bienes y servicios, invertir sus excedentes financieros. Se trató
de una interdependencia cada vez más profunda, se la llamó “globalización”
y la propaganda neoliberal la describió como una suerte de etapa superior del
capitalismo, superadora positiva del sistema vigente entre el fin de la Segunda
Guerra Mundial y la crisis de los años 1970.
Fue construida la imagen idílica de un capitalismo transnacional
liberado de la tutela de los grandes estados nacionales y creciendo
indefinidamente en torno de los círculos virtuosos interrelacionados de la
revolución tecnológica, la expansión del consumo y de las finanzas globales,
en realidad lo que se impuso fue un capitalismo global completamente
hegemonizado por los negocios financieros y articulado en torno de un gran
centro imperialista con claros síntomas de decadencia.
Sería un grueso error señalar al fenómeno parasitario como a un hecho
específico, exclusivo de la sociedad norteamericana, deberíamos entenderlo
como un proceso mundial. La financierización, la proliferación de redes
mafiosas y negocios gangsteriles (como el tráfico de drogas, la prostitución,
los saqueos de empresas públicas periféricas, etc.) atraviesa a todas las
elites capitalistas de los países centrales y produjo una rápida reconversión-degradación
de numerosas burguesías del llamado mundo subdesarrollado transformadas en auténticas
lumpen-burguesías periféricas.
Podría decirse que el caso chino es la excepción pero no es así, China
es una gran exportadora industrial pero acumula fabulosos excedentes
financieros, cumple un rol muy importante en los negocios especulativos
mundiales, sus elites dirigentes son altamente corruptas y en última instancia
su industrialización es completamente funcional a la reproducción del
capitalismo finanancierizado global, especialmente del desarrollo mas reciente
de la economía norteamericana suministrandole mercancías baratas y acumulando
a cambio dólares, bonos del tesoro y otros papeles. De ese modo la elite china
participa activamente en la fiesta parasitaria global, forma parte del
restringido club de los ricos del mundo (su base social de obreros y campesinos
forma parte de la masa proletaria universal de pobres, oprimidos y explotados).
La realidad de la crisis desmiente las fantasías de los “desacoples”
nacionales o regionales respecto del hundimiento de los Estados Unidos, muestra
por el contrario la desesperación de las otras grandes potencias ante la
declinación de su espacio central de negocios.
Lo que estamos presenciando no es el remplazo de la unipolaridad por
alguna forma de multipolaridad eficaz, por un reparto completo del mundo entre
potencias centrales, sino su desplazamiento paulatino por un proceso de
despolarización donde se van abriendo múltiples espacios en los que los
controles imperialistas (norteamericanos, europeos u otros) se están aflojando,
es decir donde la articulación capitalista del mundo se debilita al ritmo de la
crisis. Y los antecedentes históricos (sobre todo si pensamos en lo que ocurrió
a partir de la Primera Guerra Mundial) señalan que si eso ocurre, si la
jerarquización imperialista del capitalismo entra en crisis entonces irrumpen
las condiciones objetivas y subjetivas para las rebeliones de las víctimas del
sistema.
No
se trata de un proceso ordenado, incluye tentativas de redespliegue
imperialista, de reconversión estratégica de los mecanismos de dominación
(como el actualmente en curso en los Estados Unidos bajo la presidencia de Barak
Obama), de aprovechamientos por parte de otras grandes potencias que tratan de
apropiarse de espacios donde el poder imperial norteamericano se ha debilitado,
de autonomizaciones periféricas a veces exitosas y otras muy embrolladas y
condenadas al fracaso. Cuando ciertos gurúes occidentales muestran su
preocupación ante el posible desarrollo de lo que califican como despolarización
caótica (4) están expresando un gran miedo universal, consciente o
inconsciente, frente a la perspectiva de la reaparición del odiado fantasma
anticapitalista, varias veces declarado muerto y exorcizado, pero siempre
amenazante.
De las crisis de sobreproducción a la crisis
general de subproducción(agotamiento de la civilización burguesa)
El desenlace de 2007-2008, inicio del largo crepúsculo del sistema, no
constituyó ninguna sorpresa, estaba escrito en los avatares de la crisis-controlada
de las últimas cuatro décadas. Más aún, es posible detectar caminos,
procesos que a lo largo de cerca de dos siglos recorren toda la historia del
capitalismo industrial desembocando ahora en su declinación general, gérmenes
de parasitismo anunciadores de la futura decadencia presentes desde el
nacimiento del sistema, durante su expansión juvenil y mucho más en su
madurez.
