Carta abierta a D. Antonio Cubillo
Domingo
Lima Domínguez
He leído su artículo "La catedral y la tumba de
Fernández de Lugo" (EL DÍA, 19-9-2009)[1] Ante
todo, vaya por delante que mi crítica no tiene la más mínima intención ni de
atacar ni, mucho menos, ofender. Vd. nunca me ha convencido, pero sí siento por
Vd., por varios conceptos, admiración. Una admiración que siento hacia toda
persona, capaz de arrostrar el peligro por defender una idea.
Vamos al grano. Me voy
a permitir recomendarle la lectura -y meditación- de un escrito de Ortega y
Gasset que todo amante de la historia debería leer -y meditar-; es el Prólogo
que escribió para la "Historia de la Filosofía" de Bédier, en el cual trata sobre el "sentido
histórico", que Vd., por cierto, no parece poseer. El tal sentido es el
que permite a una persona enjuiciar un hecho del pasado, no desde la
perspectiva del presente, sino tomando en cuenta el contexto cultural, social,
político y económico en que tal hecho se produjo. Eso sí: hay elementos que son
válidos en todo tiempo. Por ejemplo: en el s. VII a.C. hubo un pueblo conquistador, el asirio, que desplegó
una ferocidad tan desproporcionada que no es posible justificar, ni siquiera
por el contexto en que se produjo. A pesar de ello, y dada la mentalidad de la
época, resulta comprensible, aunque censurable.
Como estudioso amante
de la historia, me causa desagrado que cualquiera hable del tema sin conocerlo
(esto, por supuesto, no lo digo por Vd.: Vd. conoce el tema, sólo que -dicho
con todo respeto- lo manipula, lo conduce hacia sus ideas). En una charla sobre
medicina, sólo suelen intervenir los que saben medicina, o sea, los médicos.
Pero cuando surge la historia, todos intervienen; todos creen saber historia,
aun los que no han visto un libro de historia ni por el lomo.
La historia tiene sus
propias leyes, que hay que conocer (estoy seguro de que Vd. las conoce), que
hay que descubrir y considerar antes de emitir un juicio. Son leyes
inexorables. A una podríamos denominar, metafóricamente, "de vasos
comunicantes". Según ella, un pueblo de una cultura evolucionada se impone
a otro, más o menos cercano en el espacio, de cultura menos evolucionada. Según
parece, la civilización urbana, con sus complejidades, aparece en Oriente
(Mesopotamia) y se extiende luego hacia Occidente (Palestina, Egipto, el
Mediterráneo). Saltemos unos milenios: en los siglos XIV,
XV y XVI, se da en Europa
una sorprendente explosión cultural y científica que conocemos con el nombre de
Renacimiento. El hombre quiere conocer el planeta en que vive y las ciudades
experimentan un extraordinario desarrollo en todos los sentidos. Mientras las
Canarias permanecen ancladas en el preneolítico. A las puertas de Europa y en
la ruta oceánica, ello no podía mantenerse. En otras palabras: la conquista de
Canarias por parte de una potencia europea era inevitable: el preneolítico no
podía convivir con el Renacimiento. Tres naciones podían hacerlo: Portugal,
Inglaterra y España. Lo llevó a cabo esta última. Muchos -Vd. entre ellos-
califican esta conquista de "genocidio". Y yo pregunto: si la
conquista española fue un genocidio, ¿qué fue la conquista que llevaron a cabo
los portugueses en Brasil, donde los "bandeirantes" no dejaban un solo
indio vivo por donde pasaban? ¿Y la de los ingleses en Norteamérica, donde los
aborígenes fueron encerrados en las reservas para acabar con ellos?
Vd., Sr. Cubillo,
afirma que tiene sangre del mencey Bencomo. A mí no me toca averiguar qué hay de cierto en
ello. Pero si es así, no la hubiera tenido de haber conquistado estas Islas los
ingleses o los portugueses. En la América española (yo viví allí 30 años) hay
indígenas, blancos, negros y mestizos por todos lados. En Brasil, los indígenas
están bien escondiditos en la selva, y en las ciudades norteamericanas hay que
buscarlos "con lupa".
