ALGO MÁS QUE UNA CRISIS MUNDIAL

 

Andrés  García  Montes

 

La cultura del engaño y la mentira encuentra su máxima expresión en los momentos de crisis, tal como está ocurriendo en la actualidad con relación a la más grande y compleja crisis que la humanidad ha conocido en toda su Historia.

Lo más lamentable es que destacados intelectuales y analistas, conocidos izquierdistas y revolucionarios, hayan caído en la trampa y se limitan a ver y analizar el problema dentro de los estrechos y reducidos parámetros que el sistema plantea, limitándose a los problemas derivados de la crisis financiera como si ésta nada tuviera que ver con la contaminación ambiental, los cambios climáticos, las hambrunas que amenazan a la humanidad, el rompimiento del equilibrio ecológico, la destrucción de los casquetes polares, el agotamiento acelerado de los recursos del planeta, la crisis energética, etc., ignorando el centro del problema, la Crisis de Superproducción, que es un mal que el sistema no puede evitarlo porque forma parte de su propia estructura. Se explica que los defensores del Capitalismo traten de ocultarlo, incluso que lo ignoren o nieguen, pero que un revolucionario deje de utilizar un arma tan contundente no acabo de entenderlo.

Para que el amable lector comprenda las razones que me impulsan a afirmar lo que antecede, recurramos a la Historia. En primer lugar describamos lo que origina la Crisis de Superproducción. Ya Federico Engels en su obra: “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”, decía: que el Capitalismo entraba en crisis de diez en diez años aproximadamente. Este gran pensador se basaba en algo fácil de entender. El Capitalismo no funciona sino hay lucro, ganancia, pues bien, esa ganancia en los miles de millones de transacciones que se hacen en el mundo en diez años, determina que el capital se centralice cada vez más en menos manos a costa de que las masas consumidoras vayan perdiendo su capacidad de consumo, por efectos del empobrecimiento. Esto hace crisis cada diez años aproximadamente, dándose el fenómeno que la industria produce más que lo que el mercado consume, desatándose la crisis que el autor citado describe así: “el comercio se paraliza, los mercados están saturados de mercancías, los productos se estancan en los almacenes abarrotados, sin encontrar salida; el dinero contante se hace invisible, el crédito desaparece; las fábricas paran; las masas de obreros carecen de medios de vida precisamente por haberse producido en exceso, las bancarrotas y las liquidaciones se suceden unas tras otras. El estancamiento dura años enteros, las fuerzas productivas y los productos se derrochan y destruyen en masa…”. Como puede observarse, el Capitalismo no puede curarse de este mal y está condenado a vivir con él. ¿Cómo ignorar la similitud de la crisis actual con la descripción hecha?

Vamos al hecho histórico: la Crisis de Superproducción encuentra su mejor aliado en el proceso de expansión colonial europea, los países colonialistas han tenido muy claro que para tener el poder y ejercer la hegemonía es necesario centralizar la riqueza a costa de empobrecer a los colonizados, cosa que han venido practicando a través del robo y el saqueo de los recursos de los pueblos más débiles. Esos pillos sólo han hecho trazar políticas que le han permitido irse adaptando a lo cambios que el proceso evolutivo ha ido introduciendo tal como veremos a continuación:

