LAS NUEVAS CORRERÍAS DEL
FASCISMO
Juan Antonio Delgado
Santana
Siempre
me fascinó el arte como expresión primordial, como modo de liberación de los
instintos primigenios, como éxtasis cultural (el éxtasis original conlleva la contemplación
de la naturaleza); pero me decidí por estudiar formalmente el comportamiento de
las colectividades humanas. Cosas de la vida. Concedí más importancia a la
razón que a la pasión, aunque ambas pasean, corren, vuelan y yacen juntas.
Así pues,
alguien (ni demasiado listo ni demasiado ingenuo) habita en una isla atlántica,
en un archipiélago colonizado por el reino hispánico, y ha de buscarse los
garbanzos, ya que no nace rico. El tipo simpatiza con los movimientos de
liberación o, mejor dicho, es consciente de la dictadura del capital, del
embrutecimiento impuesto por los medios masivos de (in)comunicación, de la
tragedia cotidiana a que están sometidos los pueblos del mundo, de la terrible
depredación que se cierne sobre el reino mineral, vegetal y animal del planeta.
Mientras, el panorama del desempleo aparece inmisericorde como garra de león o
ponzoña de serpiente.
Quienes
tratamos de combatir por la justicia y la paz somos los mismos que aborrecemos
el imperialismo, la guerra, el colonialismo, la explotación, los diversos y
vampirizados disfraces del capital. De la misma manera que en el ámbito humano
aspiramos a la independencia personal sin renunciar al amor y a la amistad, en
el ámbito político aspiramos a la soberanía nacional sin renunciar al
internacionalismo proletario y a la solidaridad de los pueblos. Los que aventan las cruzadas sangrientas nos acusan de alentar las
disputas: ellos actúan así, a despecho de los espejos cognitivos. Son los
mismos inquisidores que encienden las hogueras del odio y la represión. Voraces
como belzebús del averno e impertérritos como
ejecutivos del imperio, cada día exigen nuevas víctimas en el altar del
holocausto cotidiano.
El fascismo europeo se forjó
apelando a un pasado glorioso de conquistas, avasallamiento de las clases
populares y hegemonía militar, copiando la simbología del imperio fenecido. El
nuevo fascismo retorna ahora a la
Europa neoliberal con maquillado y espectral rostro de
tragedia griega.
El fascismo de entreguerras ha
sido caracterizado por su irracionalismo ideológico y su recurso a la extrema
violencia en sus medios y fines, con el objetivo de obtener el monopolio total
sobre los cuerpos, almas y mentes de la Humanidad, a través de la represión, la
alienación y el adoctrinamiento. La desigualdad social quedaba patente mediante
la existencia de una mayoría obediente y una minoría selecta que conformaría la élite económica (la cual en el aspecto
cultural y artístico rayaba en la ramplonería y la estrechez de miras, cuando
no en la grosería, por lo general). El estado fascista abarcaba toda la vida
social, por lo cual las libertades y los derechos individuales quedaban
supeditados a los designios y conveniencias de clase del Estado. La persona del
dictador supremo concentraba la máxima autoridad, del cual emanaba un aura
(ficticia y poco creíble, pero supuestamente enraizada en lo carismático) que
le dotaba de superioridad fantasmagórica ante las masas irredentas y aculturizadas. El partido único contaba con la total
adhesión del Estado o se identificaba en plenitud de urdimbres, y apelaba a
plebiscitos multitudinarios en sustitución de elecciones libres; pues de
existir prensa plural y divulgación crítica siempre ganaría una oposición
arraigada en la ciudadanía, bien conocedora de sus intereses y anhelos.
El fascismo neoliberal aparece en
el horizonte de la
Unión Europea. La reciente sentencia del Tribunal de
Estrasburgo (avalando la Ley
de Partidos y el apartheid político en Euskal Herria) supone otra vuelta de
tuerca. Ya no cuenta (como en los tiempos de la Comunidad Económica
Europea) con un adversario estatal como la Unión Soviética,
con todos sus errores y sus aciertos post-estalinistas, que le obligue a
emprender una política económica más redistributiva y a la condescendencia con
la oposición de izquierdas. Ahora formula con más desenfreno, aunque sin
prescindir del venenoso esmero jurídico, su recurso a la represión, la
alienación y el adoctrinamiento.