La sucesión de las crisis de sobreproducción en el capitalismo
occidental durante el siglo XIX no marcó un sencillo encadenamiento de caídas
y recuperaciones a niveles cada vez más altos de desarrollo de fuerzas
productivas, luego de cada depresión el sistema se recomponía pero acumulando
en su recorrido masas crecientes de parasitismo.
El cáncer financiero irrumpió triunfal entre fines del siglo XIX y
comienzos del siglo XX y obtuvo el control absoluto del sistema siete u ocho décadas
después, pero su desarrollo había comenzado mucho tiempo antes, financiando a
estructuras industriales y comerciales cada vez más concentradas y a los
estados imperialistas donde se expandían las burocracias civiles y militares.
La hegemonía de la ideología del progreso y del discurso productivista sirvió
para ocultar el fenómeno, instaló la idea de que el capitalismo a la inversa
de las civilizaciones anteriores no acumulaba parasitismo sino fuerzas
productivas que al expandirse creaban problemas de inadaptación superables al
interior del sistema mundial, resueltos a través de procesos de “destrucción-creadora”.
El parasitismo capitalista a gran escala cuando se hacía evidente era
considerado como una forma de “atraso” o una “degeneración” pasajera
en la marcha ascendente de la modernidad.
Dicha marea ideológica atrapó también a buena parte del
anticapitalismo (en última instancia “progresista”) de los siglos XIX y XX,
convencido de que la corriente imparable del desarrollo de las fuerzas
productivas terminaría por enfrentar al bloqueo de las relaciones capitalistas
de producción, saltando por encima de ellas, aplastándolas con una avalancha
revolucionaria de obreros industriales de los países más “desarrollados a
los que seguirían los llamados “países atrasados”. La ilusión del
progreso indefinido (más o menos turbulento) ocultó la perspectiva de la
decadencia, de esa manera dejó a medio camino al pensamiento crítico, le quitó
radicalidad con consecuencias culturales negativas evidentes para los
movimientos de emancipación de los oprimidos del centro y de la periferia.
Por su parte el militarismo moderno hunde sus raíces en el siglo XIX
occidental, desde las guerras napoleónicas, llegando a la guerra
franco-prusiana hasta irrumpir en la Primera Guerra Mundial como “Complejo
Militar-Industrial”. Fue percibido en un comienzo como un instrumento
privilegiado de las estrategias imperialistas y más adelante como reactivador
económico del capitalismo. Solo se veía un aspecto del problema pero se
ignoraba o subestimaba su profunda naturaleza parasitaria, el hecho de que detrás
del monstruo militar al servicio de la reproducción del sistema se ocultaba un
monstruo mucho más poderoso a largo plazo: el del consumo improductivo.
Actualmente el Complejo Militar-Industrial norteamericano (en torno del
cual se reproducen los de sus socios de la OTAN) gasta en términos reales más
de un billón (un millón de millones) de dólares (5), contribuye de manera
creciente al déficit fiscal y por consiguiente al endeudamiento del Imperio (y
a la prosperidad de los negocios financieros beneficiarios de dicho déficit).
Su eficacia militar es declinante pero su burocracia es cada vez mayor, la
corrupción ha penetrado en todas sus actividades, ya no es el gran generador de
empleos como en otras épocas, el desarrollo de la tecnología
industrial-militar ha reducido significativamente esa función. La época del
keynesiamismo militar como eficaz estrategia anti-crisis pertenece al pasado
(6).
Presenciamos
actualmente en los Estados Unidos la integración de negocios entre la esfera
industrial-militar, las redes financieras, las grandes empresas energéticas,
las camarillas mafiosas, las “empresas” de seguridad y otros actividades muy
dinámicas conformando el espacio dominante del sistema de poder imperial.