Como es bien conocido, la economía se reactiva con las inversiones, así tenemos que las inversiones se paralizan en las crisis. Mientras el Capitalismo no alcanzó un alto grado de desarrollo las crisis de superproducción se fueron solucionando a través de las inversiones que los centralizadores del capital hacían, hasta que alcanzó un alto nivel de desarrollo y los inversionistas privados se negaron a invertir, pues el sistema había llegado a un alto nivel de desarrollo y cerró esa puerta. Eso generó, junto a otros males, una crisis estructural que provocó en 1914 la I Guerra Mundial. Como es bien conocido ésta terminó en 1918, y tal como dijo Federico Engels, esta descomunal guerra resolvió el problema de superproducción diez u once años, pues para 1929 estalla la bien conocida Gran Depresión que perturbó la paz del planeta toda la década del 30, dando origen a las teorías keynesianas, hasta que en septiembre de 1939, estalla la II Guerra Mundial que termina en 1945. Más de cincuenta millones de muertos, trágico saldo de aquel holocausto, amén de los mutilados y los sufrimientos de millones de seres humanos, demostró de nuevo que la teoría se cumplía inexorablemente, pues para el lustro del año 1955 al 60, la Crisis de Superproducción se hizo presente. Ante esta realidad histórica, el capitalismo demostraba que tenía condenada a la humanidad  a esas guerras de exterminio en períodos de tiempo que oscilaban entre veinte a treinta años y que el Capitalismo no conocía otro medio para resolver esas crisis más que la guerra, pues su dialéctica estaba muy clara, destruir para poder reactivar la economía con las inversiones de la reconstrucción. No eran los teóricos ni los adversarios del Capitalismo los que denunciaban, era el índice de la Historia el que acusaba. Pero la Historia en su proceso evolutivo cambia lo que parecía una constante y altera el desarrollo evolutivo de este proceso. La II Guerra Mundial desarrolla las armas termonucleares y los cohetes intercontinentales haciendo vulnerable cualquier lugar del planeta, ya no era posible que los pocos que se beneficiaban de esos espantosos holocaustos disfrutaban de una vida dulce y segura en cualquier ciudad de los Estados Unidos mientras los pueblos se mataban en Europa, pues allí podía llegar un cohete, incluso con una carga atómica. A esta realidad se le unió otra no menos importante y decisiva. A pesar de las cochinas y asquerosas maniobras de las “Democracias Occidentales” dirigidas a destruir a la Unión Soviética, ésta no sólo burla las maniobras sino que fue la verdadera y auténtica ganadora de la guerra a un costo terriblemente alto, surgiendo del conflicto altamente fortalecida y en un rápido proceso evolutivo igualar a Occidente en poder bélico, lo que le convirtió en un factor de control haciendo imposible que el Capitalismo recurriera al único medio que conoce, la guerra, para solventar la Crisis de Superproducción que para finales de la década del 50 e inicios de la década del 60 hacía fuertes estragos. Ante una situación como la planteada el sistema dio una respuesta dirigida a satisfacer al consumo, vale decir, al mercado. Nace así, la Sociedad de Consumo. De la base de sustentación que le sostiene señalaremos tres aspectos, veamos:

a) las ventas a crédito que no es otra cosa que darle el producto al consumidor antes que éste lo pague totalmente. Esto permitió ampliar el número de consumidores en muy significativos márgenes.

b) Facilitar la obtención de créditos, para proveer al consumidor de los recursos necesarios,  llegando al término de lo que se ha llegado a llamar  “dinero plástico” a través de las tarjetas de débito y crédito que tan importante papel han jugado y siguen jugando en el endeudamiento crónico de los numerosos enfermos de consumismo compulsivo.

c)  la publicidad, con el perfeccionamiento hasta límites asombrosos del mensaje publicitario en la labor de alienación y manipulación de los numerosos receptores, llegando al extremo de usurpar la capacidad crítica, analítica y creativa del receptor. De esta forma se impone el consumismo y se adoctrina a los consumidores. Estos señalamientos, están muy lejos de agotar el rosario de funestas consecuencias que la Sociedad de Consumo ha traído a la humanidad, pues como se ha señalado la cultura creada ha estado dirigida a satisfacer al mercado y mientras grandes masas fueron seducidas y pudieron cumplir con las exigencias de sus deudas y los bancos recibían suficientes recursos para seguir el juego aún dentro de las periódicas crisis que en estos últimos cuarenta años se han venido dando.

La solución dada, mediante la creación de la Sociedad de Consumo, le ha permitido a la Humanidad tener una relativa paz, mediante el hecho de ir acumulando el mal a costa de una cada vez más inevitable y dañina explosión, pues el sistema, al no poder recurrir a la guerra, le ha ido colocando pañitos calientes a lo que ha venido generando y acelerando la descomunal crisis que hoy nos muestra su tamaño y complejidad.

