Universo: complejidad, vida y compasión en
su línea de evolución.
Aurora Despierta
(imagen: galaxia y adn)
Da confianza en que el
socialismo-comunismo democrático iría en el sentido de su desarrollo,
profundizando en el de la vida. Cosmovisión científica para el cambio y
alternativa a las religiones.
(Ver
nota final sobre el origen de este artículo, libro de 245 pág.
colocado en kaosenlared. Así el tema se hace más
accesible a quien esté interesado)
Para superar el capitalismo necesitamos
comprender no sólo su naturaleza, sino la humana (“Humanidad, verdugo,
víctima y esperanza” en kaosenlared), las leyes
de la vida y del Universo. Ello nos revelará la corriente de la existencia, el
sentido de la vida y cuán reaccionario es el capitalismo decadente. Impulsará
una cosmovisión alternativa a las ideologías y religiones. Reforzará la teoría
revolucionaria. Y esto sólo es el comienzo.
¿Es el Universo hostil a la vida? Si salimos de nuestra atmósfera sin más
protección, moriremos. Incluso con nuestra actual tecnología no tendríamos
suficiente protección en el espacio exterior o sus proximidades en caso de
eyección de masa coronal durante una tormenta solar de las que justo nos
protege el campo magnético terrestre. El Universo es para nosotros, fuera de
las acogedoras condiciones de nuestro planeta, muy duro sin los recursos de la
más sofisticada tecnología y lo seguirá siendo en el futuro. De modo que si lo
vemos desde nuestra perspectiva de humanos y terrícolas parece que el Universo
sí es hostil a la vida. Sin embargo no conocemos la suerte de la vida en el
conjunto del Universo, si abunda o no y hasta qué punto está evolucionada.
Visto desde la perspectiva de la totalidad del cosmos, sea mucha o poca la vida
que albergue, no creo que pueda considerársele hostil a la vida, sino al
contrario. A diferencia de otros posibles universos, en las leyes más básicas
de éste se otorga una gran oportunidad al surgimiento de la vida gracias a la
duración del Universo, al tiempo de existencia de las estrellas y otras
condiciones más complejas en las que no voy a entrar y se pueden encontrar en
los libros recomendados en la bibliografía mínima del final. La rutina de la
materia inerte no es la creación de materia orgánica y vida, sino la
prolongación en diversas formas de materia inerte, predominando la más simple
(hidrógeno, helio). La actitud exigente y quejica es
muy antropocéntrica, humanamente caprichosa, de seres “consentidos” pues el
Universo, a pesar de su “hostilidad”, ha sido capaz de preparar, al menos en
Simplificando, para entender lo
fundamental, no es lo mismo decir “PARA QUE la inteligencia sea posible en el
Universo, en su comienzo ha tenido que ocurrir X” que “X ha ocurrido PARA QUE
haya vida inteligente en el Universo”. El primer enunciado expresa una
condición, busca una causa y el segundo encuentra una finalidad, propósito.
Confundir el primero con el segundo es un error de pensamiento teleológico
(finalista), emparentado con el teológico de la creación o diseño inteligente
divino. La inteligencia es una posibilidad, no un imperativo, que se ha dado a
partir del potencial comprendido en las condiciones iniciales, pero -por lo que
conocemos- tras un complicado y aleatorio proceso evolutivo que después de
alcanzar en algunas fases una gran complejidad ha terminado con extinciones
masivas para volver a ascender en una variedad muy diferente e imprevisible de
especies que también han acabado extinguiéndose, hasta que, al fin, en una de
esas oportunidades ha llegado a producirnos fortuitamente. Que las condiciones
iniciales sean asombrosas por su ajuste fino e improbable al menos según
nuestra actual comprensión científica, no significa que haya una
intencionalidad en su diseño sino, lo más probable, un resultado de los muchos,
más o menos afortunados, en la variedad de evoluciones de la energía-materia, uno
de los tal vez múltiples universos existentes.
