DÍA
DE CANALLAS 2010
Miguel
Ángel Díaz Palarea
En el cantar del Mío Cid se alzó la leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar
que apoyara a Sancho II en contra de Alfonso VI de León; su mito se sustenta en
su lucha con los reyes moros. En este humilde relato quiero homenajear al que
fuera Mencey de Anaga que prefirió
suicidarse antes de someterse al invasor español y entró en la leyenda del
pueblo canaria como “El Mencey Loco”.
LEYENDAS
CANARIAS:
BENEHARO
EL MENCEY DE ANAGA:
EL
MENCEY LOCO
El de Lugo, con dedos pegajosos de oscuras uñas negras, hurgó en el
bolsillo de su jubón, extrajo un pergamino nacarado, lo desenredó con ansiedad
y volvió a releerlo mientras se le encendían de codicia sus ojos fatuos:
“Nos, Don Fernando y Doña Isabel, por la Gracia de Dios Rey y Reina de
Castilla y León, Toledo, Sicilia, Portugal, Galicia, Sevilla, Córdoba, Murcia,
Jaén, Algeciras, Gibraltar, Príncipes de Aragón, Vizcaya y Molina:
Ordenamos a
Vos Alonso Fernández de Lugo, conquistar las Islas de la Palma y
Tenerife que se encuentran en manos de paganos canarios, y someterlas a Nos en
nombre de Dios para honra nuestra.
Por eso es nuestro deseo y voluntar apoyar a Vos, por lo que de las arcas
reales os concedemos setecientos mil maravedíes. Igualmente nombramos a Vos
Nuestro Capitán General
Y os damos en propiedad todo el ganado, tierra y agua, que conforme a su
buen parecer pudiese repartir, así como todos los tribunos que con ello consiga”.
Por fin seria suya, la mayor y más poblada de las islas canarias, la
triangular de profundos barrancos, pedregosos senderos, espesos bosques,
escarpados murallones rocosos y donde destaca el Echeyde desde el que soplan
vapores venenosos por su ancha boca; algunos monjes había regresado de Güímar
y proporcionado valiosa información al de Lugo para conquistar la última isla
del archipiélago; contaba con aliados descontentos con el predominio de Taoro y
su Mencey Bencomo sobre el resto de Tehinerfe, “divide y vencerás”.
Brincaban su ojitos diminutos con solo rememorar como les engañó con promesas
que, desde luego, no pensaba cumplir; con el infiel es legítimo mentir en
beneficio de la sagrada cruz para someter a los adoradores del dios bárbaro
Achamán. Había tratado secretamente con Añaterve, Mencey de Güímar, y creía
poner a su lado a los Menceyes Ajoña de Abona, Perinor
Adeje y Rosmén de Daute; el Mencey Pelicar no contaba en el proyecto del español
en la conquista de Tenerife, ya era viejo y temía a los llegado de allende los
mares. Una sonrisa torcida iluminaba su rostro con sólo pensar en el regocijo
de sus Reyes Católicos tras el aumento de sus tierras bañadas por la sangre de
su espada y las avemarías de su cruz roja bajo fondo gualda. Llegaba a la isla
acompañado de un converso, el que en su libertad llamaban Tenesor Semidan y,
después de abrazar el cristianismo, recibió en el bautismo el nombre de
Fernando Guanarteme.
Pensó el de Lugo, antes de atacar, que Duriman Bencomo, el gran Mencey
de Taoro, tendría a su lado, a Beneharo Mencey de Anaga, a Pelicar de Icod, a
Zebenzui de Tegueste, Acaymo el de Tacoronte y, sin duda, a su tío el valeroso
guerrero Tinguaro el de Aguere. Al invasor español acompañará durante la
conquista Gonzalo de Castillo que conocía a través de los monjes de Güímar
la lengua de los paganos, así podría engañarlos en su propia lengua.
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“¡Guañoht Achamán¡”
Así gritaba Beneharo de Anaga, el Mencey que no pudo soportar la
humillación de la derrota, la amenaza del cautiverio. De gruta en gruta, de
colina en colina, huyendo de la melancolía y del dolor que le asediaba, lanzaba
lastimosos ayes, con la mirada turbia y ausente, Beneharo invocaba la protección
de Achamán. Sólo el cielo podía darle amparo. Su locura es irremediable.