Tampoco la crisis energética en torno de la llegada del “Peak
Oil” (la franja de máxima producción petrolera mundial a partir de la
cual se desarrolla su declinación) debería ser restringida a la historia de
las últimas décadas, es necesario entenderla como fase declinante del largo
ciclo de la explotación moderna de los recursos naturales no renovables, desde
el comienzo del capitalismo industrial que pudo realizar su despegue y posterior
expansión gracias a esos insumos energéticos abundantes, baratos y fácilmente
transportables desarrollando primero el ciclo del carbón bajo hegemonía
inglesa en el siglo XIX y luego el del petróleo bajo hegemonía norteamericana
en el siglo XX. Ese ciclo energético bisecular condicionó todo el desarrollo
tecnológico del sistema y expresó, fue la vanguardia de la dinámica
depredadora del capitalismo extendida al conjunto de recursos naturales y del
ecosistema en general.
Lo que durante casi dos siglos fue considerado como una de las grandes
proezas de la civilización burguesa, su aventura industrial y tecnológica,
aparece ahora como la madre de todos los desastres, como una expansión
depredadora que pone en peligro la supervivencia de la especie humana que la había
desatado.
En síntesis, el desarrollo de la civilización burguesa durante los dos
últimos siglos (con raíces en un pasado occidental mucho más prolongado) ha
terminado por engendrar un proceso irreversible de decadencia, la depredación
ambiental y la expansión parasitaria, estrechamente interrelacionadas, están
en la base del fenómeno.
La dinámica del desarrollo económico del capitalismo marcada por una
sucesión de crisis de sobreproducción constituye el motor del proceso
depredador-parasitario que conduce inevitablemente a una crisis prolongada
de subproducción. Desde una mirada superficial se podría concluir que
dicha crisis ha sido causada por factores exógenos al sistema: perturbaciones
climáticas, escasez de recursos energéticos, etc., que bloquean o incluso
hacen retroceder al desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo una
reflexión más rigurosa nos demuestra que la penuria energética y la degradación
ambiental son el resultado de la dinámica depredadora del capitalismo obligado
a crecer indefinidamente para no perecer, aunque precisamente dicho crecimiento
termina por destruir al sistema.
Existe una interrelación dialéctica perversa entre la expansión de la
masa global de ganancias, su velocidad creciente, la multiplicación de las
estructuras burocráticas civiles y militares de control social, la concentración
mundial de ingresos, el ascenso de la marea parasitaria y la depredación del
ecosistema.
Las revoluciones tecnológicas del capitalismo han sido en apariencia sus
tablas de salvación, y lo han sido durante mucho tiempo incrementando la
productividad industrial y agraria, mejorando las comunicaciones y transportes,
etc., pero en el largo plazo histórico, en el balance de varios siglos
constituyen su trampa mortal: terminan por degradar el desarrollo que han
impulsado al estar estructuralmente basadas en la depredación ambiental, al
generar un crecimiento exponencial de masas humanas súper explotadas y
marginadas.
La cultura técnica de la civilización burguesa se apoya en un doble
combate: el del hombre contra la “naturaleza” (el contexto ambiental de su
vida) convertida en objeto de explotación, realidad exterior y hostil a la que
es necesario dominar, devorar, y en consecuencia del hombre (burgués) contra el
hombre (explotado, dominado) convertido en objeto manipulable.
El progreso técnico integra así el proceso de auto destrucción general
del capitalismo en la ruta hacia un horizonte de barbarie, esta idea va mucho más
allá del concepto de bloqueo tecnológico o de “limite estructural del
sistema tecnológico” tal como fue formulado por Bertrand Gille (7). No se
trata de la incapacidad de sistema tecnológico de la civilización burguesa
para seguir desarrollando fuerzas productivas sino de su alta capacidad en tanto
instrumento de destrucción neta de fuerzas productivas.
En síntesis, la historia de las crisis de sobreproducción concluye con
una crisis general de subproducción, como un proceso de destrucción, de
decadencia sistémica en el largo plazo. Esto significa que la superación
necesaria del capitalismo no aparece como el paso indispensable para proseguir “la
marcha del progreso” sino en primer lugar como tentativa de supervivencia
humana y de su contexto ambiental.
El proceso de decadencia en curso debe ser visto como la fase descendente
de un largo ciclo histórico iniciado hacia fines del siglo XVIII (8) que contó
con dos grandes articuladores hoy declinantes: el ciclo de la dominación
imperialista anglo-norteamericano (etapa inglesa en el siglo XIX y
norteamericana en el siglo XX) y el ciclo del estado burgués desde su etapa
“liberal industrial” en el siglo XIX, pasando por su etapa intervencionista
productiva (keynesiana clásica) en buena parte del siglo XX para llegar a su
degradación “neoliberal” a partir de los años 1970-1980.
