Rubén Jiménez "Doramas"
En el reino animal son muy destacables dos métodos de
supervivencia entre los tantos que velan por el innato afán de sobrevivir.
Uno es el aposematismo. Se
trata de una exaltación de determinados colores o formas que llamen la atención
de los depredadores. De esta forma se les advierte del peligro y los aleja. Un
ejemplo de animal que emplea esta táctica es la avispa.
La antítesis de este mecanismo de defensa tiene
también el mismo objetivo de salvaguardar la vida ante un peligro; es el mimetismo,
o camuflaje. Los camaleones, por ejemplo, en un acto semejante denominado cripsis, se camuflan para pasar desapercibidos y no
convertirse en presa de especies más fuertes.
Las sociedades, cercanas aún al mundo animal más
primitivo en ciertos aspectos, presentan también similares herramientas para
“sobrevivir”. Los pueblos que experimentan épocas de grandeza o de poder son
hoy los que exaltan sus rasgos identificativos, destacan, y logran hacer
pervivir su identidad. Por otro lado, aquellos que han sido sometidos a la
esclavitud, el colonialismo o la discriminación de cualquier tipo, ven su
autoestima absolutamente derrumbada. Estos pueblos desprecian lo que asocian a
su propia naturaleza o condición y, en el afán de lograr una necesaria
personalidad que los defina, adoptan la cripsis
camaleónica como método de supervivencia.
El canario se ha autodefinido en muchas ocasiones
-siendo la idea suscrita por el foráneo- como una persona de escasa autoestima,
con falta de iniciativa y poco apto para casi todo. Así, los términos “maúro” o “mago”, otrora gentilicios identificativos,
adquirieron con el tiempo una carga peyorativa que los relegó al desprecio y la
burla. Si las crónicas nos hablan de una población indígena que no coincidía en
su perfil psicológico con estos rasgos que hoy nos definen, y las poblaciones
extranjeras que aportaron los diferentes grados de mestizaje en los últimos
quinientos años -fundamentalmente en las últimas décadas- tampoco responden a
estas características, es más que evidente que la sumisión que emana del yugo
colonial ha hecho mella en el carácter de nuestro pueblo.
El complejo del que hablamos nos dirige a la cripsis camaleónica mencionada. Al igual
que cada individuo necesita saberse a sí mismo, conocerse como es y por ende
ser consciente de qué factores lo han llevado a ser lo que es, las sociedades
también requieren este reconocimiento propio para poder trazar una ruta y
elegir lo que quiere para su futuro. El desprecio endófobo
que ha calado en el canario en los años posteriores a la muchas veces olvidada
y mitificada pero latente colonización no ha dejado de inyectar en nosotros esa
necesidad de ubicarnos, pero sí ha rehusado del carácter propio que la
geografía y la historia han esculpido. Este vacío identificativo nos ha
conducido a la automática cobertura de ese hueco con rasgos identitarios
ajenos. Características que no sabemos bien de dónde proceden ni cómo fueron
forjadas. Son varios los factores que hoy están en nuestro vocabulario o
actitud sin más noción que el origen del que fueron copiados, sencillamente
porque no pasaron por la imprescindible fase de genuino moldeado que cualquier
adopción requiere para penetrar realmente en el carácter de un pueblo. Por este
motivo sabemos que chacho es la forma apocopada de muchacho,
pero no tenemos ni idea de por qué cuando alguien copia el gesto de un torero
con su capote se dice olé. Es tan sencillo porque ni nace aquí ni se
adaptó a nuestros rasgos, sólo se mimetizó. Del mismo modo sabemos que la
planta del millo, el trigo o la cebada se molió y se tostó para dar el gofio
que ya no nos comemos, pero no sabemos el origen de la paella, porque saltó
directamente desde Valencia a los bailes de los partidos políticos cuando
celebran el “compro tu voto” preelectoral. El que más, conoce a título de
anécdota por saciar su curiosidad, pero eso no deja de ser ajeno.
Planteado este asunto y por si no conseguí hacerme
entender, podemos presenciar en este archipiélago una muestra muy gráfica en
los días que corren. Sin haber existido precedentes, en las últimas semanas los
balcones, restaurantes y bares se plagaron de banderas de la monarquía
borbónica procedentes de los cientocincuenta
chinos. Todo el mundo tenía una camiseta nuevita de
Si asumimos una ferviente españolidad de Canarias basada,
-bajo mi punto de vista y parafraseando a Jorge “Ancor”
Dorta”-, en la comodidad de la convicción frente a la
incomodidad de la verdad que prefieren los conversos por el tiempo y no por la
razón, no puedo entender que el verano que está entrando se plague de romerías
folclóricas donde se cante cuánto nos gusta una bandera independentista con
siete estrellas verdes (¡Ay, mamá, bandera tricolor!). Tampoco sabré argumentar
que vanagloriemos el ron Arehucas ante las visitas de
pa' fuera por ser “el de aquí”, o
que nos regocijemos ante el placer de comer bocadillos de chorizo de Teror empujado por Clipper porque
“eso sí que es canario”. Y para culminar el desconcierto, romperemos la
alcancía cuando llegue el Womad para comprar
zarcillos y diademas de porte hippie y haremos un paréntesis con el reggaeton o música de turno para escuchar tambores y
sonidos exóticos totalmente fuera de lugar en cualquier otro momento. Todo ello
sin dejar de ser excelentes europeos, aunque no sepamos qué conlleva eso más
que tener un pasaporte y compartir moneda con determinados países en los que no
tienen nuestros regímenes fiscales, de inversión o de abastecimiento.
Pese a todas estas incongruencias soy optimista con
nosotros mismos. La única lectura que le veo a esta ya proclamada cripsis camaleónica sólo responde a una
situación muy clara: no tenemos ni puta idea de quiénes somos*. Y mi
positivismo radica en que lo necesario es, en este caso, que esas minorías que
siempre han arrastrado a las masas a los cambios sociales más importantes de la
humanidad sepan rellenar ese hueco. Estoy convencido de que un equipo de fútbol
en horas altas no puede ser el fundamento de una supuesta españolidad, como
tampoco puede ser baluarte de la canariedad llenar un
carro de Mercadona de botellas de ron y cantar Somos
costeros hasta que lleguemos a la parte en la que no conocemos la letra.
Hay cosas mucho más profundas que nos rodean y nos dan
forma. Nos cegamos en pantallas que suplen la realidad de un territorio que
desconocemos más allá del cemento y el alquitrán. Palpar esa realidad y
sentirla como propia será lo que nos devuelva la identidad que no es manía
persecutoria de unos nostálgicos guanchistas, sino la
necesidad de una población de encontrarse a sí misma para saber convivir con el
resto de los pueblos de esta tierra y lograr así caminar unidos con la fuerza
de dos manos que se sujetan y no de una cadena que tira de la más débil.
* Perdóneseme la expresión tan poco habitual
cuando escribo, pero necesitaba emplear la palabra “puta” como apoyo enfático
que denotara las vueltas que tuve que darle al asunto para entenderlo o creerlo
haber entendido.
Canarias, a 12 de julio de 2010