El surgimiento de la vida, según los
biólogos, implica en sí tanta complejidad en el funcionamiento de la materia
que no se daría con facilidad. De darse, lo más probable es que no sobrepase
sus formas más elementales (bacterias) que son las que dominan nuestro planeta.
Una mayor complejidad sería probable pero sólo marginal. En cuanto a la
inteligencia, puede no aparecer nunca, dada la sofisticación de la materia
implicada. La principal ventaja de la complejidad no es la mera supervivencia,
pues las bacterias se las arreglan muy bien para eso, sino que da una
oportunidad al conocimiento, la consciencia, la inteligencia y de ahí la
intervención compasiva y respetuosa con el resto de la vida y el cosmos.
Si el surgimiento de la vida y de la
inteligencia fuesen algo inevitable en el Universo -como creen muchos
astrónomos contra el criterio de muchos biólogos-, este Universo sería sin duda
amigable para la vida. Si la vida y la inteligencia fuesen extraordinariamente
improbables y resultado de un proceso muy aleatorio, no por ello concluiríamos
que el Universo sea hostil, pues a pesar de la dificultad para la materia de
producir vida inteligente, lo ha conseguido, lo que nos haría más afortunados
por haber alcanzado esa condición excepcional.
¿Podemos confiar en el Universo? Si aceptamos la convención de arriba y
abajo en el cosmos y nos acercamos a nuestro planeta desde el polo Sur, lo
veremos suspendido en un abismo sin fondo, en un Universo inabarcable que escapa
absolutamente a nuestro control, conocimiento y, en gran parte, comprensión. Si
los astrónomos están en lo cierto, el Universo continuará su expansión hasta la
extinción de las estrellas y con ellas, de la vida. Si nos fijamos en la
muerte, las enfermedades, los sufrimientos, la explotación, la lucha por la
supervivencia, la predación, la “escalada permanente
en la guerra armamentística” de los seres vivientes, la competencia, lucha y evolución entre las especies, la matanza
universal como sostén de la vida animal o más primitiva (virus, bacterias),
colosales transformaciones geológicas, terremotos, tsunamis, erupciones
volcánicas, impacto de asteroides, dramáticos cambios climáticos, ciclos de
abundancia y escasez de vida, extinción en masa de especies, estrellas gigantes
rojas, supernovas, agujeros negros, etc podemos
concluir que el Universo merece poca confianza. Podemos morir en cualquier
etapa de nuestra vida (infancia, juventud, edad adulta, vejez) víctimas de un
ser incomparablemente menos complejo (virus, bacteria) o del accidente más
tonto. La enorme inversión en términos de evolución del cosmos y de la cultura
humana que supone la creación y desarrollo de un ser humano hoy, puede perderse
antes de que alcance su madurez, se reproduzca o pueda transmitir el bagaje
cultural de su experiencia de la vida. Miles de personas buenas y capaces de
contribuir a la corriente de humanidad en nuestra especie pueden ser eliminadas
por un puñado de psicópatas y los egos que colaboran con ellos, incapaces de aportar
nada pero que están situados en posiciones de poder; por no hablar del
psicópata “por libre”, criminal y “asesino en serie”.
Pero, al menos en parte de esto, parece
consistir precisamente el juego de la vida y muchos fenómenos violentos la
hacen posible y también su evolución. Tan “milagrosa” como la existencia de
cada ser humano lo es la de todos los seres. El “milagro” es la esencia del
juego trágico de la vida. Ahí estaría su gracia, como el humor del absurdo.
Nuestra existencia no es más absurda que la del conjunto del Universo condenado
a la extinción pero que ha dado lugar al fenómeno de la consciencia y la
inteligencia. No es el mejor universo imaginable pero es el que existe y ante
la imposibilidad de cambiarlo, debemos aceptarlo, reconociendo su lado positivo
y que siempre es mejor que nada. La vida no incumple ningún contrato o promesa.
No es una estafa, sino más bien un juego arriesgado, a veces una broma
divertida, otras una broma pesada. La matanza generalizada, la extinción,
destrucción, catástrofes, crean las condiciones para alguna ventaja evolutiva
de la materia y la vida.
