BICENTENARIO
Juan Manuel García Ramos
2010 será el año del bicentenario de las
independencias de América Latina, aunque ese año no represente por sí solo todo
el proceso emancipador vivido hace dos siglos en una región tan inmensa y tan
compleja.
Capitales como Caracas, Buenos Aires, Bogotá, La Paz, Quito y Santiago de
Chile, y poblaciones tan emblemáticas como Dolores, estado de Guanajuato,
México, se preparan durante los trescientos sesenta y cinco días del año que
corre para celebrar su desvinculación del Imperio español hace dos siglos y
para darnos cuenta de su lugar en el mundo de nuestros días.
Mirada desde hoy, la independencia de la América Hispana tuvo su desencadenante
político más visible en la ocupación napoleónica de la España de Carlos IV y de su hijo Fernando VII en
1808
Rota la cima de la pirámide imperial, era natural que las colonias tomaran la
iniciativa de cortar el cordón umbilical que las ataba al absolutismo de la
metrópoli española.
Aunque en esos agitados años, la promulgación de la Constitución de Cádiz, por
parte de la oposición española a Napoleón I, pudo suponer un último esfuerzo
por salvar las relaciones políticas y económicas entre España y sus posesiones de ultramar con un nuevo
tratamiento entre las partes en cuestión que en cierto modo anticipaba lo que
luego vino a ser la creación de la Commonwealth entre
el Reino Unido y su viejo imperio trasatlántico.
Una oportunidad perdida y lamentada por todos que el paso de los años no ha
logrado recuperar de verdad. Los recelos mutuos no han hecho sino aumentar y la
lejanía física se ha transformado en un distanciamiento difícil ya de superar,
pese a la lengua común que a todos nos vincula.
En realidad, la ocupación napoleónica de España no fue sino una más de las muchas
causas que ya habían hecho estallar las relaciones entre Madrid y las tierras
de ultramar. Los que nos ocupamos de estas cosas sabemos lo que significó la
expulsión de los jesuitas en 1767 de todos los dominios bajo la soberanía de
Carlos III, acusados de conspirar contra el monarca.
El descontento americano contra el Borbón y a favor de la obra filantrópica de
la Compañía de Jesús creció inmediatamente y originó focos de insurrección por
todas partes. También se dieron alzamientos indígenas como el protagonizado en
1780 de José Gabriel Condorcanqui, indio descendiente de Tupac Amaru, último
inca del Perú, que ya había tenido antecedentes siglos antes en la personalidad
de Felipe Guamán Poma de Ayala, cronista peruano que
criticó en el siglo XVII la ferocidad del sistema
colonial español. Y otros alzamientos independentistas posteriores, como el
protagonizado por el cura mexicano Miguel Hidalgo en Dolores, alzamientos
independentistas que recogían con distinta graduación el descontento de la
población criolla americana desplazada, a partir de 1750, de su protagonismo
político y económico, de los empleos burocráticos y de los negocios, a favor de
los españoles peninsulares, por decisión de Carlos III
y sus asesores, tan desconectados de la realidad americana y responsables de lo
que el historiador británico John Lynch ha denominado la deconstrucción del
Estado criollo, una suerte de desamericanización de
América que se convirtió en el principal disparador de las revoluciones por la
independencia del subcontinente.
Entre las causas exógenas que precipitaron la independencia de la América
española tenemos que citar siempre la proclamación de la independencia de
Estados Unidos un 4 de julio de 1776 y la influencia de la Revolución Francesa
en las guerras separatistas de Haití, cuya independencia tiene lugar en 1804,
la primera obtenida en la América Latina con los resultados que hoy podemos
cotejar: Haití es el país más pobre de ese hemisferio.
Pero ¿qué valoración se puede hacer, dos siglos después, de lo que originó la
liberación de la América Hispana?
A buen seguro que los americanos harán la suya y los españoles la que les
corresponde.
En cualquiera de los casos, América sigue siendo una desconocida para la
política española y para la opinión pública y publicada peninsular. Se tiende a
entender América como un todo uniformado sin caer en la cuenta de que en esos
territorios las culturas han creado pueblos muy diferentes. Se da una injusta
equiparación y etiquetación de acontecimientos y
circunstancias sin el más mínimo pudor. Un ejemplo puede ser el encasillar en
el mismo grupo de países a realidades políticas, económicas, étnicas, sociales
como Bolivia y Venezuela, cuando los procesos históricos de esas dos repúblicas
tanto se distancian.
El caso de Bolivia merece un respeto. La llegada al poder presidencial por
primera vez de un indio aymará como Evo Morales representa el triunfo de una
mayoría étnica que había sido preterida desde la conquista y la colonización
española, lo fue también durante el siglo XIX de la
independencia americana y lo siguió siendo muchas décadas después.
No sólo en Bolivia. En Paraguay, en 1957, ¡en 1957!, la Corte Suprema de
Justicia tuvo que emitir una circular comunicando a todos los jueces del país
que "los indios son tan seres humanos como los otros habitantes de la
república...", tal y como nos recuerda Eduardo Galeano en su obra más
divulgada.
Durante las luchas por la independencia de la América Hispana se invocaron en
muchas ocasiones las palabras mágicas de la Revolución Francesa, libertad,
igualdad, fraternidad, pero una vez que cambió de manos el viejo poder
colonial, el caciquismo criollo olvidó muchas de sus promesas, entre ellas, la
de la igualdad y la justicia social. Los datos que manejamos hoy no dejan lugar
sino al desencanto: el 34% de la población de América Latina (189 millones de
personas) vive en la pobreza; el 13,7 % (76 millones de seres) en la pobreza
extrema.
Los tres siglos largos de colonia, el siglo de la independencia, la aparición
de los gobiernos liberales y conservadores posteriores a la emancipación,
América Latina sigue siendo un proyecto, un asunto provisional donde las dudas
nos asaltan por todos lados. Un baúl de sorpresas del que surgen políticas
anacrónicas como la del socialismo bolivariano de Hugo Chávez en Venezuela o
regímenes capitalistas sin cortapisas como el de Sebastián Piñera en Chile, un
candidato que ha arrancado votos en sectores de la izquierda y en feudos de
pobreza de su país. Por no hablar del milagro brasileño con Lula a su cabeza.
Unas sociedades llenas de energía que intentan salirse de las contrariedades
que la historia les asignó, un malaje que todo lo impregna.
La literatura, como ha sostenido Carlos Fuentes, sigue siendo la encargada de
"descubrir lo que aún no ha sido descubierto, nombrar lo anónimo, recordar
lo olvidado, dar voz al silencio y desear lo vedado por la injusticia, la
indiferencia, el prejuicio, la ignorancia y el odio".
Tenemos todo 2010 para pensar en eso. No faltarán congresos y foros donde
discutir sobre el porvenir de un mundo que nació como utopía y que lucha con
cierta desesperación por salir de algunos de sus infiernos.