En fin, es necesario señalar que la convergencia de numerosas
“crisis” mundiales puede indicar la existencia de una perturbación grave
pero no necesariamente el despliegue de un proceso de decadencia general del
sistema. La decadencia aparece como la última etapa de un largo súper ciclo
histórico, su fase declinante, su envejecimiento irreversible (su senilidad),
el agotamiento de sus diversas funciones. Extremando los reduccionismos tan
practicados por las “ciencias sociales” podríamos hablar de “ciclos”
energético, alimentario, militar, financiero, productivo, estatal, etc., y así
describir en cada caso trayectorias que despegan en Occidente entre fines del
siglo XVIII y comienzos del siglo XIX con raíces anteriores e involucrando
espacios geográficos crecientes hasta asumir finalmente una dimensión
planetaria y luego declinar cada uno de ellos. La coincidencia histórica de
todas esas declinaciones y la fácil detección de densas interrelaciones entre
todos esos “ciclos” nos sugieren la existencia de un único súper ciclo que
los incluye a todos. Dicho de otra manera, la hipótesis es que se trata del
ciclo de la civilización burguesa que se expresa a través de una multiplicidad
de “aspectos” (productivo, moral, político, militar, ambiental, etc.).
Nostalgias, herencias y esperanzas
En la izquierda pululan los nostálgicos del siglo XX que es presentado
como un período de grandes revoluciones socialistas y antiimperialistas, desde
la revolución rusa hasta la victoria vietnamita pasando por la revolución
china, las victorias anticolonialistas en Asia y África, etc. Frente a esa
sucesión de olas revolucionarias lo que llegó después, en las últimas décadas
del siglo XX, aparece como una desgracia.
Aunque
también es posible mirar a ese “periodo maravilloso” como a una
sucesión de desilusiones, de tentativas liberadoras fracasadas. Además las
esperanzas (acunadas desde mediados del siglo XIX) en victorias proletarias en
el corazón del mundo burgués, en la Europa más desarrollada e incluso en la
neo-europa norteamericana: los Estados Unidos, nunca se concretaron, el peso
cultural del capitalismo generando barbaries fascistas o “civilizadas”
integraciones keynesianas disipó toda posibilidad de superación
postcapitalista. La ultima gran crisis del sistema desatada a comienzos de los años
1970 no produjo un corrimiento hacia la izquierda del mundo sino todo lo
contrario.
Todo ello contribuyó a confirmar la creencia simplista, demoledora, de
que el capital “siempre encuentra alguna salida” (tecnológica, política,
militar, etc.) a sus crisis, se trata de un prejuicio con raíces muy profundas
forjado durante mucho tiempo.
Destruir ese mito constituye una tarea decisiva en el proceso de superación
de la decadencia, si ese objetivo no es logrado la trampa burguesa nos impedirá
salir de un mundo que se va hundiendo en la barbarie, así ocurrió a lo largo
de la historia con otras civilizaciones decadentes que pudieron preservar su
hegemonía cultural degradando, neutralizando una tras otra todas las posibles
salidas superadoras.
Sin embargo el hecho de que el capitalismo haya ingresado en su período
de declinación significa entre otras cosas la aparición de condiciones
civilizacionales para la irrupción de elementos prácticos y teóricos que podrían
servir como base para el despegue (destructivo-creador) del anticapitalismo en
tanto fenómeno universal. Para ello es necesario (urgente) desplegar la crítica
radical e integrarla con las resistencias y los movimientos insurgentes y a
partir de allí con el abanico más amplio de masas populares golpeadas por el
sistema.
La clave histórica de ese proceso necesario es la aparición de una
fuerza plural, innovadora, que podríamos denominar en una primera aproximación
como comunismo radical, como anticapitalismo profundamente humanista
consagrado a la promoción de los sujetos revolucionarios decididos a producir
rupturas, revoluciones, destrucciones de los sistemas de poder, de las
opresiones imperialistas, de las estructuras de reproducción del capitalismo.
Dicho de otra manera, se trata de innovar pero al mismo tiempo de retomar
renovando, transformando completamente el viejo proyecto comunista de construcción
revolucionaria de procesos de auto emancipación social. Complejo proceso
universal teórico-práctico de recuperación de raíces, de memorias e
identidades aplastadas por las modernizaciones capitalistas, de critica
integral, intransigente contra las trampas ideológicas del sistema, sus
diversos fetichismos (de la tecnología, de la auto-realización individualista,
disociadora, del consumo desenfrenado, de la cosificación de la naturaleza, su
deshumanización, etc.).