Apenas pueden ya los guanches oponer resistencia a los españoles que poco a
poco han ido dominando la isla. Beneharo supo que el fin estaba próximo y
aquella certeza acabó con nublar su entendimiento. Errante por el desfiladero
clamaba a las alturas
De nada había servido la victoria en Acentejo y aún retumba en los oídos
de Beneharo, el Mencey de Anaga, los silbidos y el estrépito de la granizada de
piedras y troncos de árbol que hicieran besar el polvo a muchos castellanos; de
nada, las rocas teñidas de rojo del desfiladero tras la batalla de Acentejo; de
nada, tantos muertos que quedaron despanzurrados en el barranco entre macerados
charcos de sangre; de nada valió que más de seiscientos españoles y
trescientos canarios conversos mordieran el polvo de la derrota cuando la
primera victoria; de nada, el contemplar, tras aquel combate, de apenas tres
horas, los cadáveres de los invasores: yacían inertes, desparramos, en su
mayoría desfigurados, con los cráneos machados por las certeras pedradas y
asaeteados por las lanzas de los intrépidos guanches. Ya no le podrían hacer
daño los muertos, pero de poco sirvió tanta sangre; de nada, ver en los setos
de zarzamoras los cadáveres de caballos con sus tripas al aire, sus vientres
abiertos por afilados cuchillos de obsidiana; de poco, el botín de guerra
esparcido en el barrando: alabardas chorreando sangre, lanzas de fresno con
puntas brillantes de acero, flexibles espadas toledanas, corazas, celadas,
escudos azules con una inmensa cruz blanca abandonados tras la pelea; de
nada valieron a los guanches los arcabuces, mosquetes, cañones de ancha
boca y falconetes que no sabían utilizar; de nada sirvió al canario abatir a
cientos de enemigo, dejarlos batidos implorando la piedad que el invadido nunca
negó; de nada valía, ahora que le venía a la mente, el recuerdo de la rendición
de Martín Ceballos y sus hombres suplicando clemencia tras la derrota de
Acentejo; de nada que le entregaran al Mencey Bencomo, en señal de paz, una
flexible espada toledana; de nada que su valiente guerrero Payneto de Anaga, con
sus propias manos, hubiera matado a nueve castellanos en aquella épica batalla;
de nada servía ya que le tumbaran abajo media dentadura al de Lugo y le
llamaran después con sorna “quijada rota”.
“¡Guañoht Achamán¡”
Pero nadie le respondía. Sólo el eco de su gritos rebotando de roca en
roca y de barranco en barranco, sólo el sonido de su voz desahiéndonse en el
aire
Beneharo, hombre temeroso de su dios y de sus antepasados, se opuso, con
toda su alma, a la derrota de su adorado Acorán por un nuevo y sanguinario
Dios. Luchó con denuedo para que Acorán no fuera sustituido por otro traído
por el invasor; aquel que bajo una cruz protege a los extranjeros que matan y
expolian sus tierras y ganados. El Mencey, con sus guerreros de Anaga se había
enfrentado a los que una traicionera noche llegaron a la isla envueltos en
grandes y fatídicas sombras; espíritus malignos sobre gigantes pájaros negros
y silenciosos que, al tocar la playa, clavaron sus zarpas en un amanecer que
barruntaba pesares para los pobladores de la isla. Beneharo mientras huye sabe
que cuando el español desembarcó el Guayote en el Echeyde sonrió con maldad.
Ni siquiera ahora que corre derrotado se arrepiente el Mencey de Anaga de
su proceder en defensa de su tierra. Debió matar a Guanarteme “el converso”
cuando llegó a sus dominios con un mensaje del invasor. Se limitó a preguntar
ante las amenazas del de Tamarant: “…que los castellanos poseían armas
misteriosas que vomitaban fuego y mataban a gran distancia”, ¿Pero podrían
los castellanos con aquellas armas volar las montañas que el propio Acoran había
colocado en la isla? A la amenaza de que el español había sometido grandes
animales de cuatro patas, que les llevaban sobre sus espaldas a la velocidad del
viento; preguntó al converso ¿Cómo conseguiría con aquellos monstruos
atravesar los impenetrables bosques
de la isla, cómo podrían cruzar las paredes de los barrancos cortados a pico,
cómo recorrer los estrechos senderos de cabras, que discurrían a lo largo de
incontables precipicios? Uno de sus hombres, para demostrar que no temía al
desconocido caballo, lo levantó a pecho con sus propias manos ante el asombro
de los recién llegado.
