ACELERONES DE LA HISTORIA

 

Juan Manuel García Ramos

 

Tienen razón los que piensan que entre 1770 y 1848 la historia de la humanidad se tomó unas prisas cuyas consecuencias seguimos pagando hoy. Entre esas dos fechas, relativamente cercanas, se produjo en el mundo la independencia de los Estados Unidos; la revolución industrial británica, luego extendida hacia otros países; la revolución francesa de 1789, con rey guillotinado inclusive; el imperio napoleónico, para demostrar que todas las revoluciones terminan en dictaduras; la independencia de la América hispana; el Congreso de Viena, que venía a ser en Europa algo así como la contrarrevolución francesa de 1789, con restauración generalizada de monarquías absolutistas por todo el Viejo Continente; la revolución burguesa de 1830, con el triunfo del liberalismo y de los nacionalismos; la nueva revolución burguesa gala de 1848, que es capaz de instaurar la Segunda República; y, por último, la publicación del Manifiesto Comunista en ese mismo año de 1848 por parte de Carlos Marx y Federico Engels.


Casi todo lo que se puede pensar sobre la evolución e involución de una sociedad se dio en el periodo de vida de una sola persona: en apenas setenta y ocho años.


Todas las ideologías servidas, puestas en práctica, desmentidas por la realidad y vuelta a empezar. El mundo no ha hecho sino girar sobre sí mismo, con sus aciertos y sus errores, y después de ese 1848 poco se ha aportado teóricamente para corregir el rumbo de un planeta que se empeña en destruirse y construirse caprichosamente.


En una de las muchas y muy adocenadas tertulias televisivas que uno se empeña en seguir con tanta indolencia como aburrimiento, oí decir días pasados que el concepto de izquierda política era un concepto en proceso imparable de desaparición. He de confesar que la seguridad del contertulio que eso afirmaba me dejó bastante sorprendido por algún tiempo.
¿Qué sería el mundo de nuestros días sin la existencia de la izquierda? ¿Dónde irían a parar tantos papas, sacerdotes y sacristanes de esa tendencia política que hoy miran a los demás por encima de sus hombros?


Pero, ¿qué es la izquierda actual comparada con los principios ideológicos recogidos y proclamados en el citado Manifiesto Comunista? ¿Y qué ha sucedido desde entonces en nombre de todo lo que se concibió como izquierda desde esa mitad del siglo XIX? Primero, la traición de los socialistas a las ideas primigenias de los comunistas; luego, la puesta en práctica del comunismo radical y sus fracasos históricos, coronados con estruendo en la caída del muro de Berlín en 1989; a continuación, la decoloración del socialismo hasta la gama socialdemócrata; y, por fin, una socialdemocracia devenida en centroizquierda civilizada donde uno ya no sabe si Marx existió alguna vez, y, si existió, cómo se empeñan en borrarlo del mapa de la historia sus bisnietos ideológicos.


Derivamos hacia un sistema de pensamiento pragmático, la gente no está para soportar catequesis políticas revenidas.
Hoy día, como nos dejó dicho un gran heterodoxo en ese mismo siglo XIX donde se dieron tantas velocidades de la historia, hoy día, los jóvenes se imaginan que el dinero lo es todo, y cuando se hacen mayores, comprueban que es cierto. El dinero en abstracto y el dinero como algo material.


De un viaje a Cuba en 1997, tengo todavía en mi retina la imagen de una mujer de color, de aspecto humilde, con un niño en su cintura intentando comprar un refresco en una placita de Varadero con un billete de un dólar en la boca, bien apretado por sus labios gruesos, mientras el espigado dependiente de la tienducha improvisada atendía a otros parroquianos. Para esa mujer, el dinero no contaminaba, todo lo contrario, lo exhibía con cierta arrogancia y satisfacción en la parte de su cuerpo más delicada.


Muchos días pienso en lo que hace ya bastantes años un viejo amigo me soltó de pronto en un periodo de mi vida en el que las tesis comunistas me tenían interesado: "¡Desengáñese, don Juan Manuel, lo único que mueve al mundo es el egoísmo!".Me costó digerir aquella frase sentenciosa, pero con el tiempo he venido a entender su tremendo significado.


Bien es verdad, verdad tremenda y terrible también, que el siglo XX no nos dio demasiados argumentos para pensar en la coherencia de la historia. Ni nos sigue dando el XXI, cuyo comienzo con la caída de las torres gemelas de Nueva York invitaba más al desconcierto que al optimismo.


Hay un poema del venezolano Eugenio Montejo sobre un "Adiós al siglo XX" del que vale la pena reproducir algunos versos: "Cruzo la calle Marx, la calle Freud; / ando por una orilla de este siglo, / despacio, insomne, caviloso, […] / Cruzo la calle Mao, la calle Stalin; / miro el instante donde muere un milenio / y otro despunta su terrestre dominio…"



Quizá sólo nos quede ser testigos neutrales del paso de la historia por delante de nuestros rostros sorprendidos, como el de aquella persona imaginaria que pudo experimentar en su sola existencia lo sucedido en el mundo entre 1770 y 1848. Acaso la historia desde esa época no haya hecho otra cosa que acelerarse y desacelerarse a su antojo para dejarnos cada vez más boquiabiertos y empequeñecidos, insomnes y cavilosos. Las ideas nacen y mueren delante de nosotros y nada podemos hacer por ellas porque hemos sido nosotros, al fin y al cabo, los que las hemos deteriorado a pesar de sus bondadosas apariencias.


Vuelvo a confesar que el contertulio televisivo, que días atrás aseguró que la izquierda era un concepto en proceso de desaparición, me dejó pensando mucho tiempo, tanto como el que me ha reclamado aquel razonamiento del viejo conocido: "lo único que mueve al mundo es el egoísmo".


La crisis financiera estadounidense derivada en crisis económica generalizada en el mundo occidental ha sido en estos años una suerte (una desgracia, también) de naufragio del capitalismo neoliberal semejante al hundimiento sufrido por el comunismo soviético en 1989. Una guerra fría con víctimas por las dos partes: los modelos que las sociedades respectivas celebraron durante tantos decenios. Esos modelos han muerto, por ahora, y sobre sus restos las organizaciones políticas se esfuerzan por construir salidas de emergencia para sus militantes, simpatizantes, votantes y ciudadanía en general.


Lo cierto es que hoy las izquierdas y las derechas se miran con recelo porque saben que sólo cuentan con un único discurso para convencer a sus feligreses. El discurso de la supervivencia: hacer habitable el presente. Esa situación la detecta uno en la juventud de nuestros días y en ese halo de incredulidad que exhibe ante todo compromiso de índole política.


No digo que toda esa juventud esté pensando que el dinero lo es todo, pero tampoco quiero decir que esté dejando de pensarlo. Se trata de salir adelante como mejor se pueda. Esa juventud quiere trabajar, quiere vivir, quiere amar, quiere tener descendencia, y, de pronto, las sociedades llamadas de bienestar la privan de todo eso. Para ellos, la historia no es que haya dado acelerones, es que se niega a darles la oportunidad que todos merecemos. Esto es lo que hay por ahora.