Es posible que el mundo no haya conocido una situación tan infame e indignante, pues más de la mitad de la humanidad vive con un máximo de un ingreso de dos dólares diarios y de esa doliente masa entre novecientos y mil doscientos millones de personas subsisten con un dólar o menos diario, más de mil millones son analfabetas, entre mil quinientos y dos mil millones no disponen de agua potable, dos mil millones viven sin electricidad, se estima que diariamente mueren más de cien mil  personas en el mundo por hambre o los efectos que la misma crea. Cada día treinta mil niños de menos de cinco años mueren por enfermedades curables en países desarrollados, mientras en el mundo subdesarrollado un niño de cada diez no cumplirá los cinco años. Más de medio millón de mujeres mueren cada año durante el parto o el embarazo por falta de asistencia médica. Sólo este ligero esbozo entre tantas limitaciones que desnuda la incapacidad del sistema para dar respuestas  a esos ingentes necesidades.

Veamos lo que está ocurriendo en el que presume ser el ejemplo a seguir y se autoerige paladín de la democracia y la libertad, Estados Unidos de América. La deuda pública de la principal economía del mundo ha tenido el siguiente comportamiento: para mil 1970 era de 370 mil millones de dólares, para 1980 llegaba a 930 mil, en 1990 coronaba los 3,2 billones de dólares, para el año 2000 sumaba los 5,6 billones y en el 2008, culmina los 9,5 billones. Pero si le sumamos la deuda privada, tendríamos que la deuda total de los Estados Unidos se aproxima a unos 53 billones de dólares, equivalente al Producto Interno Bruto mundial.

Con relación a la distribución de la riqueza estos son los datos: Para 1980 el 1% de la población absorbía el 8%    del ingreso nacional, Para el  2000 ese mismo 1 por ciento se apoderaba del 20 por ciento del ingreso nacional, el 10 por ciento más rico de la población pasó de absorber un 33 por ciento del ingreso nacional en 1950 a cerca del 50 por ciento en la actualidad.

En el aspecto de la salud se estima que más del 25 por ciento de la población estadounidense carece de asistencia, al menos en buena parte del año, mientras que las primas de asistencia de salud aumentaron desde el año 2000 en un 90 por ciento, frente al incremento salarial que apenas lo ha hecho en un 24 por ciento. Lo narrado, junto a otros aspectos, ha generado en el coloso que finge ser el centro del poder mundial, un proceso de desintegración social que se manifiesta en el seno de su propia sociedad con un descomunal incremento de la violencia, que el Estado trata de controlar a través de políticas de criminalización hacia las capas pobres y las minorías étnicas. Estados Unidos ostenta el poco envidiable título de tener el mayor número de presos con relación a la población. También es líder mundial en la cantidad de ciudadanos presos. De 500 mil presos en 1980, ha dado un impresionante salto a 2.260.000 en el año 2006 más 5 millones de ciudadanos en libertad condicional, 1 de cada 40 norteamericano está bajo proceso judicial. Por menos del 5 por ciento de la población mundial, los Estados Unidos tienen el 25 por ciento de todos los presos del Planeta.

Muy aguda y profunda debe ser la crisis, cuando alguien tan poderoso y poseedor de múltiples mecanismos que le permiten arrojar sus crisis sobre los hombros del resto del mundo, esté padeciendo una situación tan difícil que denuncia que sus víctimas ya no pueden ayudarle y la crítica situación es general en mayor o menor grado. De allí que resulte ridículo e infantil algunos comentarios como: “La crisis es provocada por la devacle inmobiliaria en los Estados Unidos;.la crisis actual es producto de la quiebra del sistema bancario”; “La crisis es producto del sistema de créditos utilizados por la banca”; “Esta es una crisis financiera que será superada en los próximos meses”. Etc., etc.

