¿Cambiar las cosas y seguir con lo
mismo?
Juanjo
Triana *
Compartimos la crítica
expresada hace poco por el periodista Alfonso González Jerez[1]
sobre la ausencia de un debate real en los medios de comunicación de Canarias,
no sólo respecto al modelo de desarrollo, sino a todos los asuntos que afectan
a la esfera pública en general. Por eso, resulta alentador superar las tópicas
y manidas acusaciones de estar vendidos al dinero amarillo y de ser enemigos de
Tenerife (con que cierto defensor de Nivaria nos
obsequia día sí, día también), y mantener un intercambio de argumentos
racionales articulados por personas sensatas.
La obra de Donella y Dennis
Meadows y Jorgen Randers Los Límites al Crecimiento, encargada al
Instituto Tecnológico de Massachusetts por el Club de Roma en 1972, vio la luz de
forma providencial en vísperas de la primera crisis energética. Ese trabajo
tuvo continuidad en 1992 con el libro Más allá de los límites al crecimiento, y
fue de nuevo actualizado en 2004 con Los
límites del crecimiento: 30 años después. Sus ideas han ejercido una
influencia trascendental en el pensamiento político contemporáneo, y no
deberían ser menospreciadas por pertenecer “a los años setenta”, toda vez que
sus previsiones se han cumplido punto por punto desde entonces. Según la tesis
central del libro, si los ingentes recursos que se destinan al crecimiento se
reorientaran hacia el verdadero desarrollo sería posible alcanzar una condición
de estabilidad ecológica, sostenible incluso a largo plazo. El estado de
equilibrio global debería ser diseñado de manera que las necesidades de cada
persona sobre la tierra sean satisfechas, y que cada uno tenga iguales
posibilidades de realizar su propio potencial humano.
Al intento de promover el crecimiento económico por encima
de cualquier otra consideración mensurable se le conoce como desarrollismo,
término que puede aplicarse por igual tanto a los planes quinquenales de
Stalin, como al proyecto del puerto de Granadilla, detalles historiográficos al
margen.
El crecimiento–cero ya no es una
opción que podamos elegir de forma consciente para evitar un hipotético colapso
en un futuro más o menos lejano: se trata de una realidad que habita entre
nosotros. Si hacemos un breve repaso por las noticias que salen estos días en
la prensa de color salmón, podemos leer cosas como que el volumen del comercio
mundial descenderá un 9 por ciento este año, según la Organización Mundial de
Comercio; las exportaciones cayeron en febrero en torno al 20 por ciento con
respecto al mismo mes de 2008 en Francia y Alemania, un 25 por 100 en China y
en India, y un 50 por 100 en Japón. El DBI Dry Baltic Index, que mide el
coste de los fletes para materias primas, y da una idea de la evolución del
tráfico marítimo, se hundió un 92 por ciento en 2008. Los armadores tienen
previsto dejar cerca de un millar de buques portacontenedores
fondeados, anclados a puerto y sin funcionar en los próximos meses (¿estarán
todos esperando para atracar en el puerto de Granadilla el día que se
inaugure?). La licitación de obra pública de las distintas administraciones
cayó un 20,6 por ciento en España el pasado mes de enero, una bajada que fue
todavía más acusada en Canarias, con el 78,18 por ciento. La venta de coches se
sitúa en el nivel más bajo desde 1996, con una caída del 60 por 100. El consumo
de cemento se desplomó un 44,6 por ciento en el primer trimestre del año en
comparación con el mismo periodo de 2008, hasta sumar 6,87 millones de
toneladas, como consecuencia de la crisis y el parón en la construcción, según
la patronal de cementeras Oficemen.
No sería extraño que esta situación se vuelva permanente
porque, a diferencia de crisis anteriores, las materias primas y fuentes de
energía (que con su bajo coste posibilitaron en su día que se retomara la senda
del crecimiento) han dejado de ser abundantes. Aunque en los últimos meses el
precio de la energía se haya estabilizado por el colapso de la demanda,
volvería a subir apenas hubiera un repunte (ayudado por la nueva burbuja que se
crearía en torno al acaparamiento de lo poco que vaya quedando), y lastraría
esa hipotética recuperación. ¿Qué duda cabe que hubiera sido preferible haber
optado hace décadas por el crecimiento-cero, cuando los recursos aún abundaban,
que no estar ahora condenados a administrar su escasez?
Centrándonos en nuestro país, el diagnóstico que hacemos los
ecosocialistas es que este modelo de desarrollo,
basado en la construcción como motor de la economía, que a su vez depende del
crédito fácil y barato y de que los precios de los inmuebles crezcan sin parar,
es como una persona que padece una toxicomanía: la droga lo está matando, pero
si le quitan la droga se muere. Los constantes llamamientos de la patronal de
la construcción, o de sus clientes y mantenidos, en favor de que se licite más
obra pública, o de que se subvencione la construcción de viviendas de
protección oficial, o de que la banca reabra el grifo del crédito, son como el
grito desgarrador del yonqui que pide una nueva dosis.
Tiene razón el Sr. González Jerez en que los izquierdistas y
en particular los ecosocialistas tenemos sólidos,
interesantes o, al menos, atendibles argumentos contra este sistema, mientras
que nuestras propuestas concretas no tienen la misma fortaleza. Los ilustrados
del siglo XVIII también conocían perfectamente los
vicios y debilidades de la sociedad estamental y del régimen absolutista,
diagnosticaron acertadamente que ya no estaba a la altura de los tiempos que
corrían, pero con anterioridad a 1789 no tuvieron nada parecido a un programa
de gobierno. Ya que se nos pide una definición de carácter general que
especifique los instrumentos y mecanismos de intervención, adelantaremos que
cuando haya caído la sede de Promotora Punta Larga (símbolo del antiguo régimen
según don Alfonso, como la Bastilla) nuestra acción de gobierno se centrará en
sanar al enfermo. Primero se le dejará definitivamente sin droga, parando las
grandes infraestructuras innecesarias y costosas, y desincentivando al sector
inmobiliario mediante la reforma radical o la supresión de la RIC y de las demás medidas fiscales que lo estimulaban.
