CAPITALIDAD CULTURAL
Elisa Rodríguez Court
No se es de ningún sitio cuando se puede
vivir en cualquier parte. ¿Significa eso que quien se siente un apátrida en su
ciudad no la ame? Le profesará el mismo cariño que le pueda tener a sus seres
queridos. A fin de cuentas, parece cierto que una ciudad es un mundo cuando se
ama a uno de sus habitantes. No importa si fea o hermosa, en su interior nos
buscamos a través de los demás y de los paisajes.
Porque el andar de las ciudades se confunde fácilmente con el propio andar,
parece difícil mirar con ojos imparciales la urbe donde se vive. Por ello se
podría proponer un alejamiento, no importa si imaginario, de la población que
se habita. Ninguna manera mejor de examinar ésta a distancia que ocupando una
de las ciudades invisibles del escritor Italo Calvino. Son espacios
horizontales que se sustentan en los deseos de sus habitantes, los cuales toman
de cada urbe lo que necesitan para vivir. Habitualmente redondas o
subterráneas, estas ciudades pueden estar suspendidas en el vacío. Es el caso
de la que he elegido, durante la escritura de estas líneas, como lugar de
exploración y refugio. Cuelga entre dos montañas, atadas sus crestas con
cuerdas. La base del municipio es una red que permite sostener un peso
limitado, a la vez que posibilita a sus residentes pasar de un lado al otro
mientras se pierden entre las nubes.
Miro desde arriba mi ciudad marítima y me viene a la mente su candidatura para
convertirse en Capital Europea de la Cultura en 2016. Mis pensamientos quedan,
de pronto, interrumpidos por la visión abajo de un caos territorial que habla
de un crecimiento desmesurado. Es una ciudad gris, pienso, y el gris se vuelve
negro cuando asisto al drástico recorte presupuestario en cultura y al
progresivo desmantelamiento de nuestros espacios culturales.
Publicado en La Provincia, 27-01-2010