El alumbramiento de las naciones
Juan
Jesús Ayala
No es fácil. Cuesta
muchos capítulos, más de mil vueltas para que los pueblos lleguen al término de
su alumbramiento como naciones. Algunas lo han conseguido por la vía del pacifismo,
otras desde una violencia mal entendida y estúpida, pero lo que sí parece
determinante es que la historia de los pueblos nunca ha sido quietista, aunque
pudiera ser parsimoniosa y a veces, si se quiere, lastimera hasta llegar a la
meta deseada de su construcción nacional.
Hegel manifestó, con
referencia al alumbramiento de las naciones en el mundo occidental, que ya de
alguna manera la lechuza de Minerva que está impregnada de sabiduría, por fin,
ha levantado su vuelo y se encamina hacia el crepúsculo de las naciones que
pugnan por encontrarse a sí mismas.
Es una buena señal que
la sabiduría que lleva en su pico la lechuza de Minerva no se haya detenido, no
haya sido abatida por algún que otro cazador furtivo, sino que su vuelo
elegante continúe entre unos y otros.
Los pueblos miran
alrededor y sienten a veces que su cuerpo está hecho jirones, que por más de
una llaga se vierte sangre. Sangre de viejas historias que tiñen de esperanzas
las voluntades dormidas, capaces de un día, cualquier día, dar con su realidad,
con el espacio dormido, pero siempre buscado.
No se puede evitar,
aunque muchos se afanen en ello; en ir contracorriente, en cercenarles las
voluntades a los pueblos, en destruir con argumentaciones falaces y
tremendamente politizadas el ímpetu de las naciones que intentan transitar por
un camino diferente, el suyo, con tal de llegar a su construcción nacional
desde la tramoya del Estado, su Estado.
Pero hay que tener en
cuenta que la historia, que a la vez que cruel es comprensiva, situará a cada
cual en su sitio. Sus leyes, que muchas veces son indescifrables, dirán la
última palabra sobre el destino de los pueblos. Y da la impresión, aunque
algunos hagan oídos sordos, de que su voz ya no es tan tímida y tenue y que
está sonando en los tímpanos de una inmensa mayoría, arropados por un
entusiasmo que se encamina hacia la meta pretendida.
Es sabido que a los
nacionalismos se les demoniza, y se hace desde posiciones también
nacionalistas, las de allá; y mientras unos persiguen la construcción nacional
los otros se oponen al derrumbe de su nación, de su nacionalismo. Pretenden que
el de ellos sea sempiterno, sin tener en cuenta al resto. Y no se dan cuenta de
que lo que hacen con la pretensión de fortalecer su nacionalismo, el
centralista-castellanizante, es que sea dominante y
les permita mirar por encima del hombro al resto.
La lechuza de Minerva
ha levantado su vuelo, ha traído la sabiduría que se ha posado en el campo de
operaciones de las naciones y por él transita. Esa sí es la mayor de las
evidencias.
Mirar para otro lado
no cambia para nada la situación, y ahí está como un imperativo categórico más.
Sólo se necesita el tiempo necesario para que los mapas y las mentalidades se
vayan recomponiendo y continúen en pos de su verdadera personalidad
socio-política.
Cansados estamos de
seguir, erre que erre, con esta matraquilla, cansados, seguro, unos y otros.
Los de aquí en la búsqueda de lo nuestro, de nuestra identificación como
pueblo, y los de allá, empeñados en todo lo contrario, en favorecer los poderes
fácticos, y a veces no tanto, para dificultar, para entorpecer y contravenir
voluntades.
Cansados estamos unos
y otros de machacar sobre lo mismo, sobre el destino de los pueblos, en
hacerles ver a otros que la historia de los pueblos, la nuestra, la canaria, no
es inamovible ni está concluida. Nunca lo ha sido. Ni cuando llegaron los otros
ni cuando se politizó el territorio con componendas y mandatos que no se
entendían y que se introdujeron en la conciencia de la gente con trabucados
mensajes, año tras año, montándose un escenario de confusión y de majaderías.
Pero en el fondo lo
que subyace es el dominio, es el paternalismo, por un lado, y el deseo de un
nuevo encuentro, de una nueva toma de decisiones que habrá que hacer desde una
mayoría que nos defina como un pueblo que sabe lo que quiere.
Entretanto, hay que
alimentar, al menos en el imaginario, para que la lechuza de Minerva siga
revoloteando en el entorno de nuestro espacio.