¿ABISMO O PUENTE?

                 

Juan Manuel García Ramos

 

 

Una de las frases más repetidas durante la VI Cumbre Unión Europea-Latinoamérica, celebrada esta semana en Madrid, fue la proferida en su día por el narrador y ensayista mexicano Carlos Fuentes para definir el ámbito de la lengua española: "He venido proponiendo un nombre que nos abarca en lengua e imaginación, sin sacrificar variedad o sustancia: somos el territorio de La Mancha. Mancha manchega que convierte el Atlántico en puente, no en abismo. Mancha manchada de pueblos mestizos. Luminosa sombra incluyente. Nombre de una lengua e imaginación compartidas. Territorio de La Mancha -el más grande país del mundo-".


No es ocioso aludir al Atlántico como abismo; hasta el siglo XV la humanidad [
*] estaba convencida de que el Atlántico terminaba en una catarata imponente por la que se despeñaban los barcos que se atrevieran a asomarse a ella y a provocar a los terribles monstruos marinos que la habitaban. Aunque Carlos Fuentes no se refiere a ese supuesto precipicio oceánico, sino a las muchas distancias que la historia ha trazado entre la vieja España y el Nuevo Mundo de Colón y entre todas aquellas etnias que nos vinculan y definen: "El mar océano cubre demasiadas aguas, toca demasiadas costas, ilumina demasiadas imaginaciones. Separa en la distancia a Iberia de Iberoamérica. Iberoamérica, separada, reclama lo indo y lo afro, como Iberia lo árabe y lo judío. ¿Indoafroiberoamérica? ¿Semitaiberia? ¿Semitaindoafroiberoamérica?


Las nominaciones pueden alcanzar dimensiones barrocas y ninguna logra abarcarlo todo?" El Atlántico sigue siendo el mar común de una aventura que continúa abierta: ni Europa termina de descubrir al Nuevo Mundo ni ese Nuevo Mundo termina de descubrir a Europa.


Estos días en Madrid se han contrastado algunas ideologías exóticas americanas, el denominado socialismo real maravilloso de países como Venezuela, con otras maneras de pensar y de actuar más enraizadas en la vieja Europa y más apegadas a la mera realidad, como el liberalismo en sus múltiples versiones, pero todas alejadas del estatalismo económico y de los partidos únicos como fórmulas de gobierno de un país.


En cualquiera de los casos, si Latinoamérica se ha convertido en una "sopa de letras" a la hora de organizar la integración económica, social y política de sus naciones y hoy rivalizan siglas como las proliberales de Mercosur, o Mercado Común del Sur (que tiene como estados miembros a Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, es decir, al antiguo Virreinato del Río de la Plata más Brasil, y como estados asociados a Chile, Colombia. Ecuador, Perú y Venezuela) y las más a la izquierda de ALBA / TCP, Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América / Tratado de Comercio de los Pueblos (constituida por Venezuela como país hegemónico, y por sus hoy satélites Cuba, Nicaragua, Bolivia y otros); si Latinoamérica sigue soñando con el viejo proyecto de Simón Bolívar de una unidad federal de sus distintos pueblos, la vieja Europa tampoco termina de encontrar una unidad que vaya más allá de lo puramente económico y comercial, pese a los intentos de una Constitución más ambiciosa que tuvo una sonora derrota en las negociaciones del año 2004 y fue remendada por el posterior Tratado de Lisboa de 2007.


No obstante, la historia sigue adelante a trancas y barrancas, y esta misma semana esas organizaciones supraestatales de una parte y de otra del Atlántico, nos referimos en concreto a la Unión Europea y a Mercosur, han logrado un acuerdo en cuanto a libre comercio, que comprendería a unos setecientos millones de ciudadanos y movería unos cinco mil millones de euros anuales en exportaciones. Y decimos que el proceso histórico sigue adelante a trancas y barrancas, porque persisten reticencias por parte de algunos países europeos a la hora de consentir que productos agrícolas y ganaderos sudamericanos entren libremente en el mercado de la Unión Europea.


Caso de extenderse ese acuerdo a otros países centroamericanos, el plátano canario, ahora sí definitivamente, tendría contados sus días en los puestos de venta europeos, pues sería entonces la banana de Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia y Ecuador la que se expendería en los mercados comunitarios.


Como recoge Eduardo Galeano en su lejano y tan de moda Las venas abiertas de América Latina, el plátano es uno de los árboles que el Corán sitúa en el paraíso, pero los países que se han dedicado a su cultivo parecen siempre tocados por malos augurios; esos malos augurios los sufrieron los pueblos de Centroamérica, más Colombia y Ecuador, con las explotaciones de la United Fruit, y ahora parecen trasladarse a nuestras islas atlánticas, tan decisivas a la hora de comunicar a Europa con el mundo descubierto por Colón.


Lo cierto es que acuerdos transoceánicos como los de la UE-Mercosur están además mediatizados por otras estrategias internacionales, como la conocida como Ronda de Doha, negociación con base en la capital de Qatar, en el Golfo Pérsico, que recoge la herencia de la vieja Ronda de Uruguay, con sus consabidos fracasos a la hora de homogeneizar el comercio mundial.


La agricultura es la gran sacrificada en todas estas decisiones internacionales. Europa grita en contra de cerrar negociaciones que coloquen a los hombres del campo a los pies de los caballos del dumping que puede suponer dar entrada sin aranceles a productos agrícolas y ganaderos sudamericanos. La agricultura es el talón de Aquiles de la Europa de los veintisiete. Sin subvenciones, muchos de esos países habrían tenido que sacrificar sus ganados y dejar de cosechar sus tierras. La agricultura es el más desguarnecido de los factores productivos de una Europa que no acaba de cerrar sus reglas de juego definitivamente.


Las buenas intenciones, los gestos protocolarios aireados en la cumbre madrileña, esa idea de convertir el Atlántico en un puente que neutralice distancias y desencuentros se tropiezan con la realidad de los hechos. Los salarios y las coberturas sociales europeos no tienen parangón al otro lado del océano compartido. Las cifras eco-nómicas derrotan el espíritu de concordia, la cultura del diálogo. La sociedad de bienestar europea, a pesar de la crisis que padece en estos momentos, queda muy lejos del bajo nivel de vida de los pueblos del Nuevo Mundo.


Ni las hermosas palabras de Carlos Fuentes repetidas en los foros de esta semana son capaces de hacernos saltar por encima de los Balcanes económicos y sociales que separan al Viejo del Nuevo Mundo. Donde la cultura dice sí, la aritmética de las cancillerías dice todavía no.


El mar océano sigue siendo el tablero donde se juega una partida que dura siglos. La lengua común anima la fantasía, las cuentas enfrían las iniciativas. Es un problema antiguo y las voluntades de uno y otro lado siguen luchando para encontrar las vías del fecundo y definitivo entendimiento.

 

*[¿La humanidad se reduce a Europa?]