Los
balones del mundial
Juan
Jesús Bermúdez
La Alianza Juega limpio, en la que está integrada la
Confederación Sindical Internacional ha denunciado en un Informe reciente[1] las condiciones de trabajo que, en su
mayoría, niños y mujeres de Pakistán, India, China y Tailandia, han sufrido
para elaborar los balones del mundial de fútbol de Suráfrica.
Un trabajo realizado con jornadas de doce y trece
horas, pagadas a razón de 30 céntimos de euro el balón, varias decenas de veces
inferior a su precio de venta, para que serán pateados por fichajes
multimillonarios que, probablemente, ganen más en 90 minutos que la práctica
totalidad de estas trabajadoras del textil en la sombra.
Es este un botón de muestra de las desigualdades en
las condiciones sociolaborales internacionales, que vienen a recordarnos cuán
lejos nos encontramos aún de la generalización imprescindible de las
condiciones de trabajo a nivel internacional, como requisito imprescindible
para la mejora del futuro de los ciudadanos/as.
Según denuncia el informe, el duro trabajo de
confección del balón llega al extremo de la crueldad en algunas fábricas, donde
en algunos casos se trabaja hasta 21 horas al día, sin descanso; o con falta de
aseos, o amenazas constantes a las trabajadoras por quedarse embarazadas.
También abunda la ausencia de medidas de prevención del riesgo químico, así
como el incumplimiento sistemático de la legislación laboral interna del país.
La alianza de ONGs ha solicitado a la FIFA una acción
contundente ante estos denigrantes hechos, que no pueden más que causar
vergüenza ajena. En este sentido, se ha solicitado el cumplimiento de unos
estándares internacionales de seguridad y salud, así como la determinación de
la lucha contra el trabajo infantil, lamentablemente presente aún en nuestros
hogares a través de productos con una oscura historia de explotación laboral a
sus espaldas.
Pero la historia de los balones va más allá. La
globalización ha determinado la abundancia de “bajos costes” en los productos
que consumimos, lo que ha provocado la continua deslocalización industrial,
generando desempleo aquí y condiciones laborales que consideramos cuasiesclavistas
allá. La decisión empresarial, así como la frialdad de los intercambios comerciales,
es mucho más veloz que la capacidad de los trabajadores/as de esas diferentes
latitudes de organizarse para un propósito común: que la explotación de uno no
sea la excusa para el despido de otros.
La homogeneización de las condiciones sociolaborales
en el Mundo parece una tarea aún utópica, porque no está en la agenda de los
grandes grupos de decisión poner en sus prioridades acabar con la explotación
laboral, escondidos como están esos objetivos en los máximos de búsqueda de la
productividad y la sacrosanta competitividad internacional.
Los receptores de esos productos, sin embargo, no debemos permanecer impasibles
ante estas evidencias, como otras acciones similares en tantos otros sectores
de empleo y actividad económica, nos invitan a la acción ciudadana en la mejora
de las condiciones sociales y laborales que otros, paradojas de la vida,
querrían también ver generalizarse por aquí.