La desigualdad social puede ser
pomposamente ostensible (fiestas de la gran burguesía), quedar oculta de las
miradas de la plebe (reuniones del grupo de Bilderberg)
o ser anulada simbólicamente ante la mirada de “los consumidores” (blue jeans que propugnan la igualdad
visual de ricos y pobres en las aceras de la ciudad). No obstante los gustos
artísticos de la élite, pese al
dominio de varios idiomas o la licenciatura en Cambridge o Harvard, siguen
decadentes y al ritmo de las modas, aunque con caudal de sobra para presumir de
Modigliani o de Gauguin en las paredes de sus
mansiones. El Estado sigue abarcando toda la vida social, pero de una manera
más sutil e intrincada, por lo cual necesita de los anuncios publicitarios, el
marketing comercial, los mensajes subliminares, la
prensa rosa y los héroes televisivos. Las personas del jefe del estado (no
criticable bajo amenaza permanente de cárcel o multa) o del presidente de turno
devienen en figuras acomodaticias y burocráticas ribeteadas de banal
sacralización. El partido único ahora se desdobla en dos, como el gigante de
dos cabezas, el PPSOE, que cuenta con su corte de vasallos y partidos
correveidiles; los cuales, en su desenfreno orgiástico, apelan cíclicamente a
“la fiesta de la democracia” donde se reserva el derecho de admisión y es
ilegal (o demonizada) la participación de la verdadera izquierda, la combativa
y de firmes compromisos con la realidad social. Por ello se afanan en
ilegalizar Iniciativa Internacionalista, mientras (en aras de una simulada
legitimidad) le es necesario no zancadillear a la izquierda de corral o a
aquella otra que presume de roja, pero que no reconoce el fraude o pucherazo
electoral ni tiene intenciones de unidad fructífera y únicamente cosecha un
puñado de votos.
El escenario a destruir es, de
nuevo, la sociedad entera. No se limita al terreno político: también el ámbito
social, incluso el más alejado de toda reivindicación y disidencia ideológica,
ofrece blanco a sus cañones. El sistema no sólo renuncia a perseguir y
encarcelar a los auténticos criminales sino que hace la vida imposible a
quienes se empeñan en desentrañar la verdad. Ejemplo paradigmático es el caso
de las niñas de Alcàsser. En el mes de junio pasado Fernando García, sufrido padre de una de las tres
adolescentes asesinadas en 1992,
ha sido condenado a prisión y a pagar miles de euros de multa. Su delito fue señalar
evidencias, según consta: acusó a los agentes que instruyeron la investigación
de hacer desaparecer pruebas, manipular el escenario del crimen con fotos
trucadas y mentir sobre las pruebas de ADN. También hay pena y multa para el
criminólogo acompañante y para la emisora de televisión que emitió el mensaje.
El fascismo neoliberal, al igual
que su predecesor, suelta los perros de la guerra y realiza una operación
política cosmética para confundir a la ciudadanía, priorizar la exasperación y
negar todo derecho a la resolución pacífica de los problemas de fondo. La traca
de crueldades llega al límite en todos los frentes y la división del trabajo
señala las prioridades: el sistema judicial encarcela y multa, la policía
detiene y tortura, los mecanismos de desinformación mienten y tergiversan, los
tertulianos de opereta gesticulan y berrean, los fondos reservados compran
voluntades políticas y resoluciones jurídicas, los ejecutores de la guerra
sucia emplean todas las sanguijuelas y ardides en su atroz hechicería de
corruptelas y crímenes, el gobierno dinamita todas las salidas negociadas y
pacíficas para sepultar la esperanza.
Sólo podemos luchar aliando razón
y pasión, unidad y entereza. Necesitamos una inundación de voces y almas, de
árboles y flores, de montañas y valles, de hoces y martillos, de hierros y
yunques, de fulgores y melodías. Necesitamos convertir en realidad nuestros
sueños de fraternidad y emancipación. Si esto no ocurre, la larga noche del
oscurantismo acabará con todo.