Cobardicas

 

Alfonso González Jerez

 

Leo con creciente irritación un buen artículo de Erik Canino[1] sobre el miedo de intelectuales y artistas canarios. La irritación no deriva, obviamente, del propio artículo, sino de las opiniones que se recogen en él y que, hasta cierto punto, definen el rostro cobardón, apocado y empalidecido de los culturetas locales, y muy especialmente, de los más jóvenes. En definitiva, lo que le vienen a contar a Canino, lo que nos han contado a tantos en los últimos lustros, es que están tan asustaditos que no sueltan una palabra crítica sobre la Viceconsejería de Cultura por miedo a perder o no obtener una subvención. El terror es tan paralizante, pobres niños y niñas colmados de nervioso talento, cobayas de sí mismos y de las partidas presupuestarias, que prefieren ignorar las preguntas del periodista o, en todo caso, chirriar los dientes anónimamente. Por supuesto: todo el mundo conoce esta situación. Nadie ignora que las sucesivas administraciones autonómicas han practicado con deleite el amiguismo y el capillismo, la discrecionalidad arbitraria y la estupidez conchabada, la generosidad opresiva y la ferocidad ninguneadora. Pero al parecer estos pibes ignoran que en cualquier chantaje resulta tan moralmente deleznable el chantajista como el chantajeado. Creen que un chantajeado, un individuo que acepta el chantaje y paga el precio, un sujeto que controla hasta su más modesto esfínter para ver su nombre en el Boletín Oficial de Canarias, merece respeto y hasta paciencia ante sus lloriqueos y refunfuños. Bah.

No cabe esperar nada, absolutamente nada, de esta gente, y su silencio, la verdad, no merece ser rescatado en una línea. No cabe esperar nada ni ética ni estéticamente. Desde siempre, pero sobre todo en estos tiempos oscuros y trapaceros, la única salida para de-sarrollar proyectos culturales colectivos o individuales es el cultivo de la independencia y el respeto a sí mismo, y si hay subvención, pues bueno, y si no la hay, quizás mejor, alma de cántaro posmoderno. Hace unos días murió José María Millares Sall. Los fascistas lo encarcelaron y le dieron palizas. Por ser poeta. Editó con familiares y amigos en condiciones de semiclandestinidad en los años cuarenta y cincuenta. Por ser poeta. Alcanzaron a darle el premio Canarias de Literatura cuando se estaba muriendo. Por ser poeta, pibes, atravesó cárceles, multas, desprecios, soledades, desdenes, medianías, y puede que le temblara el alma, como a todos, por dolor, cansancio o decepción, pero jamás por una puñetera subvención de la Dirección General del Libro.

 

 

http:Fuente: Diario de Avisos, 12-09-2009

 

* [1]Miedo