La materia, dentro de sus limitaciones e
inconsciencia, en el desenvolvimiento de la dinámica creada por el juego entre
el azar y la necesidad, desde un desequilibrio relativo y la selección natural
de los procesos fisico-químicos más productivos o
estables, acaba sacando de sí el mayor partido posible. Por esa vía tal vez
exista ¡una evolución de las leyes naturales! (Lee Smolin,
en el programa 400 de “Redes”, TVE2, 30-V-2006). ¡Nosotros somos la prueba de
que no le sale tan mal para no saber lo que hace!. La
destrucción, la muerte, etc, parece ser el peaje del
viaje de la materia por la vida hasta la consciencia y la inteligencia, también
la compasión, al menos en nuestro planeta. El Universo es un gigantesco campo
de juegos cuyas reglas básicas son las leyes de la materia y de la evolución de
la vida. Como todo juego tiene su principio y su final, piezas que entran en él
y se sacrifican, jugadores perdedores y ganadores. Un juego con reglas, pero
sin un propósito, plan, dirección, finalidad, flecha; sólo ponerlo en marcha y
a lo que resulte, aunque esté predestinado, al parecer, a terminar. La
combinación de leyes y azar han dado lugar, al menos en nuestro planeta, al
surgimiento de la consciencia, aunque no estaba predestinada, no era
inevitable. Lo peor de este juego es cuando algunos hacen trampa o pretenden
manipular las reglas a su favor sacando ventaja sobre los demás.
La evolución de la materia y la vida no
obedece a los designios de una inteligencia (Dios), no hay en ella un
propósito. Si es el resultado de un mecanismo ciego debemos estar infinitamente
más sorprendidos y agradecidos por la parte que nos toca que quejosos por los
costos de su desenvolvimiento.
El más tonto puede encender un televisor
sin comprender nada de los conocimientos que han sido necesarios hasta llegar a
producir un aparato tan sofisticado de un manejo tan sencillo. Un idiota, con
igual facilidad, puede destruirlo. Cuando provocamos la extinción de una
especie (aunque sea un insecto) nos estamos cargando una rama de la evolución y
sus posibles futuras derivaciones; para siempre, de modo irreversible y en muy
poco tiempo, cuando a
Una pareja humana, en sólo unos pocos
minutos, puede poner en marcha el proceso por el que, el cuerpo de la mujer,
sin apenas intervención de su “yo”, se encarga de producir una nueva criatura
de nuestra especie. Lo que a ella le cuesta nueve meses es el resultado final
del “trabajo” evolutivo de toda la historia del Universo hasta hoy. Cada bebé,
al nacer, sale de un “túnel del tiempo” de 14 mil millones de años. Un viaje
inevitable para todo nacido al que nadie está destinado. A través de un acto
tan simple somos partícipes ahora de lo que el Universo ha necesitado una
eternidad en producir; una nueva persona, consciente, capaz de admirar y amar
la vida, que está aquí sin tener por qué.
En el acto reproductivo sexuado entre las
plantas encontramos una evolución en el sentido de mayor exigencia de
cooperación. En unas especies, la fecundación se deja confiada al azar del
viento, pero en otras se precisa la participación de insectos o aves para la
polinización. En las especies animales encontramos una amplia escala, desde la
simple sincronización en la emisión de las células sexuales (corales en
determinada noche lunar), la proximidad (peces machos y hembras no se unen,
sólo depositan juntos sus células reproductivas, en el desove), a la unión
sexual por penetración. En la responsabilización entre machos y hembras por la
descendencia vemos también una gradación en la relación, desde exclusivamente
para el acto sexual, asegurarse la concepción, protección durante la gestación
y nacimiento, durante largo tiempo asegurando la crianza de la nueva
generación... lo que puede llegar a formas sofisticadas de división de tareas y
compromiso del macho (caballito de mar, pingüino emperador).
