Campesinos, granjeros y el campo
José
A. Infante Burgos
A partir del
sometimiento -que comenzó antes del siglo XIV hasta
la última batalla de Acentejo en 1496- de las
poblaciones existentes en las Islas, se siguieron produciendo escaramuzas,
rebeliones y alzamientos en diferentes zonas. Se recogen abundantes testimonios
escritos. Islas enteras, como La
Gomera, se alzaron en pulsos decididos contra las autoridades
impuestas. Costaba adaptarse y es historia, aunque el grueso de los naturales
se integró en las primeras decenas de años a la organización de trabajos y
repartos de tierras, que habían sido suyas, que imponían los recién llegados
adoptando apellidos, lengua y una mezcla racial escasamente diluida (en el
conjunto) en los primeros siglos, dado que los europeos que llegaban lo hacían
a cientos, en cantidades relativamente pequeñas en comparación con las decenas
de miles de guanches que a pesar de las enfermedades, esclavitudes y muertes
consiguieron superar las etapas iniciales, y dado también que, tras el
descubrimiento de América, las corrientes humanas se centraron en el abordaje
del gran continente.
El aborigen más reacio
a la integración se aisló en las zonas más montañosas y pobres de cada
territorio. En todas las islas abundan los restos de aquellos hombres, mujeres
y niños que intentaron la supervivencia de forma tangencial al nuevo orden
económico que imponían los europeos. Aún se recogen cerámicas y restos fósiles
en zonas como Ucanca, Icod
el Alto, Guía, La Aldea,
etc. de esos últimos periodos y aun he oído, concretamente en la isla de El
Hierro, que los abuelos de los abuelos contaban de sus antepasados que personas
del monte bajaban a rapiñar cultivos para comer.
Los "magos"
(al parecer el término es atribuible en origen a la denominación de
"mauros" dada por los castellanos para los de la isla de Tamarán), que equivalía al campesino guanche, vivían en los
altos o medianías más intrincadas y pobres por la orografía (aptas para
pastoreo) y no recibieron la suficiente influencia cultural durante la
colonización y, posteriormente, hasta que a fuego lento fueron progresivamente
digeridos e integrados por medio de padrinos en las sociedades ya pacificadas.
Siempre campesinos y nunca granjeros, cuando un campesino se encuentra aislado
en grandes propiedades de su dominio o maneja su producción con considerable
orientación comercial, se transforma en un granjero, término aplicable al
estudio de la Antigua
Grecia en su llamada "Edad Oscura". Los campesinos
canarios ni siquiera ahora pueden sobrevivir como granjeros. Poquitos,
poquitos. Los grandes cultivos siguen estando en los valles y su explotación
está más en las manos de los capitales e inmigrantes. La agricultura de
medianía, igual que antes, ha sido barrida de los canales comerciales. Sólo
cubrimos un quinto de las necesidades alimentarias actuales. Muy poco.
Tanto los integrados
como los no integrados de aquel tiempo fueron configurando en su adaptación
progresiva al que en ese momento era el imperio español, extendiéndose por
América el alma trifásica de este archipiélago atlántico. Todas las formas,
tradiciones, costumbres y fiestas del pueblo canario tienen su raíz clavada o
anclada en el entendimiento de que de ninguna manera ellos fueron barridos del
mapa. Nada más hay que observar detenidamente:
En Canarias se cultiva
sólo un tercio de la superficie agrícola. La superficie agrícola es de 142.600 hectáreas,
de las que solamente se cultivan 53.600, algo más de una tercera parte del
total. El caso más extremo es el de Fuerteventura, en donde se han abandonado
el 92% de sus 9.518
hectáreas cultivables. Mientras tanto, las importaciones
de productos alimentarios constituyeron bastante más del 30% de todas las
importaciones del archipiélago. La ganadería canaria sólo cubre un 13%, es
decir, que el 87% de la demanda de carne y sus derivados viene
de fuera, mientras que la agricultura apenas aporta el 20% de la demanda del
mercado.
Se trata de
porcentajes muy inferiores al nivel mínimo de autoabastecimiento aconsejado por
la Organización
de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación (FAO), que estima que la seguridad
alimentaria existe cuando las producciones autóctonas satisfacen, al menos, el
75% de la demanda. Canarias es el territorio que emplea más fertilizantes y
productos fitosanitarios por hectárea y con el mayor número de cultivos
intensivos, gracias a las plataneras y cultivos de tomates.
Con la crisis
afectando a la que llaman principal industria canaria (y que no es nuestra, ojalá), el turismo, y la quiebra del sector de la construcción,
las miradas vuelven a dirigirse al campo.
infburg@yahoo.es
Publicado en El Día, 16-9-2009