Beneharo, zambullido en la demencia, mientras huye desesperado, recuerda
a hija Guacimara “Flor de Anaga”, a sus hombres, pacíficos pastores y
pescadores, oye los balidos angustiados de sus rebaños cuando no robados
dispersos vagando por los riscos. Comprende que su altivo orgullo se enfanga en
la derrota; que su ímpetu y valentía de nada han valido para expulsar al
invasor. Se contempla cansado, con sus pies descarnados, sucio y a punto de caer
en las garras del español. Vaga como un poseso por las peñas, preso de la
locura.
Ahora al Mencey Beneharo de nada le servía que Ruyman, hijo del Mencey
Bencomo y prometido de su hija Guacimara, peleara como un valiente defendiendo
su patria. Fue herido, su pecho roto por una jabalina allí donde Fayneto perdió
la vida al atacar, sin su consentimiento, el campamento de los castellanos en
Santa Cruz. Sabe que ya nunca más se honrará al intrépido Ruyman con el
saludo real: “¡Zahamat Guayohec!”. Presiente que Guacimara marchará de su
cueva con el derrotado hijo del Mencey de Taoro a un lugar apartado donde lamer
las heridas; el joven partió con apenas un puño de gofio en su bolsa su zurrón
de piel de cabra. Como dijo a sus próximos: “…me marchó a donde sólo haya
sol, mar y soledad; ningún hombre, ninguna lucha, ningún amigo, ningún
enemigo, ninguna mala mirada y tampoco buena”. Presiente que jamás volverá a
ver a su querida hija y, presiente, que cuando la busquen sólo hallaran sobre
su yacija una cadena de conchas como pequeñas estrellas: el collar que llevó
la esposa del gran Tehinerfe, su antepasado, el Mencey de menceyes; aquella
prenda sólo debía ceñir el cuello
de una Reina de Taoro. Lo que su Guacimara no pudo ser tras la dolorosa derrota
bajo la espada del español llegado a la isla con promesas falsas.
Tuvieron razón las magades, las sacerdotisas, que al levantar el velo
del futuro, no pudieron contener las lágrimas y vaticinaron que Guacimara debía
morir con Ruymán, conforme al designio de Acorán.
Comprende Beneharo, preso de la pena, mientras corre de risco en risco,
que se equivocaron. No supieron leer los presagios que sobrevolaron el Tagoror,
cuando esperaban a los príncipes de las tribus isleñas para organizar la
defensa: Anaterve no apareció a la reunión y tampoco se supo olfatear el
cargado ambiente reinante. En un extremo alejado permanecía sentado Pelicar
que, acariciando su larga y blanca barba, reflexivo miraba a lo lejos; tampoco
se supo entender a tiempo que los meceyes de Adeje Pelinor, Romén de Daute, y
Ajoña de Abona, hablaban entre sí, distantes, en voz baja, como la conquista
de la isla no fuera con ellos; solo miró el quehebí Bencomo la disciplina
expectante, con que Zebenzuí Mencey de Tegeste, Acaymo Mencey de Tacoronte y el
mismo, Mencey de Anaga, junto al erguido y vigoroso Tinguaro aguardando órdenes.
No se supo leer como en Tamarant Tenesor Semidán, había abrazado el
cristianismo, se había sometido a la Corona de España y llegó, en sus naves,
junto al invasor.
No se arrepiente el Mencey de Anaga de su proceder; juró, por Echeyde y
por los huesos de sus antepasados, morir por el amor de su pueblo en el corazón
y mantuvo su promesa de no traicionar a los suyos y luchar hasta morir contra
todo aquel que quisiera subyugarlo.