En Canarias, una vez
asentados los conquistadores y colonos que enseguida llegaron, se dio también
el mestizaje, como en la América hispana. Nosotros tenemos -unos más, otros
menos- sangre aborigen en nuestras venas. ¿Que hubo episodios genocidas? No hay
duda; y discriminación y desprecios. Pero de eso a decir que la conquista de
Canarias fue un constante genocidio, hay un abismo.
Vd. llama a Fernández
de Lugo varias veces "bandolero". No: Fernández de Lugo no fue un
"bandolero". Fue un conquistador español del siglo XV, y como tal tenía virtudes y defectos; rezaba a Dios e
iba a misa, para cometer luego arbitrariedades e, incluso, delitos. Pero era el
siglo XV. Lo que resulta incomprensible e injustificable
es que en pleno siglo XX ó XXI
una persona actúe como Fernández de Lugo. Y, sin embargo, hay quienes lo hacen:
pretender conseguir la independencia de un pueblo a base de bombas en trenes o
aeropuertos y cobardes asesinatos es actuar en forma mucho más reprobable que
la utilizada por Lugo o por Pedro de Vera (considero peor a éste que a aquél)
en el siglo XV, época en que Papas, obispos y monjes
condenaron a la hoguera a miles de seres humanos por pensar de particular
manera. Si los que se llamaban a sí mismos "vicarios de Cristo"
actuaban de tal manera, ¿qué no harían los que se lanzaban a conquistar pueblos
extraños y aguerridos? Por cierto, y a propósito: la bomba en la que aparecen
metidas nuestras Islas en la denuncia que acompaña su artículo, me gustaría
creer que es una metáfora, aunque me trae un triste recuerdo de 1977. Porque si
no es una metáfora, Sr. Cubillo, habría que tener mucho más cuidado a la hora
de calificar a ciertos personajes históricos..., como Lugo.
Yo he leído recientemente
un artículo en que se acusaba a Hernán Cortés de cruel porque conquistó al
"pobre" pueblo azteca. Evidentemente, el autor del artículo no sabe
absolutamente nada del pueblo azteca, de las razzias que hacía por los
alrededores para llevar cautivos a lo alto de los teocallis
para ¡arrancarles el corazón en vivo y luego comerse los cuerpos aún calientes
con tortitas de maíz! Con razón esos pueblos víctimas, que vivían
aterrorizados, ayudaron a Cortés apenas llegar a Veracruz, lo que no dejó de
sorprender al conquistador, algunos de cuyos soldados fueron sacrificados de
aquella bárbara forma a los dioses tras la llamada "Noche Triste".
Claro que, me dirá
Vd., los aborígenes canarios no eran, ni mucho menos, como los aztecas.
Bueno... Según Abreu Galindo, los de Gran Canaria hicieron "estatuto y
ley, de matar todas las criaturas hembras que naciesen, como no fuesen los
primeros partos, que reservaban para su conservación". Ello, para evitar
hambrunas por la demasiada población. La justificación no borra, sin embargo,
lo cruel de la medida.
Vd. acusa a Fernando Guanarteme, que está enterrado en la ermita de San
Cristóbal de La Laguna, de "traidor" a su pueblo por colaborar con
Lugo en la conquista de Tenerife. Es posible que en esto tenga Vd. algo de
razón. Naturalmente, a Vd. también le parecerán traidores todos los guanches del Sur de Tenerife, que también se le acercaron a
Lugo para ayudarle en su empresa.
En este episodio, tan
similar al de Cortés en Veracruz, se cumple otra constante de la historia: dos
enemigos pactan y se unen si aparece un tercero. Los guanches
del Sur recelaron siempre del mencey Bencomo, que tenía ambiciones expansionistas, algo así como
de protectorado. Ello explica la ayuda que Lugo -que venía a combatir a Bencomo- recibió de los habitantes del Sur, que, además,
habían recibido prédicas de los frailes franciscanos del eremitorio de Güímar mucho antes de la llegada de Lugo. El caso, Sr.
Cubillo, se ha dado miles de veces en la historia de la Humanidad.
