La caída del imperio británico
Juan Jesús Bermúdez
El Reino Unido, y sus estructuras políticas
predecesoras, han protagonizado un ciclo histórico de increíble despliegue de
poder, para la dimensión y características de esta isla atlántica, hoy poblada por
más de sesenta millones de habitantes. Nacida de la confluencia de
diversas oleadas de pueblos de origen continental, los anglosajones
emprendieron, con la consolidación de su gobierno central en torno a
Posteriormente, el ampliado ámbito anglosajón se
retroalimentó del proceso de deforestación y la multiplicación que supuso el
sueño americano, hasta que la misma escasez maderera local trajo la inclusión
del carbón -que ya era conocido, pero repudiado por su toxicidad en la
combustión- como elemento central del desarrollo y crecimiento del país. La
potencia carbonífera en que se convirtió Gran Bretaña le permitió extender sus
dominios y convertirse en la primera economía mundial, a través de la gran
industria y el transporte marítimo a vapor, que sirvió de germen de la posterior
Commonwealth, atrayendo hacia sus factorías textiles
y metalúrgicas el incipiente trasiego de materias primas que anunciaba la hoy
conocida como globalización.
Precisamente, cuando el declive de la extracción de
carbón en el Reino Unido se estaba haciendo evidente -allá por las postrimerías de
El Reino Unido, junto a Noruega, resultó albergar en
sus aguas nada menos que el yacimiento de petróleo y gas del Mar del Norte, uno
de los más importantes del Mundo en el ámbito de las aguas profundas, un sector
de desarrollo del crudo que recibió importante impulso, además, tras las
primeras crisis petroleras de los años setenta, generando la carrera por un
desarrollo más desligado del Medio Oriente, que detenta las mayores reservas
conocidas. La extraordinaria riqueza de ese yacimiento, con decenas de bloques
de exploración en mar británico, llevó a la era de importante crecimiento de
los años 80, de mano del "thacherismo" y
sucesores de ambos colores políticos, lo que incrementó la presión sobre la
extracción del recurso, del que se obtenían importantes ingresos, llevando al
país a una esfervescente situación de abundancia fosilista. Al tiempo, el declinar del carbón lleva a su
industria a niveles de producción prácticamente preindustriales, y la potencia
mundial se centra en promover, desde su famosa City,
la economía financiera de burbujas incesantes, cuya culminación ha sido la
inmobiliaria, de especial incidencia también en ese país (aunque lejana a la
poderosa maquinaria de planes parciales en que España se convirtió en estos años).
De forma paralela a la consolidación de los ensueños de perpetua liquidez
monetaria, en 1999, comienza a declinar el crudo del Mar del Norte, y desde
2001, también sus recursos gasísticos. Reino Unido se
convierte en una economía que necesita ya importar el básico compuesto desde el
año 2005, y que en los próximos años se hará cada vez más dependiente del gas
ruso, noruego o de otras latitudes. En pocos años, la euforia petrolera está
trayendo uno de los declives de extracción más proverbiales de la reciente
historia.
La lógica consecuencia de esta sangría energética,
junto a otros factores, es el cambio de ciclo histórico que está viviendo el país,
la considerada hasta ahora quinta potencia económica mundial. Un déficit
insostenible, la importación masiva de bienes y ahora también de crecientes
porcentajes de sus recursos energéticos; una armada depauperada, que no parece
capaz, a medio plazo, de seguir la aventura estadounidense de copar los lugares
críticos para su abastecimiento; y una moneda, en consecuencia, que pierde
valor en el entorno internacional a marchas forzadas. El poder británico, en
las últimas décadas, estaba sustentado en un recurso fósil que, rápidamente
agotado, ahora declina a tasas superiores al 10% en algunos años. Como otrora ocurrió
con la madera, y posteriormente también con el carbón, el antiguo Imperio está
liquidando un importante soporte de su flema característica, y, entre
espasmódicas decisiones de nacionalización y la sorpresa generalizada de la
autocomplaciente población, da solemne paso a una importante era de
incertidumbre que, sin embargo, permite vislumbrar una decadencia muy similar a
la que sufrieran en otros momentos y lugares grandes poderes acostumbrados a
creer infinitos los recursos de un Planeta esférico.