De
nada había valido que el valiente Tinguaro perdiera la vida, después de que el
viejo jefe luchase como un bravo guerrero contra el castellano; de poco que se
defendiera su tierra sin temer a la muerte; de nada que combatiera, a un tiempo,
contra siete jinetes con una alabarda, que había arrebatado en la batalla de
Acentejo. Quebró algo de si mismo en su interior cuando, de un golpe de lanza,
alcanzaron a Tinguaro en el hombro izquierdo. Fue en la desdichada batalla de La
Laguna Aguere; cayó de su mano el escudo de corteza de drago; de nada le valió
que derribara del caballo a dos enemigos; todo para quien admiraba terminó
cuando Pedro Martín Buendía, a galope, avanzó hacia Tinguaro y clavó una
jabalina en su muslo; de nada sirvió luchar sin cuartel contra el invasor
castellano. Terminó su existencia, cuando una jabalina atravesó su fornido y
canoso pecho; allí en el suelo quedó inerte uno de los más grandes jefes
guanches. Sentía como la desesperación se apoderaba de sus entendederas cuando
recordaba que el cadáver de Tinguaro, aún chorreando sangre, fue llevado por
cuatro arcabuceros a presencia del de Lugo. Disfrutó el español contemplando
la fatídica muerte del egregio guerrero guanche; Beneharo sintió que sus
esencias volaban cuando el castellano, sin piedad y como escarmiento, ordenó
cortar la cabeza del caído, clavarla en una lanza y conducirla como trofeo de
caza a la vega. Aún le retumbaban en la cabeza
el Tedeum, entonado por el canónico Sacarinas, mientras a lo largo de la
vara de la lanza hundida en el punto más alto de la colina, goteaba la sangre
de su compatriota.
Entre
delirios pudo distinguir Beneharo la gritería de un piquete de españoles que
le perseguían para hacerlo prisionero. Se enfrentó con ellos el Mencey de
Anaga, causándoles gran daño, pero sus perseguidores eran muchos y, malherido,
hubo de seguir escalando para defenderse e intentar recobrarse
Ahora que cree llegar su final, rememora, entre lamentos, como la
victoria de Acentejo hizo olvidar el fatídico oráculo de las sagradas
sacerdotisas del Tamo Gantem Acoran, la Casa del Dios Todopoderoso.
El de Lugo salió, el 8 de junio de 1494, huyendo de la isla, con el rabo
entre patas, pero cumplió con creces el grito
desafiante que lanzó al cielo antes de partir:
“¡Volveré!”
Volvió con más sangre, más penurias para su pueblo. Ahora el valiente
Beneharo al grito de ¡Guañoht! ¡Achaman! prefiere morir como antes lo hiciera en Tamaránt el valiente Benthejui lanzándose al
vacío antes que rendirse o dejarse apresar por las ensangrentadas manos de los
castellanos.
¡Guañont!
¡Achamán¡
Así gritaba Beneharo el de Anaga, ahora apenas un reflejo de lo que fue.
Se quebró la cordura que quedaba en sus ojos. Ya con Sendeto su padre, había
combatido a los españoles. Grande fue su ira cuando cinco anagenses quedaron
ahorcados en el torreón de Añaza pese a los acuerdos de paz que se habían
establecido con los jefes cristianos. Sendeto y Beneharo demolieron entonces la
fortaleza y arrojaron a los invasores de la isla. Y luego, cuando ocupó el
trono de Anaga, continuó resistiendo a la conquista. Había participado en la
liga de Taoro propuesta por Bencomo y, así, tomó parte en la victoria de
Acentejo y siguió después hostigando constantemente al enemigo. Más en
Aguere, tras la derrota, comenzó a hacerse imparable su extravio. Sin que nada
pudiera evitarlo, la isla acabaría siendo sometida. Beneharo lo sabía.
Eso acrecentaba su locura
Beneharo,
el Mencey de Anaga, se aproxima al risco y pierde la vista en las crestas
azuladas. Sus ojos enrojecidos, sitiados por la locura de la desesperación, por
última vez vivo contemplará sus dominios. Antes fueron de sus padres y tiempo
atrás de sus antepasados; aquellos que le esperan en la otra orilla. No llora,
no dará a los castellanos el gusto de verle gimotear, a quienes como perros
hambrientos corren tras él sorteando las pedregosas veredas del macizo. Etéreo
se lanzará al grito de ¡Guañont! ¡Achamán¡ Volará liviano, frágil,
acariciado, balanceado por la tenue brisa de su Anaga del alma en el descenso.
