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No he seguido con mucha
puntualidad las elecciones generales alemanas del pasado domingo, pero sí me
he fijado en que la victoria de Angela Merkel, líder del Partido Cristiano Demócrata y la Unión
Cristiano Social (CDU/CSU) se debió, en buena parte, a unos concretos
compromisos adquiridos con su electorado: bajada de la presión fiscal, apoyo
decidido a los emprendedores y no atizar la envidia social, es decir, no
estimular enfrentamientos entre pobres y ricos.
Si nos fijamos bien, esos objetivos políticos son diametralmente opuestos a
los que hoy plantea el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero: subida de
impuestos, hostigamiento al empresariado y demagogia sobre las clases
adineradas y las clases menos pudientes.
La política económica de Angela Merkel
tiene desde principios de febrero de 2009 un nuevo conductor: el flamante
ministro Karl-Theodor zu Gutenberg, de treinta y
siete años de edad, aristocrático, pianista, casado con una bisnieta del
legendario Bismarck. Su programa de actuación ha dado ya resultados más que
satisfactorios: en el segundo trimestre de 2009, la economía germana creció
un 0,3% y sus exportaciones un 7%. En ese mismo periodo, la economía española
cayó un 1% y su déficit alcanzó el 5,73% del PIB en términos de contabilidad
nacional y sigue escalando mes a mes.
Medidas tomadas en Alemania: recuperación de las exportaciones, aumento del
consumo y estímulos a las empresas para enfrentar lo que se les venía encima,
muy en especial a las empresas de automóviles y sus nutridas plantillas.
Entre tanto, el socialismo europeo no termina de perfilar un programa de
actuación capaz de enfrentar la crisis económica y financiera que se padece
aún en buena parte del mundo occidental. Los esfuerzos de Gordon Brown y de
Rodríguez Zapatero por sacar a sus países respectivos del laberinto económico
han sido vanos hasta ahora, aunque en esta situación de emergencia sea España
el peor parado de los dos.
El caso alemán vuelve a ser un ejemplo de supervivencia para otros muchos
vecinos. Alemania ha sabido remontar dos guerras mundiales adversas en 1918 y
1945, y una desventajosa reunificación con su parte oriental en 1990. Ahora
es la primera potencia europea en salir de la crisis económica.
Quizá no valga la pena comparar una economía como la alemana con una economía
como la española, pero sí nos llama la atención la manera tan contrapuesta de
comportarse los distintos gobiernos ante la crisis común.
Se revuelve el mundo occidental, se revuelve Europa y se revuelve España a la
hora de combatir una quiebra del sistema económico y financiero cuya
trascendencia está aún por evaluar. Las viejas ideologías no llegan a
adaptarse a estas mutaciones históricas y avanzan entre ellas con pasos más
que inseguros.
En un ejercicio de máxima simplificación doctrinal, Zapatero acaba de
recomendarle a su homólogo británico Gordon Brown que "hay que ser del
partido de los que no tienen de todo". Se quiere ignorar que el problema
no es a quiénes defendemos desde el poder orgánico o institucional, sino qué
mecanismos ponemos en funcionamiento para hacer de una sociedad algo que no
desmotive a los que tienen iniciativas empresariales y gozan de capacidad
para crear puestos de trabajo
Ese es el triste escenario que contemplamos desde estas islas nuestras que se
acercan con celeridad al 30% de desempleo de nuestra población activa.
Fuera del Archipiélago han sucedido muchas cosas desde 1996, año en el que se
reformó el Estatuto de Autonomía de las Islas por última vez.
Desde la entrada del euro como unidad monetaria común al auge de la
globalización en todas sus dimensiones: económicas, ecológicas, culturales,
militares, tecnológicas, medio ambientales, migratorias...
Ante esas perspectivas exteriores, es más necesario que nunca adaptar nuestra
norma jurídico-política fundamental a los nuevos retos.
Sé que un hombre como Fernando Ríos, nacionalista y secretario general de la
Presidencia del Gobierno de Canarias, se desgañita por todos los rincones de
las islas pregonando la urgencia de una reforma de nuestro marco legislativo
de relación con el Estado español.
Sé también de otros que se presentan como emancipadores de gabinete -poco
saben de lo que significa concurrir a unas elecciones y conocer la realidad
profunda de nuestro pueblo- y de sus prisas por saltarse algunos escalones de
la escalera de nuestra construcción nacional como pueblo diferenciado,
incluso menospreciando el trabajo de los que quieren graduar con lógica y
responsabilidad los pasos a dar en esa dirección.
Con la edad, uno sabe muchas cosas y sobre todo con quién se juega los
cuartos. Pero, por encima y por debajo de todas esas actitudes, hoy es más
necesario que nunca avanzar en el autogobierno y en la autolegislación
de este país atlántico.
Sin romper los marcos de relación con el Estado español, pero demostrándole a
ese Estado nuestras excepcionales circunstancias, y sin romper nuestra
vinculación con la Unión Europea, pero también demostrándole a esa comunidad
la particularidad de nuestra situación geoestratégica, es vital dotarnos de
una personalidad jurídico-política que nos garantice la defensa de los
intereses de nuestro pueblo y el desarrollo ponderado de todas las islas que
lo conforman.
El nacionalismo se demuestra andando y no vociferando disparates sin el
respaldo de nuestra ciudadanía.
Acaban de sernos transferidos nuestros parques nacionales, y por esa misma
vía hay que seguir reclamando otras competencias que no por repetidas han
perdido interés: responsabilidades en extranjería, en comercio y sanidad
exterior, en telecomunicaciones, en la delimitación de nuestros espacios
marítimos y en la capacidad para llevar a cabo prospecciones petrolíferas en
nuestros fondos marinos, gestión de nuestros puertos y aeropuertos, control
de nuestro transporte aéreo interinsular, intervención en nuestras costas,
recaudación, mediante una Agencia Tributaria única, de los tributos propios
de nuestra Comunidad, de los derivados del Régimen Económico y Fiscal y de
los de ámbito estatal, redefinición de la territorialidad de nuestro
Archipiélago mediante un nuevo protagonismo de nuestros municipios, de
nuestros cabildos insulares y de la misma Comunidad Autónoma.
Queda mucho por hacer y para ello se hace necesaria una buena vecindad entre
todos los nacionalistas. Sobran viejos rencores personales y desprecios
recíprocos de toda índole. Nuestro pueblo ha de madurar con el esfuerzo de
todos. Madurar y prepararse para nuevos tiempos que no solo tienen que ver
con la crisis económica y financiera de la que nos ocupamos más arriba. Para
Canarias, los desafíos van más allá.
En el diálogo con el Estado español y la Unión Europea, hemos de conseguir
una voz unificada, coherente y en sintonía con los tiempos que vivimos. En
esas estamos, aunque otras fuerzas políticas sigan, por un lado, siendo meras
franquicias de los intereses españoles metropolitanos, y, por otro lado,
cantos de anacrónicas sirenas africanas.
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