La decadencia aparece bajo la forma de una inmensa totalidad burguesa
ineludible, su superación solo es posible a partir del desarrollo (fraternal,
combativo, plural) de su negación absoluta, de la irrupción de una “totalidad
negativa” universal (9) que en la condiciones concretas del siglo XXI
debería presentarse como convergencia de los marginados, oprimidos y explotados
del planeta. No como sujeto solitario o aislado sino como aglutinador, como
espacio insurgente de encuentro de una amplio abanico de fuerzas sociales
rebeldes, como víctima absoluta de todos los males de la civilización burguesa
y en consecuencia como líder histórico de la regeneración humana (reinstalación-recomposición
de la visión de Marx del “proletariado” como sujeto universal emancipador).
Aquí
es necesario señalar una diferencia decisiva entre la situación actual y las
condiciones culturales en las que se apoyó el ciclo de revoluciones que despegó
con la Primera Guerra Mundial. El actual comienzo de crisis dispone de una
herencia única que es posible resumir como la existencia de un gigantesco patrimonio
democrático, igualitario, acumulado a lo largo del siglo XX a través
de grandes tentativas emancipadoras revolucionarias, reformistas,
atiimperialistas más o menos radicales, incluso con objetivos socialistas
muchas de ellas. Centenares de millones de oprimidos y explotados, en todos los
continentes, realizaron un aprendizaje excepcional, obtuvieron victorias,
fracasaron, fueron engañados por usurpadores de todo tipo, recibieron el
ejemplo de dirigentes heroicos, etc. Esta es otra manera de mirar al siglo XX:
como una increíble escuela de lucha por la libertad donde lo mejor de la
humanidad ha aprendido muchas cosas que han quedo grabadas en su memoria histórica
no como recuerdo pesimista de un pasado irreversible sino como descubrimiento,
como herramienta cultural cargada definitivamente en su mochila de combate.
Hacia 1798, cuando las esperanzas generadas por la Revolución Francesa
agonizaban Kant sostenía con tozudez que
“un fenómeno como ese no se olvida jamás en la
historia humana... es demasiado grande, demasiado ligado al interés de la
humanidad , demasiado esparcido en virtud de su influencia sobre el mundo, por
todas sus partes, para que los pueblos no lo recuerden en alguna ocasión
propicia y no sean incitados por ese recuerdo a repetir el intento” (10).
El siglo XX equivale a decenas de revoluciones libertarias como la francesa, y
mucho más que eso si lo vemos desde el punto de vista cualitativo. El
patrimonio cultural democrático disponible ahora por la humanidad oprimida,
almacenado en su memoria al comenzar la crisis mas grande de la historia del
capitalismo es mucho más vasta, rica, densa que la existente cuando se inició
la anterior crisis prolongada del sistema (1914-1945). El poscapitalismo no solo
constituye una necesidad histórica (determinada por la decadencia de la
civilización burguesa) sino una posibilidad real, tiene una base cultural
inmensa nunca antes disponible. La esperanza, el optimismo histórico aparecen,
son visibles a traves de las ruinas, de las estructuras degradadas de un mundo
injusto.
Tres aclaraciones son necesarias.
Primero, a comienzos del siglo XXI el sistema global ha
ingresado en el período de crecimiento cero, negativo o muy débil, ello no se
debe a la rebelión popular contra el crecimiento alienante y destructor del
medio ambiente sino a la decadencia de la civilización burguesa. En los años
1970 Joseph Gabel expresaba sus temores ante las consecuencias del agotamiento
de los recursos naturales (era la época de los shocks petroleros y de la
teoría de “los límites del crecimiento”) y en consecuencia de la
instalación de sociedades de penuria, de supervivencia, fundadas en la
distribución autoritaria, hiperelitista de los escasos bienes disponibles.
Gabel señalaba que las utopías igualitarias se basan en la abundancia de
bienes, en el fin de la miseria, en oposición a las experiencias de las
sociedades de supervivencia basadas en la distribución jerárquica del poder y
los bienes (11).
