Canibalismo político
Juan
Jesús Ayala
Existe la antropofagia
porque las condiciones ambientales y ciertas connotaciones culturales lo
permiten. La caza del hombre por el hombre es tan vieja como la vida misma.
Algunos que han pensado sobre esto eludiendo a Hobbes manifiestan que gracias a
que esto ha existido la Humanidad ha llegado hasta aquí y con sus altas cotas
de progreso, aunque siga existiendo en regiones ignotas del planeta esta
práctica en pro de la supervivencia de la especie.
Un tono menor de la
antropofagia pudiera ser el canibalismo. La antropofagia desmenuza el cuerpo,
lo rompe y, poco a poco, se va digiriendo por aquellos que tienen el estómago
preparado para ello y terminan así de esa manera con la víctima elegida.
Víctima que encima puede agradecer que sea engullida por el reyezuelo de la
tribu. Pero el canibalismo no llega a eso, a hacer desaparecer entre sus jugos
gástricos al que se proponga; el canibalismo es más sutil, más progresista si
cabe; es como si liquidara a personas, pero que se siguen sosteniendo atrapadas
en sus viejas mañas porque el caníbal considera que debe seguir viviendo de las
miserias suyas que ha transportado a las de los demás.
En el ámbito de la
política, y siempre dentro del simulacro de la metáfora, se da mucho esta
faceta humana del canibalismo. Eso sí, desdibujado, traspuesto y mediatizado,
pero con la misma ferocidad que el salvaje que, presto a decidir a quién hace
desaparecer, así se maneja. Hay ejemplos que ponen en evidencia el canibalismo
político. No hace falta traerlos a la historia; es una realidad del día a día.
Gobiernos hay que se fabrican de una manera determinada, con unos personajes
que se supone cualificados, porque así se les nombra, y de la noche a la mañana
desaparecen quizás engullidos por las hambres, no del que está en la cúspide
del poder, sino influido por el ambiente que se ha construido a su alrededor y
al que no le queda otra opción que afilarse los dientes y separar a los que se
creía imprescindibles, con los que el país se sacaría a flote y pujara dentro
de los más exquisitos mercados y dentro de la ultramodernidad y ya ven, se
percibe como un país depauperado, rezagado y con el agua al cuello.
El canibalismo
político existe no porque los que forman gobiernos tengan hambre ni siquiera de
poder; es simplemente inherente a la condición humana como si fuera un mandato
genético-antropológico, como una señal más de la identidad del humano que
desarrolla ciertas habilidades de depredación para poder sobrevivir en la selva
de las traiciones. Por eso abre sus fauces y se sacude fuera de sí a los que
molestan, a los que comprometen el futuro y siempre con el pretexto de que con
ellos se compromete el futuro, aunque estén sometidos con la cadena de sus
incapacidades y con el atavismo de sus rutinas.
Tampoco hace falta ir
muy lejos para dar con este fenómeno; incluso es casi obligada su presencia en
las lides de la política. Limpiar el espacio político de este arcaico resabio
no es fácil, además de complicado, porque el servilismo es la nota que domina;
la reverencia es lo que establece la prioridad y, sobre todo, la sumisión; el
reír las gracias es lo que domina, lo que hace es que el canibalismo político
sea muy difícil de desterrar, porque los estómagos agradecidos son muchos más,
abundan más que los que proveen satisfacción. El canibalismo político es una
maña que tácitamente es aceptada por todos, por los que la ejercitan y por los
que la sufren.