Estas y otras lindezas no sólo ocultan sino que desvían la realidad  y atrapan a expertos y desprevenidos en análisis y versiones que confunden y neutralizan a importantes contingentes de personas  que deben prepararse para la lucha que se avecina, pues estamos frente a una crisis estructural del capitalismo que ha estallado en el sector bancario y que como bien decía Carlos Marx: “el Capital acaba con el Capital”. El artificio creado y mantenido por la sociedad de consumo para satisfacer las exigencias de un mercado cada vez más enloquecido que desde hace más de treinta años impone una economía que vive del crédito y que ha condenado a los estados, a las empresas, a los ciudadanos, a endeudarse por encima de sus posibilidades, como fórmula para mantener un irracional y compulsivo consumismo y mantener artificialmente un cuestionable crecimiento económico, no puede tener otro desenlace que el callejón sin salida que representa la crisis de superproducción  acompañada de un rosario de agravantes que el complejo procesos de la Sociedad de Consumo le ha ido sumando a lo largo de más de 40 años.

Lo que se debe tener muy claro es que no estamos frente a una crisis sectorial y pasajera, que como en otras oportunidades se ha resuelto con menor o mayor sacrificio. La crisis que nos arropa no sólo es estructural, pues va más allá de su propia estructura, pues por su amplitud, complejidad y conformación, no tiene antecedentes. Lo que está en crisis es el mismo Sistema Social Capitalista que parece agotó su vigencia histórica, tal como parece denunciarlo la gran cantidad y variedad de necesidades insatisfechas que padece la humanidad y que el sistema no tiene capacidad de respuesta. Todo parece indicar que la realidad reclama una organización social más perfecta y avanzada a nivel mundial que pueda dar respuestas a ese gran cúmulo de necesidades insatisfechas que caracteriza al mundo de nuestros días. Ello sólo puede ser labor de un nuevo sistema social más avanzado que el existente.

Sin embargo, la lucha del hombre se hace imprescindible en estos procesos, pues ningún sistema se entierra por sí solo y lo nuevo hay que crearlo y consolidarlo, y es aquí donde se presenta un serio problema, pues la organización capaz de llevar esto a la práctica apenas comienza a despertar después de un histórico desmembramiento. Me refiero a la izquierda que a nivel mundial casi llegó a enterrarse, pues después de sufrir las bestiales represiones de más de 30 años de la Guerra Fría, cuando menos se esperaba vino la disolución de la Unión Soviética, cuya repercusión mundial fue catastrófica para las organizaciones revolucionarias y cuyo impacto aún conserva vigencia. La recuperación del movimiento progresista apenas comienza a tomar vigor. Esta debilidad del movimiento revolucionario le va a permitir una prolongación en la vigencia del decadente y agónico sistema capitalista que le permitirá darse el lujo de prolongar su existencia y mediante el habilidoso manejo y abundantes recursos crear falsas expectativas e ilusiones de recuperación y superación de la crisis, para luego caer y profundizar más los males, hasta que la humanidad logre el necesario nivel de organización que le permita asumir el reto que un cambio de sistema social exige. Lo que si parece no admitir dudas es que el sistema social vigente no tiene posibilidad de salir de la actual crisis, pues no existe la más remota posibilidad de que el sistema encuentre una solución a la Crisis de Superproducción y al rosario de agravantes que le acompañen. Situación que no existía para los inicios de la década del 60 del pasado siglo, cuando se creó la Sociedad de Consumo.

Todo indica que el Sistema Social Capitalista no desaparecerá sin cobrarle a la humanidad la alta tasa de sacrificios y sufrimientos que su cultura y composición reclama y, a no dudarlo, eso es lo que nos viene, por repudiable y nefasto que nos parezca. Ojalá que esté equivocado, pues no  disfruto al decir esto.

Se hace necesario subrayar que destacados pensadores y analistas vienen señalando la posibilidad de una salida apocalíptica, pues indican la posibilidad de que el sistema y quienes lo dirigen no se resignen a morir y tomen la decisión de utilizar el arsenal de armas de que disponen y acaben con la vida en la Tierra. Antes de llamarlos locos e irracionales a estos señores, pensemos que la posibilidad existe, aunque aterre. Confiemos en que la humanidad venza a este peligro y que el proceso de evolución y desarrollo histórico sabrá sortear este peligro.