Carta a Mario Benedetti en su exilio eterno
Cuando me entierren por favor
No se olviden de mi bolígrafo.
M.
Benedetti

Y
sucedió. Aquella sombra de rostro exangüe, enemiga de tus vehementes latidos,
que ejerce la profesión de corroer almas y subyuga insobornablemente las
virtudes, a la que tan cerca veías desde que cumpliste aquella edad que
plasmaste en tu poema “pasatiempo”, la cual te sirvió para comprender que
la muerte dejaba de ser la de los otros para comenzar a ser la tuya, te
sobrevino hace unos días, cancelando toda prorroga posible.
Daría
lo que fuese por saber que le dijiste a la muerte cuando ésta te miro a los
ojos, si le dedicaste un haiku cuando te invitó a coger por última vez tu bolígrafo
y algo de abrigo, para recorrer un camino que se escapa del perímetro que cubre
el paréntesis que nos separa de la nada, de la mitad entre esto y aquello, una
especie de exilio sin desexilio.
A
la muerte, como a otras sorpresas, le hablabas desde hace tiempo, dialogabas con
ella e incluso me atrevería a decir que desvelaste parte de sus recónditos
secretos. Hiciste verdadera ciencia de la exhalación final, lo cual me hace
pensar y deducir, que en plena vida, habías muerto un poco; tal vez, debido a
tanto exilio y su consecuencia emocional, o con mayor probabilidad, debido al
fallecimiento de Luz, que acentuó aún más tu melancolía poética.
Qué
me queda -te preguntabas- si ya se ha ido Pessoa, Neruda, Alberti… como
considerando el vivir y respirar casi un acto injusto e inmerecido para tu
persona, anunciando una especie de vacío o sentimiento de soledad a nivel de
compromiso literario en la defensa de la parcialidad en la que siempre te
declaraste.
Una
cosa está clara, la literatura uruguaya (sin menospreciar a Onetti y tantos
otros) ha perdido sus ojos y su boca, ahora le tocará vivirá al tacto,
teniendo como guía tu extensa y noble obra, que servirá de bastón a muchos y
cumplirá la función de señalar el norte de la justicia y la dignidad.
Y
nosotros, qué será de nosotros… los que devoramos tu carne literaria nos ha
conmocionado este hecho increíblemente, convirtiéndonos de repente, en auténticos
hijos del más oscuro desamparo, en seres desnutridos de la poesía
comprometida, de aquella que se desviste de galones, plumas de oro y léxicos
lejanos, y que es capaz de convertirse en poesía obrera, introduciéndose en el
corazón de la calle, guaguas, trenes sin apenas desnudarse de calidad
literaria, para acabar en el risco más alto del oeste ideológico.
He
dirigido mi vida en torno al hecho de comprender al ser humano y gasto mis horas
en el estudio de sus luces y sombras. He buceado en numerosos tratados que
pretenden minar la impredictibilidad humana y erradicar el ramillete de secretos
que aguarda su conducta, sin embargo, solo a través de tus versos me pude
convertir en el espeleólogo soñado y sumergirme en las entrañas del dolor y
la melancolía, penetrar en el núcleo donde reposa la alegría que nos
invitabas a defender como una trinchera, defenderla del caos y las pesadillas…
Lo
cierto es que bebí de la fuente de tus versos para comprender las emociones,
para entender el “humanismo” y “existencialismo” que tanto daña a los
cofradores y arquitectos de la moral barata. En ella reposé y busqué el ansiolítico
en momentos de noches oscuras, descubriendo que a tu poesía le nacen brazos y
manos que acunan, mecen e invitan a vivir adrede.
Cuando
muere un hombre de tu talla la vida pierde un trozo de su sentido y uno siente
una especie de inminente temor al ver que ciertas bondades inimitables yacerán
bajo tierra esclavas de un sobrio silencio sacramental.
Cómo
agradecer lo aprendido, cómo agradecer el que tus poemas (con o sin voluntad)
me ayudasen a coexistir y reconciliarme pacíficamente con mis sombras, cómo
agradecerte el que mi soledad se sintiese acompañada, al enseñarme la
universalidad de la misma e instarme a través de tu verbo a unir soledades. Cómo
agradecerte tantas cosas que he vivido y experimentado junto a tu poesía. Me
emociono.
Ahora
solo me queda ordenar el trastero del corazón, abrir un hueco a esta angustia,
a este nuevo dolor con voz propia y rostro sudamericano. Ahora, los que te
reservamos admiración si que podemos decir que nos sentimos como un árbol con
sus ultimas hojas, pero con un cierto matiz de alegría al saber que se te abren
de par en par los portones del parnaso, en el cual te esperan tantos compañeros
con vino, alegría y versos. Tanto es así, que si apuro mi oído escucho tu
dulce voz instando a tus compañeros de gloria a
no salvarse.
Te
admiro y siempre llevaré tus versos como un lema de vida.
David
Fajardo Rguez.
19-05-09