Era tan sencillo dejarse caer, librarse aéreo de los españoles que se aprestan
a detenerlo, humillarlo, burlarse en su cara de la derrota de su orgulloso
pueblo.
Nunca,
por ¡Acorán! No le prenderán jamás
vivo, de ningún modo hallaran sus despojos, no
llevaran cautivo su cuerpo para escarnio y escarmiento de los suyos. Ni
siquiera muerto le disfrutarán.
Recuerda con rabia como decapitaron a su respetado Tinguaro y lanza al cielo
atronadores gritos contra el castellano que no honra a los muertos en combate;
el español no es un pueblo con el que quiera compartir sus últimos días.
Prefiere la muerte, desea desaparecer lejos de las garras del invasor,
desbaratarse como la brisa de los alisios se confunde entre los pinos.
Disgregarse de la espada que llegó tras una cruz, de los voceros de paz y
concordia que sólo regalaron calamidades y la infesta modorra que hizo estragos
entre sus compatriotas, de los castellanos que anegaron de sangre, castigos,
infortunios y desventuras a los guanches que sometieron.
¡Guañoht! ¡Achamán¡
Entre los cerros de Anambre, de Chinobre, de Taganana, resonaba la súplica,
los gritos alucinados y patéticos. A punto de darle alcance, los españoles le
invitaron a rendirse. Beneharo desde lo alto de la cima, contempló sus dominios
de Anaga. Miró la tierra como si quisiera aprenderla con la mirada o como si se
despidiese. Estaba decidido a no caer en manos de sus enemigos. Le horrorizaba
la vida de esclavo
Al grito
de ¡Guañoht! ¡Achamán! abrazará con sus manos abiertas el vacío
contemplando el mar que, con espumarajos, baña aquellas abruptas costas de
acantilados cortados a pico; descenderá aplacando sus congojas el recordar los
buenos tiempos de paz y ventura, a su hija Guacimara “Flor de Anaga” que vio
crecer libre, a sus valientes guerreros muertos por su patria, a sus ganados, a
sus perros. Volar con las alas libres del canario, desprendiéndose de su
consternación, hasta encontrarse, de nuevo, con la perdida
libertad, con la ansia
emancipación. Ansia ahora Beneharo saltar hacia el horizonte e integrarse de
una vez por todas en el vacío que se abre a sus pies.
Nunca pensó que cientos de metros abajo las retamas, los hierbajos y las
piedras del barranco, con sus correntias cristalinas hasta besar el mar, le
recibirían sin piedad y que el fatídico suelo le acogerá violento.
¡Guañoht¡
¡Achamán¡ grita y vocifera desafiante a los españoles que le persigue en
tropel convencidos que antes o después sucumbirá por el cansancio y las
heridas; da lástima observar al Mencey de Anaga, sucio y enterregado, con su
Tamarco desmadejado, empapado en sangre y con sus extremidades a punto de
fallecer por el tremendo esfuerzo de la huida y los continuas enfrentamiento con
sus perseguidores. El de Lugo ha puesto precio a su cabeza, aunque lo prefiere
vivo, al menos, por ahora. Servirá para que los otros guanches alzados aprendan
en cabeza ajena o para ser vendido en algún mercado de esclavos de Sevilla por
cuarenta doblones en oro.
No le
cogerán vivo. Por fin acabarían sus penas, desea la partida
y, cree que en el recuerdo, su alma recobrará la serenidad y
tranquilidad perdida tras la derrota ante los españoles. Se encomienda a Acorán
con devoción. Jamás pensó Beneharo, el Mencey de Anaga, que sus huesos se
romperían al caer pesadamente de tanta altura, en que sus vísceras reventarían
con un ruido seco y sus líquidos correrían barranquillo abajo confundiéndose
con el agua de los barranquillos, empaparía sus limos y quizás sirvieran de
alimento a los sapos que regentaban sus recovecos. Jamás creyó el otrora
altivo Mencey que los guirres de la zona, que planean livianos entre brisas, por
fin conocerían el sabor de su carne y que los cuervos conducirían parte de sus
entrañas a sus crías en el escarpado risco.
