DESDE ESTA ORILLA DEL GUINIGUADA
¡EL DR. CHIL, UN CANARIO GENEROSO!
Félix M. Arencibia.
Era una
tarde invernal vestida de azul que destilaba algo de nostalgia y una pizca de ensoñación.
Doramas Martín dirige sus pasos por las añejas calles
del barrio de Vegueta. Llega a una casa antigua con
una fachada de perenne piedra. Es el templo donde habita el recuerdo vivo de
nuestros antepasados, los primeros canarios. Se trata, como es lógico, del
Museo Canario. Entra con el máximo respeto, como lo hace al menos una vez cada
año. Al acceder a su interior le viene a su mente la imagen de ese gran
estudioso y amante de lo nuestro que fue el Dr. Gregorio Chil
y Naranjo.
El Dr. Chil era un hombre cosmopolita
nacido en los inicios del segundo tercio del siglo XIX (1831) en la ciudad de
los faycanes, Telde. Su tío, Gregorio Chil Morales, le inocula el interés por el estudio de la
historia de los primeros canarios. Le anima y ayuda a estudiar en la
Universidad de la Sorbona de París. Mientras, Doramas
recorre con la vista las vitrinas del museo y se para ante una de las momias ¡Qué
pueblo tan civilizado tuvo que ser para practicar la momificación!, exclama
para sí. Recuerda las relaciones que algunos estudiosos establecen con el
Egipto faraónico.
Otra vez el pasado atrapa a nuestro profesor. Recuerda que a
mediados del siglo XIX regresa el Dr. Chil a
Canarias. Se dedica de lleno a la creación de una importante obra dedicada al
estudio de nuestro pasado: “Estudios
Históricos, Climatológicos y Patológicos de las Islas Canarias”. Para su
realización acude de nuevo a Francia y participa en varios congresos de
antropología. Con esta obra tuvo problemas ante el oscurantismo religioso y
político de la época. El obispo Urquinaona condena la
lectura de su obra y cuando quiere casarse le niega la administración del
sacramento.
Junto a Víctor Grau-Bassas, Juan
Padilla y otros pioneros funda el año 1879 nuestro Museo Canario. Demuestra su
generosidad por lo nuestro, dedicando toda su vida al estudio de nuestra
historia. A su muerte, ocurrida en el año 1901, dona todas sus propiedades al
Museo, para que éste se pueda mantener independiente. Ninguna sigla política se
puede adjudicar dicho patrimonio, pues pertenece a todos los canarios. Por
cierto, ha pasado muchas penurias por no recibir apoyo de las instituciones
políticas correspondientes. Ahora amparándose en la manida crisis económica.
Sin embargo, gastan bastantes millones de euros en cultura foránea y en infraestructuras
faraónicas innecesarias.
Una pena, piensa Martín, que todavía queden muchos canarios que
no conozcan nuestro pasado. En una colonia dependiente el conocimiento de lo
propio no se motiva, más bien se nos mantiene alejados
y se da prioridad a otras culturas que poco tienen que ver con nosotros. Esta ignorantación y papanatismo se puede extrapolar a otros
aspectos de nuestra identidad. Con un mayor autoconocimiento y solidaridad podríamos
construir un futuro más tolerante, libre y solidario.
El
maduro profesor vuelve de nuevo a la realidad, después de estas reflexiones.
Sigue mirando con el máximo recogimiento la catedral de sus antepasados. Todo
ello ya bajo las primeras negruras que van arropando el viejo barrio Vegueta. Nos deja
con estos refrescantes versos: “No quiero dormir,/
espero me inunde la noche, / me filtre, traspase mi piel…”.