Almendros: supervivientes del ayer
Wladimiro
Rodríguez Brito
Estos días descubrimos
un paisaje olvidado y marginado -tanto en el plano social como económico- como
es la ruta de los almendros. Ahora, de repente, el tema de la belleza, de lo
estético, nos moviliza en su contemplación, situación que se produce en los
sotaventos de las islas en las que en condiciones duras nuestros campesinos
plantaron, injertaron y cuidaron dichos frutales. Por ello, desde Puntagorda, Tejeda o Santiago del Teide nos encontramos con
uno de los paisajes más bellos de una primavera anticipada que nos ofrecen los
almendros.
Aquí, como en otros
tantos puntos de las islas, nos olvidamos de los campesinos, del trabajo y de
los productos de la tierra. Lo importante ahora es lo lúdico, lo festivo;
contemplamos el pasado en un museo vivo, puesto que en los almendros o en las
higueras apenas intervienen una docena de campesinos que se niegan a
abandonarlos y, en consecuencia, podan, injertan o cavan un número reducido de
los mismos, mientras la mayoría de los frutales plantados y cultivados antaño
han sobrevivido a lo largo de los últimos 40 años, ahogados en muchos casos por
las plantas de la flora canaria que sí se les declara protección (tabaibas,
pinos, escobones, retamas, etc). Mientras las
higueras y los almendros no sólo no tienen protección desde un punto de vista
natural, dado que no forman parte de la flora "autóctona", sino que
ni tan siquiera entran en los mapas de los cultivos. Es decir, son unos
intrusos que nosotros contemplamos en estos días de febrero.
Los cuidadores de la
naturaleza no han tenido tiempo para dedicarles unas líneas ni al estudio ni a
la defensa de unas plantas que fueron enormemente útiles y que mataron el
hambre a muchas generaciones de canarios, no sólo en los años de malas
cosechas, sino, sobre todo, en lo largos caminos del mar donde los almendros e
higos pasados fueron parte de la alimentación de nuestros emigrantes y en
tantas otras ocasiones que nos permitían mantener alimentos con un bajo coste
de conservación a lo largo del tiempo.
Hoy estamos haciendo
un reconocimiento del esfuerzo, del trabajo y de la lucha de nuestros
campesinos que, en las peores condiciones naturales -es decir, malpaíses con poca pluviometría-, hicieron productivos unos
gramos de tierra entre las rocas volcánicas, casi calientes, puesto que estamos
recorriendo las lavas del Chinyero que apenas acaban
de cumplir los 100 años; lavas que en unos casos crecen líquenes y en otros
están plantados frutales aprovechando el paleosuelo
que subyace bajo las mismas.
Por ello, el almendro y
la higuera no sólo son esfuerzo y sabiduría, sino que, incluso, una vez
plantados, había que protegerlos con muros de piedra de los herbívoros
dominantes en el territorio -cabras, conejos, etc.-. Por eso, hacer un
recorrido en uno de los paisajes más jóvenes de Tenerife, unido a una historia
social tan dura como fue el señorío de Santiago del Teide, dueño y señor de
tierras y de vidas, en la que el ayuntamiento en el siglo XIX
les entregó a sus habitantes los llamados "baldíos" en usufructo para
cultivar cereales, leguminosas y, en muchos casos, frutales como los que hoy
podemos contemplar. Es por ello por lo que tenemos que felicitar a la
corporación de Santiago del Teide por haber rescatado en los últimos 15 años
estas visitas guiadas de lectura y reflexión sobre el paisaje, cultura y
dignificación de sus campesinos, en las que el Cabildo de Tenerife se ha
implicado también en este recorrido que hacemos por las cumbres de Bilma para
terminar en el caserío de Arguayo, lugar
significativo en el mundo aborigen de Tenerife.
Así, este recorrido
entre muros de piedra y frutales es también un encuentro con el ayer, pero que
quiere ser un compromiso con el mañana en la dignificación no sólo de los
hombres y mujeres del campo, sino de un sentido ambiental en el que no sólo
enviemos a Bruselas declaraciones de protección para la flora y la fauna
propia, sino también de respeto y defensa de lo que aún nos queda del mundo
rural y del trabajo de sus gentes. No parece razonable que tengamos en la Unión
Europea más de 100 ZEC (Zonas de Especial
Conservación) o LIC, es decir, lugares intocables por
parte del hombre, mientras que no hay ningún planteamiento de conservación y
defensa para los productos ganaderos y agrícolas que se producen en estas
Islas. Es decir, parece que en Bruselas hay más preocupación por los sebadales de Granadilla y lagartos de El Hierro que por las
papas, tomates, plátanos, almendros e higueras.
El ayer de los
almendros también puede ser el mañana en una sociedad más sostenible en la que
naturaleza, cultura y trabajo no sea excluyente con eso que ahora llamamos
"protección de la naturaleza" a la que nos tienen acostumbrados una
maraña de leyes que, en muchos casos, discriminan a los hombres y, en
particular, a los campesinos, y en los que de una manera poco comprensible está
más protegido un pino o una tabaiba que un almendro o una higuera. Hemos de
decir que después de más de 30 años planteando estos temas en los medios de
comunicación y, en particular, en el periódico EL DÍA, hoy comienza a haber un amplio
colectivo social que entiende que el campo, la agricultura y la calidad de vida
de sus gentes no pueden estar separados del mundo urbano, de la supuesta
protección de la naturaleza en la que en nombre de la aldea global y el libre
comercio se margina y machaca actividades como las que hoy contemplamos en la
ruta de los almendros.