El cuidado de la prole tanto por parte de la hembra como del macho,
está más extendido entre las especies de lo que tendemos a pensar, incluso
entre los invertebrados. Está presente en especies que no son sociales. Esta
relación es un gran salto evolutivo pues la vida ya no es sólo luchar,
protegerse entre los semejantes y el contacto ocasional para el apareo, sino
una relación estrecha, sostenida, que implica el desarrollo de lazos
emocionales, muchas veces entre los progenitores, pero casi siempre entre la
madre y la cría, de diferente gradación según las especies, que supone interés
no egoísta y cuidado por el otro.
Aunque en las mismas especies cuidadoras
de su descendencia encontramos casos de canibalismo, asesinato de los hijos de
otro macho para aparearse con su hembra, fratricidio entre las crías sobre todo
cuando escasean los recursos, en líneas generales, el cuidado de la
descendencia trae al mundo las bases para la empatía, la simpatía, la
compasión. Fundamental para la plena comprensión de la interdependencia de
todo, y de la existencia como tesoro y “milagro” y sus implicaciones: el
cuidado por lo que forma parte de la red de la existencia que nos sostiene a
todos, que no existirá siempre y es irrepetible. Es así como la compasión y el
amor acaban formando parte del sentido de la vida, de
su propia existencia, garantía de su perpetuación y evolución. Esto es también
un resultado del “frío” e “indiferente” Universo; no podemos decir que la vida
es “cálida” mientras que las estrellas no lo son, pues la vida sólo se origina
y existe gracias a la materia estelar, su luz, calor y elementos pesados. La
vida en
En algunas películas de ciencia-ficción
se expone la existencia de una especie depredadora desalmada, consumidora de
mundos. Acaba con los recursos del planeta, lo degrada, extermina las especies
en su provecho o por desconsideración y tiene que mudarse a otro, lo que no le
resulta difícil por su extraordinaria tecnología espacial. Que no utilicen la
tecnología para preservar su hábitat, se explica por su falta de compasión con
las demás especies; por eso también están dispuestos a acabar con nosotros como
si fuésemos cucarachas. En este supuesto se cumpliría la regla evolutiva de que
sobrevive quien se adapta al medio o es capaz de buscarse otro medio y, más
vulgarmente, la victoria del más fuerte. Pero sin duda, se produciría un enorme
empobrecimiento del cosmos, evitable con la debida compasión o cuidado
considerado. Así que una compasión bien entendida dejaría más posibilidades
abiertas a la evolución del cosmos, en particular de la vida y por tanto al
desarrollo de la conciencia, por improbable que pueda ser.
Recuerdo haber visto en un documental
emitido en la televisión a una leona mutilada de una pata que sobrevivía porque
los demás miembros de la manada (parientes) permitían que comiese de lo que
ellos cazaban y la daban protección. En otro documental, un hombre joven que
tiene un zoo moderno, con amplios espacios al aire
libre, ha criado desde el biberón a varios leones machos y hembras y hienas.
Esto y un trato muy respetuoso, sin violencia, le ha permitido establecer con
ellos una relación asombrosa de cordialidad y confianza incluso con una leona
con cachorros recién nacidos. Los animales, aunque no tienen que cazar para
alimentarse, conservan muchos de sus instintos, como demuestra su reacción
cuando ven a los de otras especies. Pero en el trato con su criador, casi
parecen perros domésticos, pues lo ven como a una gran madre, hermano mayor,
con manifestaciones de alegría y afecto indudables cuando entra en su
territorio, totalmente vulnerable. Los murciélagos vampiros regurgitan la
sangre para alimentar al compañero que sufre inanición, aunque no sea pariente.
Se han encontrado restos humanos del Paleolítico que demuestran el cuidado por
la comunidad a personas adultas que ya no podían valerse por sí mismas. Este
comportamiento compasivo no es exclusivo de la humanidad aunque sea más raro
entre los animales.
