J. Luis Real *
Mucho y muy
variado se ha escrito sobre la crisis que actualmente afecta a empresas y
entidades bancarias, pero no tanto sobre la que diariamente concierne a los
trabajadores y trabajadoras, incluyendo en esta denominación tanto a quienes
ahora mismo no tienen empleo, como a las personas que han sido jubiladas o pre-jubiladas.
Está claro
que una es de ámbito temporal, mientras la otra es perpetua, pues tiene sus
raíces en el momento en que hubo que trabajar para vivir y en que unas personas
hubieron de ponerse al servicio de otras para lograrlo, dando origen a las
desigualdades sociales que, en vez de eliminarse por el aumento de la riqueza y
el desarrollo humano, se han ido incrementando hasta configurar varios mundos
dentro del mismo. El mundo de los ricos, el de los pobres, el de los que no
siendo pobres no son ricos, y el de los que siendo ricos son pobres,
dependiendo este trabalenguas de qué y con qué se compare.
Así, la
crisis que más sale en periódicos y televisiones, la de los bancos y empresas,
ha cubierto en gran medida el objetivo para el que fue creada: miles de
millones de dólares y euros públicos han sido puestos a su disposición sin
ningún tipo de contraprestación, como podría ser, por ejemplo, el mantenimiento
de puestos de trabajo. Pero la otra crisis, la perpetua, la diaria de los
trabajadores y trabajadoras, es la que va a seguir porque el capitalismo para
ella no tiene soluciones, ya que este sistema rehúye totalmente aquello que
suponga el reparto de la riqueza y la justicia social, argumentos básicos, que
no utópicos, de cualquier intento de remediar una crisis verdaderamente global, pues afecta a
miles de millones de personas de todo el mundo, a diferencia de la otra, la de
los capitales y procesos especulativos de bancos y empresas que tiene una
dimensión mucho menos humana y más localizada.
Centrándonos
ahora en este tiempo y en este lugar, nos encontramos otra vez con la misma
antisocial receta del Fondo Monetario Internacional que quieren aplicar allá
donde vayan: eliminar las cláusulas de revisión salarial, flexibilizar la
relación entre trabajadores y empresarios y reducir los costes de los despidos.
Si traducimos esto a hechos significa: pérdida de poder adquisitivo de los
salarios, ya bastante afectados desde la entrada del euro que supuso un aumento
encubierto de los precios. Relegar el papel de los sindicatos al mínimo,
dejando la negociación en individual en vez de colectiva, algo que no es de
recibo, pues no se haría de igual a igual, sino que claramente la parte
empresarial tendría siempre la sartén por el mango sin discusión. Por último,
lo de reducir el coste de los despidos es decir de manera indirecta, pero más
clara imposible, que lo que se quiere es el despido libre. Despedir sin coste alguno,
sin motivos ni razones, como, cuando y
donde quiera el empresario. Así, ¿qué derechos laborales y sociales se pueden
mantener y defender?. Y la respuesta no es que la ley
ya los recoge y por eso estamos amparados por ella, no. La ley está escrita en
papel y el papel aguanta todo lo que le echen, fuera de él está la jungla de
las relaciones laborales, donde cada día hay que pelear por no morir en
accidente de trabajo, cumplir con una jornada que está más cerca de las 65
semanales que de las 40 que se marca como máximo, intentar hacer lo mejor
posible la tarea encomendada y, aún así, aguantar a un empresariado que exige
más y más por cada vez menos y menos.
La crisis
nuestra de cada día no es esa de la que hablan en prensa, radio y televisión.
La crisis nuestra de cada día es de la que se habla en el trabajo, en la cola
del paro, en el hogar, en la calle, y con esa, que yo sepa, no quieren acabar.
* Secretario
de Acción Sindical y Social. SOV-CNT