Con respecto a lo que
afirma sobre Colón: ciertamente, no era un santo. Era un perfecto ejemplo de
hombre renacentista, de su tiempo. Pero yo le aconsejaría utilizar sobre él
fuentes mucho más serias que la revista National
Geographic. Hablar de Colón, Sr. Cubillo, no es muy fácil. No sea Vd. como el
presidente Chávez de Venezuela, que piensa que destruyendo monumentos al
Descubridor (entre ellos el que adornaba el Parque de los Caobos, que era una
obra maestra del arte venezolano, lástima) cambiará la historia. Tampoco
cambiará la historia sacar la tumba de Lugo de la catedral. Es parte de la
historia, y la historia de los pueblos, de todos los pueblos, es digna de
recordarse, incluso con sus puntos negros y sus personajes aberrantes o menos
aberrantes. Nuestra historia canaria los tiene; pero también los tiene heroicos
y sabios. Todos son historia nuestra.
Cuenta Vd. en su
artículo que en 1975 envió un comando del MPAIAC que se encerró de noche en
nuestra catedral a hacer pintadas independentistas en sus paredes. Yo le
pregunto dos cosas: ¿le parece semejante acción digna de un político serio?
Porque si unos chicos adolescentes ensucian las fachadas de nuestras casas con
sus sprays en actos calificados de "gamberradas", ¿cómo calificar si
lo hacen personas maduras en un lugar que es sagrado para todo un pueblo? Y una
segunda pregunta: ¿por qué el tal comando no actuó a plena luz del día, dándose
a conocer? En resumen: ¡Menuda lección de civismo político le dio Vd. al
comando!
Sr. Cubillo: no es esa
la vía adecuada para llevar una idea seria a un pueblo digno. Porque nuestro
pueblo, por su dignidad, por su historia, por su idiosincrasia y por sus
anhelos, merece dirigentes de altura, y no pintadas en una catedral al amparo
de la noche.
Dice Vd. que ya es
hora de "limpiar y adecentar nuestra historia". ¿Significa que para
ello hay que destruir todo lo que recuerde la conquista en Canarias? ¿Es Vd.
consciente de lo que esto significa? Significa destruir nuestro patrimonio
cultural, empezando por el mismo Cristo de La Laguna, ¡regalo a la ciudad del
mismo Lugo, que lo recibiera del duque de Medina Sidonia, a quien, me imagino,
Vd. odiará tanto como a él! Significa renunciar a todo lo que los
conquistadores nos trajeron, incluso el cristianismo, productos agrícolas y
ganaderos, el vino y un larguísimo etcétera.
Es la suya -perdóneme
si en algo le molesto- una actitud fanática; el fanatismo puede estar bien en
el deporte (y aun en él es discutible), pero en política ha dado tristes
resultados: el nazismo en Alemania, el franquismo en España, los talibanes en
Afganistán, Bush en EEUU... El cobarde y vil atentado
del que Vd. fue víctima, Sr. Cubillo, fue obra del fanatismo fascista.
La idea
independentista que Vd. sustenta y proclama es, a todas luces, respetable. La
independencia es lo más hermoso a que puede aspirar un pueblo; eso sí: siempre
que ese pueblo se pueda mantener siendo independiente. Pero es tema que, por
ahora, no quiero tocar. Repito: su idea es respetable; pero no trate de
imponerla, ni con fanatismo, ni con interpretaciones subjetivas, ni con la
violencia. Aquí en Tenerife hay otro dirigente independentista que expone su
idea en forma pacífica, racional, serena; es, además, un magnífico escritor,
profesor universitario y acabado conocedor de la cultura universal. Vd. sabe a
quién me refiero. Dirigentes como ése son los que aquí necesitamos y queremos.
Los puñetazos
fanáticos no convencen a nadie. Las razones serenas, por lo menos, son
escuchadas, convenzan o no.
Para terminar, Sr.
Cubillo, le recuerdo que mi intención está muy lejos de molestarle. Perdóneme
si en algún momento lo he hecho. Sería sin querer.
Y para que no quede
mal sabor de boca, deberíamos degustar unas papitas guisadas con un conejito en
salmorejo, todo regado con un buen tinto de cualquiera de nuestras Islas; todos
ellos, productos que nos trajeron los conquistadores. Eso sí, sin olvidar el
lebrillo con gofio amasado, herencia de nuestros padres guanches.
Y mientras, que suene nuestra música, con timple, guitarras y laúdes, todos,
instrumentos (como nuestros bailes) de raigambre española: folías,
isas y malagueñas; pero también sirinoques
y canarios, que, según los entendidos, algo tienen de los guanches.
¡Y todo en paz, amigo,
como decimos por aquí!