AGUERE,
24 O. MANIFESTACIÓN Y MANIPULACIÓN
Francisco
Javier González
He perdido la cuenta de las manifestaciones en que he
participado. Ilegales, semilegales, alegales y legales, que de todo ha habido.
Con el franquismo, con la transición y con la pseudoautonomía. Algunas con no más
de una docena de personas y el triple de las llamadas “FOP”. Con represión unas
y con alegría efusiva otras. En fin, que la vida le ha ido dando a uno un
“honoris causa” en este capítulo. Por eso mismo me ha dolido más el no haber
podido estar este 24 de octubre en La Laguna, con los miles de compatriotas que
llenaron de luminosas estrellas verdes y enseñas tricolores de esperanza las
calles de la vieja Aguere, con el espíritu de Achimenchia-Tinguaro, desde aquella
ferrugienta pica en Sejeita en que clavara su cabeza la vesania del invasor
Lugo, contemplando gozoso como de nuevo resuena a sus pies el grito insurrecto
que pide recuperar patria, dignidad e independencia.
Ha sido una mala pasada que me ha jugado una
inoportuna afección física que me ancló en Gomera, pero el espíritu, que vuela libre
sin barreras ni corporales ni geográficas, estaba allí, con los compañeros de
Tenerife, con los venidos de Gran Canaria, con banda incluida y con Isidro
leyendo en el Parque de Los Dragos, frente a la presencia sentida de Javier
Fernández Quesada y las fotos de nuestros últimos asesinados por el
colonialismo fascista.
En ese día, en Aguere, con la convocatoria unitaria de
las juventudes independentistas de Azarug, Inekaren y
JCNC, y el apoyo y presencia activa de los partidos nacionalistas (ANC, CNC,
MPC, MUPC y UP), se escribió una página importante en nuestra lucha centenaria
por la liberación nacional, barriendo falsos nacionalismos que desde su área de
poder -delegado y dependiente, pero poder- nunca han estado al servicio de la
libertad y dignidad de este pueblo sometido, sino al de sus particulares
intereses. También, el carácter nacional de la manifestación y la participación
de representaciones de todas las islas, ha contribuido a acallar las
perniciosas proclamas insularistas, disfrazadas de independentismo y con un
pútrido aroma a xenofobia, que han intoxicado en los últimos tiempos nuestra
sociedad. Precisamente, a mi juicio, obligar a retirar una pancarta que
equiparaba -con justicia, según mi punto de vista- a “El Día” con ATI y con la
paranoia insularista fue, tal vez, el único punto negro de la manifestación,
que además dio pie, una vez más, para que la prensa españolista que pulula en
esta colonia, se cebara en ese incidente para descalificar lo que fue un
rotundo éxito del nacionalismo canario. De todas formas, hay que tener claro
que las manipulaciones interesadas de todo signo estarán siempre presentes en
nuestras acciones y que tenemos que saber distinguirlas y desecharlas.
Se ha dado una lección de unidad en la acción y se ha
demostrado que desde posiciones progresistas de una izquierda nacional
incipiente, como se trasluce del manifiesto allí leído, se puede avanzar en ese
movimiento insurreccional ciudadano que sea la antesala de una nueva hegemonía
que barra hacia el basurero de la historia no solo al colonialismo español
sino, junto con él, al caciquismo y la corrupción criolla pseudonacionalista,
que es realmente la responsable de que aquel aún perdure en el tiempo.
Que la alegría de lo conseguido no nos nuble la razón.
No solo está pendiente la liberación nacional. También lo está la social de
unas clases explotadas por un capitalismo feroz y destructivo y, a mi juicio,
ambas luchas están indisolublemente unidas. La lucha está aún en sus inicios y,
aunque hoy aparece alegre y luminosa con el flamear de
banderas y los cantos de esperanza, será dura y dolorosa. Ni el colonialismo
español, ni el caciquismo autóctono, ni el capitalismo, son proclives a
reconocer derechos. Los hechos, desgraciadamente, los impone la fuerza y no la
razón, y es a esa fuerza impuesta a la que habremos de hacer frente con coraje
e ilusión y con la seguridad de que el futuro será nuestro.
Gomera a 31 de octubre de 2009