La relación de apego entre madre y cría,
en los animales más inteligentes y menos autosuficientes al nacer, será
fundamental para la supervivencia de la descendencia y el aprendizaje de su
autonomía. En nuestra especie es clave tanto para eso como para la constitución
de una personalidad sana (estudios a partir de John Bowlby)
por lo que es responsabilidad de la comunidad poner los medios para que la
relación de apego se desarrolle normalmente pues la empatía, la compasión, la
solidaridad, el amor, dependen en gran parte de ello. Es demasiado lo que está
en juego como para arriesgarlo con mezquinos criterios economicistas tan
propios del capitalismo, de dominio de género o de una equivocada orientación
en la igualdad social fruto de una sociedad tan competitiva e individualista.
Nuestra mejor inversión en el futuro es una maternidad deseada, protegida y una
infancia querida y feliz. Durante al menos en el primer año de vida del bebé,
la maternidad debe tener toda la prioridad. Posteriormente a la madre se la
apoyará para recuperar, si hace falta, cualificación profesional o lo que
fuere, con una discriminación a su favor. Cualquier dificultad o inconveniencia
hoy existente es superable en una civilización que entienda bien cuales son las
prioridades y aporte los recursos económicos, sociales, asistenciales,
relacionales, etc, para ello, cuando no imperen los
criterios monetarios, explotadores y competitivos del capital sino los de los
trabajadores/as asociados. Debe hacerse mucho más de lo que hoy se hace,
incluso en sociedades ricas que paradójicamente son en este aspecto menos
cuidadosas (EEUU) que otras con menos recursos
globales. ¡Menos dinero en armamento y en las cuentas bancarias de la burguesía
y más atención a la maternidad y la infancia!. ¡Ni una
mujer discriminada laboralmente por su género o maternidad!.
¿Deberá generalizarse la esterilidad masculina para que entendamos la
descendencia -controlada- como una bendición y nunca más una carga social?. Esto es respeto consecuente por la vida.
La capacidad de empatizar, simpatizar,
tiene relación con la capacidad de comprender y con la inteligencia llamada
“inteligencia emocional” clave para un buen uso de la inteligencia en general.
Un psicópata puede tener una gran inteligencia “instrumental” pero al carecer
de empatía, simpatía, su inteligencia es ciega y puede convertirse en una seria
amenaza para los demás, yendo a contracorriente de lo más avanzado de la
evolución y de los intereses de
¿Por qué la compasión sería un paso más
en la evolución del Universo?. Si aceptamos que lo es la corriente a la
creciente complejidad y organización de la materia, el logro de la vida, la
consciencia e inteligencia, también lo sería la compasión cuando en su versión
más primitiva ayuda a la procreación al proteger a la prole, pero más aun por
la contribución de la compasión a afinar y orientar debidamente la
inteligencia. Con una mayor complejidad e inteligencia hay una mayor inversión
por parte de
Si la ley del Universo fuese simplemente
la ley del más fuerte y astuto, adelante, prosigamos con la gran extinción de
las especies, condenemos a los más pobres y desamparados, lancémonos a la
guerra nuclear, química y bacteriológica y que gane “el mejor”. Imaginemos una
pandemia mundial causada por algunas bacterias o virus resistentes a nuestra
medicina y capaces de terminar con nuestra especie. Con ese criterio, si una
inteligencia extraterrestre fuese testigo y pudiese intervenir a nuestro favor,
no debiera hacerlo pues sería “ingerencia en asuntos internos de la vida en
otro planeta”, esperaría indiferente al triunfo de lo que ni siquiera es una
vida completa (virus) y aplaudiría su poder si mutase y acabase por afectar a
otras especies provocando una gran extinción en masa mayor que todas las
padecidas en la historia de
Incluso en el supuesto de que de dos
especies inteligentes con sus civilizaciones fuesen absolutamente incompatibles
e inevitable el exterminio de una u otra, esto no demostraría que la dinámica
del Universo es la del triunfo del más fuerte. ¿Qué especie merecería ganar?. ¿La más especiecéntrica,
exclusivista, depredadora, violenta y cruel?. No.
