La corrupción como protagonista

 

Juan Jesús Ayala

 

La corrupción es inherente al ser humano; las tentaciones, las ofertas y la vida fácil han sido una constante que ha incitado a la compra de voluntades y, las más de las veces, a utilizar el poder para favorecerla de manera tácita o intencionada o, simplemente, teniendo todas las armas para combatirla se opta por el silencio y el camuflaje administrativo.

La corrupción -y la historia lo evidencia- ha sido la causa de muchas derrotas no sólo del pensamiento, sino también de imperios que, sometidos a la influencia de los tramposos y de validos vendidos, han puesto a los pueblos al pie de los caballos favoreciendo su destrucción o estimulando esperpénticos desajustes político-sociales.

En una escala comprendida entre 180, se nos da cuenta de que los primeros países menos corruptos son Nueva Zelanda y Dinamarca, y los últimos, Afganistán y Somalia. Y concretamente, Venezuela es el país más corrupto de América Latina. ¿Y España qué puesto ocupa en esta escala? Pues según se nos dice está en el 6 raspado, dentro de una máxima puntuación de 10, que la sitúa en el puesto 26 de los menos corruptos. Como para no tirar voladores

La pregunta que habría que hacerse es por qué en países en los que funciona, al menos aparentemente, la democracia -caso de los dos primeros, donde las exquisiteces y formalismos gubernamentales son paradigma de una aceptable gestión- ésta se pone en evidencia, como Francia, que se encuentra actualmente azotada por el escándalo Bethancourt. Democracia y anticorrupción no van juntos. Aun teniendo las democracias dispositivos para que discurra todo con transparencia y buen hacer, muchas veces es esta misma democracia, viciada y enferma, no sólo la que protege, sino que es productora de corrupción.

Uno lee cosas y se queda ciertamente perplejo al comprobar la cantidad de asuntos que se arreglarían y la cantidad de sacrificios que se evitarían si se luchara con la debida contundencia en contra de la corrupción.

Según el Banco Mundial, cada año en el planeta los flujos de capital que traen la corrupción y las actividades delictivas -entre ellas destacan el narcotráfico, trata de blancas, negocio de armas y la evasión de dinero a los paraísos fiscales, que por más que se decía que iban a "fiscalizarse" no ha sido así- alcanzan la cifra de 1,6 billones de euros, y de ese conjunto hay una cantidad muy importante -alrededor de los 250.000 millones de euros- que sale anualmente del fraude fiscal, verificado sólo en la Unión Europea. Y la pregunta salta: ¿cómo es posible, si es así, que no se ponga más interés y arrojo en la lucha para que esto no se produzca? ¿Existe, tal vez, algún tipo de compromiso adquirido con no se sabe quién o quiénes para que la degeneración fiscal siga campando como si tal? La verdad es que hay cuestiones que no se entienden fácilmente, y ésta es una de ellas.

Pues bien, si esos 250.000 millones de euros se inyectaran en la economía legal, permitiría que no se pusieran en rodaje esos planes de austeridad y de ajuste que tantas zozobras e incomodidades sociales están ocasionando.

De lo que se puede deducir que mientras la corrupción continúe como protagonista y no se ponga en la lucha toda la carne en el asador, todo será una mentira, un despropósito; y eso sí, mientras, los de "abajo", los controlables, seguirán pagando las desidias de los de arriba, de los que deben actuar como "controladores" y no lo hacen.