Cronistas de la nada

 

Juan Jesús Ayala

Están por ahí; se los encuentra uno en cualquier esquina. Se consideran los intocables, los que más saben y cuando opinan lo hacen de todo; no encuentran trabas mentales en sus discursos y elucubraciones, ojean de vez en cuando un libro que no acaban aunque dicen no hacer otra cosa además de meditar; casi siempre se apoyan en esas lecturas para decir lo que otros han dicho, no obstante se creen originales aun siendo plagiadores de sí mismos.

Son los cronistas de la nada y transitan de tertulia en tertulia, de debate en debate, adoptando posiciones irrenunciables e indestructibles; no ceden ante la lógica y el razonamiento de los otros que tienen que aguantarlos; están en posesión de la verdad pero no por sí mismos, dado que tienen el autoconvencimiento de lo que son, de sus debilidades, pero hay que agradar al amo porque es necesario pagar favores o alguna que otra cuenta aún pendiente. Adoptan, por lo general, un aire mayestático, casi de perdonavidas; se ríen de los demás porque creen estar por encima del bien y del mal; y cuando se ironiza sobre ellos se encorajinan y desembocan arremetiendo en personalismos porque ante la carencia de recursos propios tienen que recurrir a ello, ya que no hay otra alternativa.

Y no es que de buenas a primeras se hayan presentado en sociedad con todos los papeles que dan fe de su actividad como cronistas de la nada. Han estado respirando y sobreviviendo encuevados, lo que sucede es que cuando se les da un tratamiento más cercano al adulamiento y oyen que sin la presencia y la contundencia falaz de su discurso se hace difícil transitar por los caminos del desencuentro, ahí es donde precisamente se hallan fuertes, se crecen y dan la cara, y como son los de siempre, además, se consideran imprescindibles, como que sin su verbo cálido, sin sus estolideces, el mundo no se encontrara bien y gracias a sus proclamas lo que está torcido se enderezará, porque la fuerza de su palabra es mucho más que eficaz.

Los cronistas de la nada son incansables en el hablar y en el escribir, y cuando no, dicen que descansan para poner en orden sus ideas para, cuando vuelvan a la carga, soltar lo que su imaginación calenturienta ha sido capaz de diseñar. Entonces, llegando ese nuevo momento, los cronistas de la nada se repanchingan en su nirvana encantador, despliegan sus sonrisas de complacencia y de sabelotodo, así como sus ademanes encosertados y comienzan a largar, y ahí aparece la perplejidad funcionando como despertador avivando el entusiasmo adormilado de los que como él piensan que pueden llegar a lo mismo, a ser compañeros de ese estúpido viaje y ser un cronista más de la nada.

Todos ellos, esa pléyade de pseudiointelectuales, darían un buen golpe si elaboraran al fin una crónica estupenda, clara, sin apoyarse en nombres propios, suya, y que termine con: ruego perdonen por dar el coñazo, por ser un timador de voluntades y por no tener albergado en el ánimo lo que la gente de nuestra tierra significa como "el no tener vergüenza ajena".