Aquella que mejor permitiese un espacio para otras, para la biodiversidad,
dejando por tanto abiertas más posibilidades para la evolución, luego para
otras vías hasta la consciencia. Esto es, en suma, consideración por la
existencia ajena, interés, cuidado por la vida, la
traducción en términos evolutivos, de la compasión bien entendida. Si ganase la
especie menos considerada supondría un enorme perjuicio en esa región del
cosmos. Este criterio debería servir, llegado el caso, a otras especies para
decidir sus apoyos y alianzas.
La biodiversidad es importante pues no
debemos conformarnos con sólo una modalidad de consciencia y de inteligencia
como la nuestra. Por ejemplo, un ser extraterrestre de las profundidades
submarinas o subterráneo (cavernas) que viviese en la más completa oscuridad
pero hubiese llegado a un grado de inteligencia comparable a la nuestra con su
tecnología y ciencia, tendría una consciencia de sí, de su mundo y del cosmos y
un cuerpo de ciencias con unas preocupaciones, perspectivas y recorridos muy
diferentes a los nuestros, aunque tal vez tan eficientes o más. Pues nuestras
ciencias están más condicionadas de lo que creemos por nuestras características
biológicas (animal de superficie, sobre todo visual, con una gravedad, presión
y densidad atmosférica, velocidad de los vientos, visibilidad, etc que hacen comportarse a los cuerpos y tomar conciencia
de ellos de un modo particular). De aquí la importancia del respeto al extraño,
al que tal vez seamos incapaces de comprender por las enormes dificultades para
traducir los términos de ambos conocimientos. Una inteligencia así, a su modo,
puede tener una comprensión del cosmos tan válida como la nuestra o tal vez
superior (una reflexión interesante sobre la ciencia humana y la extraterrestre
en “¿Es la ciencia universal?” de Jean-Marc Lévy-Leblond en Le Monde Diplomatique
edición española, nº 129, julio 2006).
Antes de que nos instalemos fuera de
nuestro planeta debemos superar nuestras miserias o acabaremos exportando
nuestros infiernos al cosmos convirtiéndonos en una amenaza potencial para
otros seres. Nuevamente la compasión será un factor de progreso en el Universo.
Apelar al “egoísmo inteligente” no será
motivación suficiente para detener la máquina social de destrucción humana y
planetaria que hemos creado pues seguiría siendo parte de una mente egoica. Sólo la superación de la identidad ilusoria
separada del mundo, de los demás seres, nos dará la capacidad para crear una
dinámica compasiva (simpatía, fraternidad, responsabilidad) que nos salve a
todos.
No está claro que la complejidad de los
seres vivos, a diferencia de la materia inerte, responda a una tendencia y no a
un proceso aleatorio cuyo resultado, llamativo pero marginal, sea la
complejidad. Puede que la complejidad se deba sólo al azar, o a un grado de
probabilidad pero no a una tendencia como la de descender por un plano
inclinado. En todo caso, los pasos hacia una menor complejidad se han dado
cuando resulta más económica y mejor para asegurar la supervivencia o cuando
una gran extinción sencillamente ha eliminado la mayoría de los organismos en
particular los más complejos, siempre más vulnerables aunque sólo sea por su
dependencia de una cadena trófica más larga o de la interacción entre especies
también complejas o porque la cadena trófica se reduce casi al mínimo entre lo
simple y lo más complejo. Pensemos en qué ocurriría con las ballenas,
organismos muy complejos resultado de una larguísima y complicada evolución
(mamíferos terrestres vuelven al mar) si por un pequeño cambio en el medio
marino (elevación de la temperatura) escasease o se extinguiese el krill,
crustáceo del placton del que se alimentan (una
amenaza muy real por el calentamiento climático); o las plantas con flores que
dependen de pájaros para la polinización y para transportar (comidas), las
semillas a lugares donde tengan más probabilidades de prosperar, si esa ave
desapareciese, o si desapareciese la planta, un ave que dependa mucho de ella.
