Acerca del Plan General de Santa Cruz de Tenerife

 

Juan Julio Fernández

 

No es fácil escribir sobre urbanismo y, menos aún, cuando el ambiente está caldeado con la aprobación de uno de los instrumentos legales que la ley establece -en este caso la revisión del Plan General de Ordenación Urbana de Santa Cruz de Tenerife- para regular la actividad urbanística y edificatoria, que se ha aprovechado, se está aprovechando o, acaso, se pretende seguir haciéndolo, más para la confrontación política que para un acercamiento racional a la realidad, cada vez más conflictiva, de unos núcleos urbanos que hace ya tiempo (con el invento de la grúa y la aplicación generalizada del hormigón armado) dejaron de crecer lógica y mesuradamente para hacerlo a impulsos del negocio especulativo.


El núcleo urbano surge o nace de la inclinación social del ser humano, de su necesidad de vivir con los demás, de aprovechar sinergias de la comunicación y el entendimiento y aquellos que, por una razón u otra, respondieron mejor a estímulos internos o externos, fueron adquiriendo mayor relevancia y significación en el proceso de civilización. Y si en la Edad Oscura o Media, el conocimiento se acumuló, conservó e impulsó en los monasterios, a partir del Renacimiento, fueron las ciudades las que asumieron estas funciones y contribuyeron, con su progreso, a la cultura y a la calidad de vida del ámbito occidental en que queremos movernos. Y algunas de ellas, con el tiempo, empezaron a consolidarse como metrópolis o megalópolis, puede que acumulando más inconvenientes que ventajas.


En el caso de Santa Cruz de Tenerife, y sin perdernos en detalles, la construcción de la ciudad empezó en el siglo XV en la desembocadura del barranco de Santos y en el primer plano -el de Torriani, de 1588- las primeras calles conforman una malla rudimentaria, con unas paralelas a la costa y otras al cauce del barranco, y puede decirse que, en gran medida, para protegerse de ataques piráticos, el desarrollo de la que podríamos llamar vida protourbana, se organizó de espaldas al mar y que su crecimiento estuvo supeditado a la superación de barreras naturales, como fue el citado barranco de Santos, por el sur, lo que impulsó el crecimiento hacia norte y poniente, buscando el amparo de la cordillera de Anaga. Hay que esperar al siglo XVIII para hablar de la primera expansión de la ciudad, al empezar a primar, como principal actividad, el comercio ultramarino, cuando en 1706 desaparece el puerto de Garachico y al último tercio del XIX para constatar que el empresariado urbanístico, con sociedades de edificación, fue capaz de dar respuesta al crecimiento demográfico y hacer crecer a la ciudad de forma ordenada.

Por encima de otras regularizaciones, planos o estudios, cabe decir que el primer Plan General que se redacta es el de 1951, siguiendo el modelo del de Madrid de 1944 para construir ciudad, que se aprueba en 1957, a pesar de no ajustase a la primera Ley del Suelo de 1956, y dando por supuesto que contaría con una continua acción política y económica que permitiera su realización. Al no ser así, pronto empezó a incumplirse, siendo el propio Ayuntamiento el que aprueba, para el ámbito entre Reyes Católicos y La Salle, una modificación que duplicó la edificabilidad prevista. Luego vinieron otros incumplimientos, buscando siempre cobertura legal, pero dejando claro, como apuntó en 1983 el director del equipo técnico al que se le encargó entonces la revisión de aquel Plan General, "el dramático contraste que puede llegar a haber entre el urbanismo leído o dibujado y el urbanismo construido". Y ya en 1964 hubo que recurrir a un Plan de Volúmenes con el que el Ayuntamiento trató de salvar responsabilidades y legalizar las edificaciones fuera de ordenación, por haber sobrepasado las alturas permitidas, "sin establecer ningún tipo de medidas compensatorias del exceso, ni en materia de espacios libres, lo que era exigencia legal expresa, ni de equipamientos o red viaria y de aparcamientos".


Me salto otros incumplimientos y vulneraciones de la normativa y otras revisiones y aprobaciones, para así llegar a 2009, en que tras siete años de estudios, exposiciones al público, participación ciudadana y otras intervenciones políticas y sociales, acaso con una información incompleta, no muy bien explicada o no muy bien digerida, asistimos a una campaña en contra de la revisión, apoyándose, básicamente, en los edificios que, sobrepasadas las alturas, están fuera de ordenación y que ya lo estaban en el Plan de 1992, dándose el espectáculo de plenos suspendidos con amenazas de bomba y manifestaciones de apoyo y rechazo a una revisión en la que se arbitran medidas que dulcifican el peso de la ley y que, al margen de enfrentamientos políticos, divergencias legales o reclamaciones interesadas más o menos legítimas, en última instancia ponen de manifiesto que la ciudad que, entre todos, hemos ido construyendo o permitiendo que se construyera en los últimos años, es de calidad bastante inferior a la que en otros tiempos se produjo. Y a eso, a tratar de recuperar esa calidad perdida en determinados ámbitos de la ciudad, es a lo que atiende el "fuera de ordenación" de las alturas excedidas que, además de la menos traumática, resulta insoslayable por imperativo legal. Y es, cuando menos discutible, que la pérdida de valor que algunos señalan por el fuera de ordenación legal, no se haya producido antes al haber quedado muy devaluadas para el uso residencial muchas calles, originariamente dimensionadas para casas de una o dos alturas y reedificadas con cuatro o más, sin que, previamente, se hayan previsto ensanches, espacios libres, aparcamientos o garajes, muchos inviables sin una reagrupación previa de parcelas para conseguir dimensiones adecuadas.


Personalmente opino que el planteamiento inicial de esta revisión debió ceñirse más a los errores y aciertos del planeamiento anterior, sin caer en la tentación de acometer un plan que puede ser tachado más de intervencionista que de indicativo; criterio, el intervencionista, desaconsejable cuando se plantea a largo plazo y sin arbitrar medios económicos y de gestión, pública o privada, para financiarlo y, acaso, demasiado casuístico, cuando puede ser más eficaz y, desde luego más pragmático, definir lo que no se puede hacer, para impedirlo, que tratar de dirigir o imponer lo que se puede hacer, cuando, con la acelerada dinámica actual, prever lo que puede resultar beneficioso es poco menos que imposible.


Pero, aun así, el Plan revisado cuenta con aciertos -concretamente los tratamientos del barrio de El Toscal y de la Refinería, no vinculantes y remitidos a actuaciones posteriores-, recoge muchas sugerencias y revela una intención de definir, si no un modelo de ciudad -a estas alturas bastante difícil que pueda cambiar-, sí de controlar la ocupación del territorio, que sigue siendo escaso y sigue tropezando con barreras de distinto tipo. No aprobarlo sería disparatado y seguir en la situación actual, peor, sobre todo cuando el principal obstáculo para su aprobación, según sus detractores, son los edificios fuera de ordenación, que ya lo estaban, y, además, sometidos a mayores restricciones que las que ahora se proponen.


Y, por supuesto, entiendo que hay que redoblar el control ciudadano para que la burocracia se concentre en facilitar su desarrollo, agilizar los trámites e impulsar actuaciones y no aplicarse a interpretaciones discrecionales, restrictivas o estériles. De lo contrario, continuaremos en una situación de la que podría decirse, sin reserva alguna, que es un urbanismo entendido como una dictadura normativa y atenuada por su inobservancia.

 

Publicado en el periódico Diario de Avisos, 1-1-10