Podríamos imaginar un escenario siniestro donde luego del
desmoronamiento de la cultura del consumismo ante la evidencia del fin del
crecimiento (por lo menos a mediano plazo) el sistema genere una suerte de
reconversión ideológica apoyada en la idea de austeridad autoritaria, en la
instalación de un conformismo profundamente conservador y elitista apuntalado
por un bombardeo mediático gigantesco e ininterrumpido y por sistemas
represivos eficaces, en suma, algo así como un neofascismo estabilizador. Para
realizar exitosamente esa reconversión cultural el capitalismo necesitaría
disponer de una capacidad de control social universal, de asimilación de sus
contradicciones y de un tiempo de desarrollo que actualmente no son visibles,
todo parece indicar que su dinámica cultural, el inmenso peso de sus intereses
inmediatos, las debilidades de sus sistemas de control social (incluída el arma
mediática), su fragmentación, hacen muy poco probable semejante futuro. Por el
contrario la reciente experiencia de los halcones norteamericanos, la esencia
parasitaria de las elites dominantes mundiales sugieren escenarios turbulentos
con redespliegues militaristas-imperialistas, grandes rebeliones sociales, etc.
Queda
pendiente el tema del decrecimiento de los recursos naturales disponibles y en
consecuencia de las técnica productivas y del tipo de bienes producidos. Una metamorfosis
social compleja es posible sobre la base de la decadencia del sistema,
reinstalando utopías igualitarias basadas a su vez en la abundancia (punto
de partida para la superación del mercado, para la extensión de la gratuidad,
etc.). Obviamente se trata de la abundancia de otro tipo: fraternal, creativa y
no consumista-pasiva, reconciliada con la comunidad y la naturaleza. De esa
manera la farsa capitalista de la “abundancia general” (objetivo
inalcanzable, contradictorio con la reproducción global del sistema) o la
pesadilla de la sociedad de supervivencia (autoritaria, represiva, elitista) se
contraponen con la utopía de la sociedad igualitaria de abundancia (otros
bienes, otras técnicas, otras formas de relación entre los seres humanos y de
estos con su contexto ambiental).
Segundo, ese protagonismo radical de los oprimidos no tiene
porque nacer durante el primer día de la crisis, es necesario un inmenso
proceso de gestación atravesado por rebeliones populares y reacciones
conservadoras, con avances y retrocesos, es decir una larga marcha durante un
período muy denso, turbulento (cuya duración real es impredecible) del que
estamos dando los primeros pasos. Tiempo de recuperación de memorias, de
aprendizajes nuevos, de construcción compleja de una nueva conciencia.
Tercero, la periferia del capitalismo, el espacio de los
pueblos pobres y marginados del planeta aparece como el lugar privilegiado para
la irrupción de esas fuerzas liberadoras, así lo va demostrando la realidad,
desde la resistencias al Imperio en Irak y Afganistan hasta la ola popular
democratizadora en América Latina que ya incluye algunos espacios más
avanzados donde se postula la superación socialista del capitalismo. Aunque no
deberíamos subestimar sus probables futuras prolongaciones, interacciones con
fenómenos de igual signo en los países centrales corazón visible de la
crisis, allí la concentración de ingresos, la desocupación, el
empobrecimiento a gran escala se extienden al ritmo de la decadencia del
sistema. Cuyas elites aceleran su degeneración parasitaria lo que plantea el
peligro de renovadas aventuras neo fascistas e imperialistas pero también la
esperanza en la rebeldía de sus retaguardias populares internas. La barbarie ya
está en marcha, pero también lo está la insurgencia de los oprimidos.
Notas
(1),
“Fed says worst of recession over”, BBC News, 12 August 2009 (2), El
concepto de capitalismo senil tal como es utilizado en este texto aparece en los
años 1970 en un trabajo de Roger Dangeville (Roger Dangeville, “Marx-Engels.
La crise”, editions 10/18, Paris 1978) y retomado por varios autores en la década
actual: Jorge Beinstein, “Capitalismo Senil”, Ediciones Record, Rio de
Janeiro, 2001; Samir Amin , “Au delà du capitalisme senile”, Actuel Marx
-PUF, Paris 2002. (3), MIchel Husson, "Crise de la finance ou crise du capitalisme",
http://hussonet.free.fr/denkntzf.pdf (4), Richard N. Haass, “The Age of
Nonpolarity. What Will Follow