Seguidamente se le administrará metadona para que soporte su síndrome de
abstinencia, en forma de un programa de obras realmente útiles para la sociedad
e intensivas en mano de obra, como la rehabilitación de nuestro parque de
viviendas públicas y privadas y la construcción de dotaciones públicas como
hospitales, instalaciones deportivas, centros escolares, guarderías, zonas
verdes, así como infraestructuras para energías renovables. Por último se le
desintoxicará orientando la economía hacia esos sectores que algunos consideran
tan utópicos: sector primario para recuperar la soberanía alimentaria, energías
renovables, trabajo con nuestros viejos y personas dependientes y, por
supuesto, turismo como actividad principal y no como subproducto de la
construcción. El control democrático de los sectores estratégicos (energía,
agua, finanzas, educación, salud) corresponderá a la administración pública
(¿qué clase de socialismo sería si no?). Y nadie debería rasgarse las
vestiduras por ello. Las recetas que para salir de la crisis se están aplicando
en todo el mundo, comenzando por los Estados Unidos, pasan por que el estado
acuda al rescate de la banca e industrias en quiebra, asumiendo deudas,
verdaderos agujeros negros que, tarde o temprano, se acabarán cubriendo
mediante la impresión de papelitos de colores, es decir mediante inflación que
acabaremos padeciendo los de siempre. Si hasta ahora se han privatizado los
beneficios y se han socializado las pérdidas, ¿no es congruente defender que se
quieran socializar también los beneficios?
Respecto de las fuentes de energía, tiene razón don Alfonso
en que la articulación de un nuevo sistema energético para Canarias no se puede
resolver ni en tres o cuatro años, ni en tres o cuatro legislaturas
autonómicas, sino que es una cuestión no sólo de voluntad política, sino
también de costes económicos y desarrollo tecnológico. Nunca pretendimos
nosotros lo contrario.
Una institución tan poco
sospechosa de estar contra el sistema como el Cabildo de Tenerife, del que depende
el Instituto Tecnológico de Energías Renovables (ITER),
ubicado en el polígono industrial de Granadilla, mantiene que dentro de un
cuarto de siglo "deberemos ser casi autosuficientes, no nos quedará más
remedio", según manifestó a Diario de Avisos el director gerente del ITER, Manuel Cendagorta-Galarza,
en declaraciones publicadas el 9 de marzo de 2009. Según el señor Cendagorta, “en la actualidad, el porcentaje que se inyecta
a la red de energías limpias en Canarias es bajo, de tan sólo un 4 o un 5 por
ciento, pero el ITER ve muchas posibilidades de
futuro a la energía eólica, que ya es más rentable que la combustión de
petróleo, y a la solar, que todavía es algo cara pero se prevé una mejora con
las investigaciones que se llevan a cabo. De hecho, la producción de energía
eólica llegó a costar la mitad que la obtenida mediante la combustión de
petróleo cuando los barriles de crudo registraron altos costes. Si se observa
la ley de la oferta y la demanda y se tiene en cuenta que cada vez hay menos petróleo,
a medida que pasan los años será más caro obtener energía mediante este combustible
fósil que además contamina la atmósfera y perjudica a la salud”.
Las declaraciones del director del ITER
pudieran ser triunfalistas en exceso. Primero, porque sólo tiene en cuenta la
generación de electricidad, que apenas representa una tercera parte del total,
pero no el consumo de derivados del petróleo en transporte por carretera;
segundo, porque para que la autosuficiencia energética fuera viable se debería
de asumir que el consumo no aumentara más, de otra forma los incrementos en el
consumo se comerían con creces la nueva potencia instalada en renovables. Por
eso gran parte de esa autosuficiencia se debería obtener mediante la mejora en
la eficiencia y el ahorro de lo que ahora se malgasta. Por ejemplo, es inviable
producir hidrógeno para todos los vehículos de Canarias mediante electricidad
obtenida por métodos alternativos. Si en un futuro queremos ser
autosuficientes, por fuerza el transporte deberá ser público en su mayor parte.
La soberanía alimentaria
no es lo mismo que la autarquía. Podemos seguir comerciando con el resto del
mundo, pero vamos a producir en Canarias todo aquello que sea técnicamente
posible.
Nunca hemos vendido que
sustituir las energías contaminantes por las energías alternativas se limite a
un asunto de buena voluntad y honestidad bucólica que pueda resolverse sin
costes económicos, sin conflictos empresariales y territoriales. El freno al
crecimiento está reñido con el sistema capitalista. La historia, antes y ahora,
camina impulsada por luchas y conflictos sociales. ¡Claro que van a existir
conflictos! Por eso los ecosocialistas insistimos en
que la transición a la autosuficiencia, en Canarias y en todas partes, aunque
es técnicamente posible, únicamente se puede implantar con otro sistema
socioeconómico alternativo al vigente en la actualidad.
Celebro que personas como el Sr. González Jerez disfruten
con la lectura de Reichmann. Para cerrar sugiero esta cita de Albert Einstein
que inspiró el título de mi artículo: "No hay mayor estupidez que querer
cambiar las cosas y seguir haciendo lo mismo".
* Militante de
Alternativa Sí se puede por Tenerife
[1]Artículo
de Alfonso González Jerez