La cercanía y el desastre de Madeira

 

José A. Infante Burgos *

 

Los bosques de laurisilva nos identifican. Los archipiélagos de Madeira y las Azores, a diferencia de las Islas Canarias, se encontraban deshabitados a la llegada, en los siglos XIII y XIV, de los primeros aventureros e intereses europeos. Los fenicios, cartagineses, romanos, árabes y otros pueblos del mar sí habían fondeado mucho tiempo antes en sus costas y conocían la ubicación con nombres distintos según las fuentes. Sin duda, los fenicios llegaron, en diferentes expediciones o tiempos, a Madeira e Islas Canarias. Por lo que respecta a las Azores, existen dudas fundamentadas en la mayor distancia y el cabotaje habitual de las naves en la Antigüedad. Algunos escritores medievales refrendan historias sobre indicios hallados en las Azores y otras islas del Atlántico que parecen probar que fueron visitadas en tiempos remotos. El barón Von Humboldt, a principios del siglo XIX, se hizo eco de un relato según el cual en el año 1749 fue hallada una vasija llena de monedas durante unas excavaciones realizadas en Corvo, en la parte más occidental de las Azores. Nueve de estas monedas llegaron a manos de un anticuario, quien certificó que eran fenicias o cartaginesas.

Es curioso que sobre el archipiélago más meridional y cercano a Canarias (que consta de dos islas habitadas, Madeira y Porto Santo, tres islas menores no habitadas llamadas colectivamente las Desertas, junto a las Islas Salvajes) existiera también un fuerte movimiento de población durante los siglos XV y XVI que merecería ser tenido en cuenta. Formaban parte de él, principalmente, indígenas canarios, guanches, desplazados en régimen de esclavitud, dedicados al pastoreo y al duro trabajo en los ingenios de azúcar ("Los esclavos aborígenes canarios en la isla de la Madera". Lothar Siemens y Liliana Barreto)[1]. Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro, natural de Funchal y estrella del Real Madrid, podría tener ascendencia guanche.

A menos de 400 km al norte de Tenerife, las islas de la Madera han sido literalmente barridas por el mismo tremendo temporal que en plan bestia nos azotó sin tregua en la última entrega de la semana carnavalera, registrándose en el archipiélago hermano la barbaridad de casi medio centenar de muertos entre una población total de unos 250.000 habitantes.

Con la única variación de que hablan un dialecto del gallego, la mayor de sus islas tiene una superficie de 741 km² -La Palma tiene 708,32 km2 y Lanzarote 845,93 km2-; con 57 km. de largo y un ancho máximo de 22 km. Aún se excava entre el fango retirando lodo de los aparcamientos del Centro Comercial Anaida, donde se teme hallar alguna otra desgracia. "Los vivos son la prioridad", afirmó el sábado por la noche el presidente del gobierno regional, D. Alberto João Jardim. El domingo por la mañana la lluvia cesó y dejó al descubierto la desolación de la mortal borrasca, especialmente en su capital, Funchal, de 102.000 habitantes, que, situada en la costa, se despertó devastada por los torrentes y los efectos del barro.

Los reportajes de la tragedia que exhiben las televisiones bien podrían pasar por tomas desde otros enfoques de lo sucedido en Canarias días antes. O al revés. "Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar".

Pareciera que el tren de las borrascas atlánticas se hubiera acelerado y, un poco más allá o un poco más acá, en espacio o tiempo, las profundas anomalías o depresiones que se están sufriendo en lo que llevamos de invierno anuncien una posible intensificación de las corrientes en chorro que desde el Atlántico pueden afectar al completo de la Macaronesia. O una intensificación de su poder destructivo. ¿Quién sabe? Ojalá que no.

Según algunos modelos de cualificados investigadores referentes a los efectos del cambio climático, el calentamiento global podría llevar en las zonas en las que habitualmente se producen a un menor número de huracanes. Pero, según estas predicciones, mucho más intensos. Lo mismo podría suceder para las tormentas, depresiones o borrascas de las zonas orientales del Atlántico.

Es posible que sean fenómenos aleatorios que suceden cuando se da una conjunción de factores extremos y que ya no volverán previsiblemente a repetirse durante mucho tiempo. No lo sabemos a ciencia cierta, pero si fuera verdad que estos cambios efectivamente se están produciendo nos convendría entonces prestar mucha mayor atención y empezar a verle las orejas al lobo.

Madeira representa desgarro propio.

infburg@yahoo.es

[1]http://bdigital.ulpgc.es/mdc/texto/pdf/231796_0020.pdf

 

 

Publicado en el periódico El Día, 24-02-2010