Muchísimas especies extintas eran más
sofisticadas que muchas de las sobrevivientes. Un cambio brusco en las
condiciones ambientales puede conducir a la desaparición de animales o
vegetales altamente complejos para ser sustituidos por otros, adaptados sí,
pero claramente más simples o menos numerosos y variados. Las extinciones en
masa han supuesto a veces un retroceso en la evolución de la vida, perdiéndose
la variedad, complejidad y sofisticación acumulada. El progreso, la complejidad
y variedad son sólo una ligera tendencia, sobre todo algo aleatorio, y tal vez
venga de donde uno menos se lo espera. Antes he dejado en mal lugar a los virus
por su amenaza, pero tal vez debamos a ellos los grandes saltos en la evolución
si es verdad que no sólo infectan problemas sino material genético recogido del
individuo de una especie a las células sexuales (gametos) de otra que
transmitiría la variación genética (mucho mayor de la habitual) a la siguiente
generación. Quién sabe si los virus no sólo nos pueden transmitir una
enfermedad letal de otra especie (gripe de las aves) conduciéndonos a la
extinción, sino información genética de otra especie provocando un cambio en
individuos de la nuestra dando lugar a un nuevo y mejor homínido. Si no hay
enemigo pequeño, tampoco debemos infravalorar a los minúsculos y simples pues
tal vez lleguen a ser nuestros mejores aliados. El enemigo de ayer puede ser el
amigo de mañana. Si extinciones masivas de especies fueron provocadas por el
impacto de asteroides del espacio exterior quizás por similares mensajeros
(meteoritos) llegase a nuestro planeta la materia orgánica origen de la vida,
incluso bacterias, atrayendo
Si la complejidad es una potencialidad de
la evolución, aunque muy secundaria en comparación con la inercia a la
simplicidad (casi todo lo que existe son bacterias y seres unicelulares), la
variedad depende mucho más del medio ambiente. Cuanto más variado sea (llanos y
montañas, seco y húmedo) y haya ámbitos aislados (islas, continentes
separados), más variedad genética se producirá. Pero si la tendencia de los
continentes es nuevamente a juntarse, en un futuro lejano, si no nos hemos
cargado antes el planeta, la uniformidad del medio hará que se reduzcan
drásticamente la variedad de especies adaptadas al mismo. En tanto, no debemos
ser un factor de extinción superior a lo que sería la dinámica de la naturaleza
sin el impacto de nuestra tecnología más agresiva, salvo en el caso de amenaza
a nuestra supervivencia (bacterias, virus...).
Decimos muchas veces que la vida es
injusta cuando es resultado del azar que nos perjudica o, más veces de lo que
sabemos reconocer, de nuestra propia estupidez o injusticia. Si nos va bien, no
pensamos que la vida es injusta, aunque tal vez el caso lo sea. Si nos quejamos
de lo injusta que es la vida tendremos que rastrear hasta la “injusticia” primera
y más radical: todos los potenciales seres que nunca han existido, ni siquiera
han sido concebidos, aunque tenían todo el potencial para ello, pero no
disfrutaron de una oportunidad, mientras que nosotros, los vivos y muertos, sin
mayor mérito para nacer que ellos, desaprovechamos más o menos nuestra suerte.
La queja llevada al extremo cuestiona las mismas condiciones que hacen posible
la vida, revelándonos su absurdidad, ayudándonos a relativizar otras
reclamaciones del mismo corte.
Dicen los astrónomos que tal vez existan
otros muchos universos pero con leyes muy diferentes al nuestro y que las
condiciones para que se dé un cosmos en el que sea posible la vida son
extraordinariamente precisas, “milimétricas”, de ajuste finísimo, casi
imposibles, pero en el nuestro, pues en alguno acabarían por darse en esa
lotería, se han dado. Tal vez en este Universo existan modos de vida más
plácidos que los de nuestro planeta. Si nuestra perspectiva se amplía y
comprendemos el “milagro” de que de una singularidad de un tamaño muy inferior
al átomo surgió el Universo, luego la vida y la consciencia y cada uno de
nosotros, entenderemos que difícilmente puede haber una “nada” más fértil y
generosa. Somos el resultado “milagroso” de un Universo “imposible” en el que
la materia de las estrellas ha alcanzado la proeza de comprenderse a sí misma a
través de nuestra consciencia y la de otros seres probablemente.