Que los polluelos, en sus nidos, recibían a sus progenitores con
alboroto placentero al olfatear la llegada de alimento.
Volvió
a mirar con los ojos presos de la locura; allá en el horizonte las montañas
azules se confundían con el plomizo cielo, un poco más acá, recortando los
lilas, un añil que resurgía tras el polvo atmosférico traído desde el
Sahara. En lo alto del risco, casi tocándole, mirándole con lástima su perro,
que siempre le acompañaba al combate, luchando sin miedo a su lado, no se
separa de su lado. Presiente el
animal el final que se avecina en aquel que tiene la sesera perdida. Cuando
Beneharo lo mira, es ahora su última compañía, menea su rabo y respira
fuerte, sacando su lengua reconfortándole con el cariño que le profesa incluso
en su patético estado. Pero Beneharo, el Mencey de Anaga, vuelve a sus negros
recuerdos.
Luego,
recomponiendo su melena alborotada por el viento que pelaba aquella meseta que
se alzaba hasta caer perpendicular a una barranquera profunda, miró, de nuevo a
su querido perro, se deshizo de las hojas que se pegaban a su tamarco y se
aprestó a poner fin a su existencia.
Un
canario saltarín se posó en una retama que se agarraba al precipicio y pió
con fuerza, parecía cantar a las excelencias de la vida en libertad. Beneharo
le mira con adoración y piensa que el también volará hacia sus antepasados.
Una sonrisa alocada cubre ahora su rostro, le llega la paz, ya no le escuecen
sus heridas y sus músculos rejuvenecen con la caricia del viento que ahora
parece cantar en su querida Anaga. La tranquilidad del final próximo, el
sosiego de alcanzar la cima de aquel macizo le calma,
la serenidad anega todo su cuerpo. El odiado español no dispondrá del
placer de separar su cabeza del tronco para clavarla en una lanza y mostrarla
entre Tedeum, ni llenará su bolsa vendiéndole
como esclavo en la lejana España, ese pueblo que llegó como una maldición de
allende el mar; esos seres que carece de honor, incumple su palabra y ha hecho
del robo su forma de servir a su dios. El viento arreció en lo alto de la loma
y sus cabellos desparramados cubrieron su enrojecido rostro, aromas a retamas y
ajenjo le recordaron la primavera.
Volvió
a mirar atrás se acercaban los castellanos, sus piernas colgaban al precipicio,
una racha de viento beso su cuerpo y Beneharo tragó y expiro el soplo que traía
olor a libertad, le reconfortó, miró de nuevo al infinito. Su tiempo en
aquella erguida atalaya de Anaga acaba; observó, de nuevo, al profundo
barranco, boca sin dientes que le esperaba, que aguardaba su final. El perro
gimió con tristeza, auguraba la despida de su amigo que pegó en él sus ojos
ahora libres de la locura.
Al
contemplar el infinito observó como en un instante ante si se representaba su
vida, ahora los momentos felices. Tras tocarse el pecho grito: ¡Acoran jamás
llevaré bajo mi tamarco una pequeña cruz brillante como lo hiciera el traidor
Guanarteme! Batió sus piernas que colgaban en el precipicio y se aproximó al
horizonte donde sus antiguos le esperaban, creyó ver al Gran Tehinerfe, a
Tinguaro y tantos otros guanches que le precedieron; luego voló, liviano planeó
en brisas cálidas, se sumergió dentro de una luz deslumbradora que le atrajo y
le arrebató todo el pesar que inundaba su dolorido cuerpo.
Enormes
cuervos negros revolotean con graznidos siniestros y amenazantes sobrevuelas a
los perseguidores del valeroso Mencey de Anaga; luego se lanzan en vuelo en
picado contra los españoles, les conminan a dejar el lugar que eligió el Gran
Mencey para poner fin a sus días. Corren ladera abajo como si el mismo diablo
les hubiera robado el alma.