La Casa de Galicia

Antonio Artiles Mejías

Nos enteramos casi por casualidad de que en la localidad de Valleseco, en Santa Cruz de Tenerife, unas personas caritativas procuran cada mes comida para unas 300 familias.

Cáritas en Lanzarote da de comer cada mes a unas 852 familias, y esto lo hace discretamente, sin algarabías ni boato de ninguna clase, como corresponde a la caridad bien entendida.

Por contra, la Casa de Galicia, en Las Palmas de Gran Canaria, lleva años haciendo entrega de donativos cuando se acerca la Navidad y el Fin de Año, y lo hace con botafumeiro y gran parafernalia, hasta tal punto de que muchos canarios creen que esto es caridad, cuando en realidad es sólo propaganda. Si la Casa de Galicia quiere ayudarnos, y al mismo tiempo ayudar a los suyos, debería empeñarse en facilitar el regreso a tantos y tantos gallegos que han quedado tirados en esta tierra cuando se acabó el boom de la construcción, como le ocurre a ese gallego que vive en una cueva en El Confital.

Y no son sólo gallegos, hace pocos días vimos cómo un cordobés era enterrado como si fuese un perro abandonado, sin que hubiese una sola persona que le llorase.

Cuando los españoles van a la vendimia en Francia, después regresan a su país. Nuestra vendimia fue la construcción impulsada por el turismo. Esta ha acabado y, sin embargo, los españoles siguen aquí, engordando las listas del paro.

Es obligación del Gobierno de Canarias, en colaboración con el de España, ayudar a toda esta gente a regresar a su país. Sería conveniente para España, porque vería aumentar su índice demográfico; y para Canarias, porque veríamos disminuir nuestra superpoblación.