Pero si tenemos la fea y estúpida
costumbre de escupir al cielo, no podemos culpar del resultado a la ley de la
gravedad. Estamos creando, con un tesón digno de mejor causa, las condiciones
para una catástrofe medioambiental de las que se toma nota en la historia
geofísica de
Si pudiésemos observar el Universo de un
vistazo y en muy poco tiempo asistir a su desarrollo, entenderíamos los sucesos
integrados en ese Todo, con el azar y la libertad jugando entre los márgenes
puestos por la necesidad. Pero la necesidad no es rígida. El azar crea
necesidad cuando provoca, por ejemplo, mutaciones genéticas que abren nuevos
caminos a la evolución, o de modo más ordinario, cuando con el sexo se combina
el aporte genético de dos individuos unidos por el azar, permitiendo una mayor
variedad en la descendencia y por tanto en la capacidad de adaptarse al medio
cambiante. Así, la necesidad favorece al azar.
Recorrer los millones de galaxias y
mundos extraños hasta localizar la nuestra, el Sol y descender junto a uno
mismo caminando por la calle, sería similar a explorar por primera vez todo un
gran continente, fijarse en alguna de sus selvas y descender hasta una hormiga
de uno de los millones de hormigueros. Un ser que forma parte de algo inmenso
de lo que depende de un modo u otro su existencia misma. La hormiga no puede
explicar el Universo desde su posición. Sólo desde la perspectiva del Universo
podemos entender el sentido de la hormiga.
Sin embargo, espontáneamente vemos el
mundo y el Universo desde nuestra perspectiva de especie y horizonte limitado.
Así en nuestras fantasías trasladamos al espacio exterior nuestros conflictos y
guerras y no entendemos lo absurdos que deben ser, a escala del cosmos, los
miserables problemas con los que nos hacemos la vida imposible y desperdiciamos
nuestro estatus de seres inteligentes quedándonos al nivel de las hormigas
legionarias soldado y sus expediciones por la selva, pero con menos disculpa.
Es decir, todo lo contrario a la propuesta de este artículo.
Libros
relacionados recomendados: Aunque sólo los he leído muy por encima, dos libros
que me parecen prometedores: “La ventaja evolutiva del amor. Un estudio
científico de las emociones positivas” George E. Vaillant, Rigden-Institut Gestalt,
Barcelona, marzo 2009, 300 páginas. “La mente moral. Cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del
mal.” Marc D. Hauser, Paidos,
2008, 500 páginas.
Nota
sobre el origen del artículo: Este artículo es una trascripción parcial del libro (245 pág A4) ¿Quién soy? ¿Cuál es el sentido de la vida?
Respuestas para orientarnos en un mundo en crisis. Del cambio climático al
cambio de civilización, colocado en Kaosenlared
el 31-X-07 y adaptado para imprimirlo mejor, el 4-XII-07.
Artículos
míos relacionados: Humanidad, verdugo, víctima y esperanza en Kaosenlared el 19-IX-2008. Una exposición somera sobre la génesis de la
identidad personal y la ilusión del ego, en el librito Holocausto judío,
identidad y psicología nazis. Un fenómeno propio de la civilización capitalista
en decadencia, en kaosenlared el 12-XII-07.
Para
localizarlos y conocer otros sobre diversos temas que voy publicando en
kaosenlared.net, con el buscador de kaosenlared
por Aurora Despierta luego seleccionad por Autor y Procedencia,
Ordenado por Fecha, y Durante los últimos Todo Kaos,
Buscar. (en varias páginas, fijarse en la firma,
no son míos todos los que aparecen, sí “Siglo XXI,
perspectivas”).