Ad populum studii
Nauzet Yanes Segura
Cuentan las crónicas que allá por 1701 un grupo de
religiosos agustinos resolvieron llevar a cabo en la ciudad de los Adelantados
una empresa sin precedentes en la corta historia de Canarias tras su conquista en
el S. XV. Casi tres siglos hubo de transcurrir para que una comunidad de vidas
consagradas a Dios decidieran abrir sus puertas y compartir con las gentes de
esta tierra un tesoro del que durante siglos fueron depositarios: el
conocimiento de la obra del hombre, su cultura. Así fue como, en la fecha
señalada, se crea en Tenerife y para toda Canarias, el primer centro de
estudios superiores, y con él surgen los orígenes de la actividad universitaria
en las islas.
La historia de la
Universidad de La Laguna se ha caracterizado por una lucha constante contra la
adversidad, fundamentalmente, de naturaleza política, aunque sin obviar
aquellas estructurales, como el hecho de estar a unos dos mil kilómetros del
territorio nacional o ser la Universidad más alejada del Continente europeo.
Sin embargo, y por difícil de creer que pueda resultar a estas alturas el
presente y futuro de nuestro más antiguo centro de educación superior sigue
sumido en una lucha sin cuartel contra quienes se empeñan en ponerle cortapisas
a su futuro; pero con una diferencia: que el enemigo ya no está fuera de sus
muros únicamente, sino que los ha traspasado y se ha asentado en su interior
pasando casi inadvertido.
Durante décadas, el
principal componente que convirtió a esta institución en referente educativo
nunca fue su, aun hoy, maltrecha y precaria infraestructura, sino que su activo
principal ha estado en sus gentes, en la comunidad universitaria formada por
sus profesores y alumnos. En el plano del Derecho, que es el que a mí me toca por
ser esta la formación que recibí en ella, han sido muchas las insignes
personalidades que ocuparon y dieron lustre a sus cátedras. Nombres como el de
Gumersindo Trujillo, Felipe González Vicén, Juan
Miquel González, Francisco Tomás y Valiente, entre otros muchos, realzaron y
engrandecieron el nombre de nuestra Universidad más allá, incluso, de nuestras
fronteras en épocas en las que el mero hecho de manifestar lo que se pensaba
era motivo de represión. Pero ¡cómo han cambiado los tiempos y qué poco se han
visto alterados sus males endémicos! Con el desinterés de los gobernantes ya
contábamos, llueve sobre mojado a lo largo de más de dos siglos, a pesar, eso
sí, de que muchos de ellos pasaron por sus dependencias para formarse. Y es que
cuán sabio es el refranero español cuando asevera que de bien nacido es ser
agradecido.
Es ahora, con motivo
de la mayor reforma universitaria experimentada en Europa, cuando todos los
centros de educación superior han tenido que dar el do de pecho para ponerse a
la altura de las exigencias de calidad, modernidad y excelencia que persigue el
programa de convergencia europeo, popularmente denominado Plan Bolonia. Y
ha sido con este sobreesfuerzo de las instituciones académicas para conseguir
tales metas cuando han salido a relucir las carencias y el descrédito interno
que corroe a la Universidad de La Laguna. No pretendo lanzar mensajes
apocalípticos, ni visiones catastrofistas de la situación que atraviesa la más
antigua y prestigiosa institución educativa de Canarias, sólo quiero hacerme
eco de una realidad empíricamente constatable.
Los vetustos programas
de las licenciaturas han dado paso a novedosos programas de grado, algo que, a
priori, es de agradecer, particularmente en licenciaturas como Derecho, que
arrastraba hasta hace un año un anacrónico programa educativo de 1953. Ello no
ha sido fácil, es más, ha supuesto el mayor reto educativo de las últimas
décadas, y con él se ha dejado translucir la poca e incipiente voluntad de
trabajo que hay en buena parte de sus miembros. Esta situación, unida a la
escasa, por no decir paupérrima, labor investigadora que se ha desarrollado en
las últimas décadas, no sólo por la falta de alumnos ávidos de profundizar en
sus conocimientos y compartirlos en la comunidad universitaria lagunera (y para
los pocos que hay, muchos deciden entregar sus conocimientos a otras almas
máter que les reconozcan como es debido su valía), sino también por el
sedentarismo intelectual que se ha asentado en sus académicos. Si a lo anterior
le añadimos la eliminación de los programas de doctorado, la completa
paralización de los nuevos programas de postgrado (tanto de master como
de doctorado) en muchas facultades, entre ellas la de Derecho, una insulsa
oferta de master, y una total falta de iniciativa para desarrollarlo a corto
plazo, tenemos que la Universidad de La Laguna no sólo ha perdido el norte
académico, sino que vaga a la deriva y sin brújula en un mundo educativo cada
vez más competitivo y globalizado.
Me atrevo a decir que
nuestra alma máter pasa por una de sus mayores crisis a lo largo que su
turbulenta historia, pues una Universidad que no investiga ni innova es un ente
sin vida, una fábrica de autómatas titulados, un apéndice más de una
hipertrófica Administración. Roguemos, por ello, a san Fernando, a san Judas
Tadeo y a san Telmo por su futuro; y es que a quién, si no, al Patrón lo vamos
a hacer, porque esta es una causa difícil y porque estamos a la deriva en un
mar de incertidumbre.