¿Cuándo comienza el futuro?
Juan
Jesús Ayala
Analizar el contenido
y la respuesta del enunciado ciertamente es difícil y complicado, pero pensando
que la vida, no sólo de los pueblos sino también del mismo ser humano que los
habita, y sabiendo las dificultades para establecer los linderos de la
realidad, por mi parte opino, y es una opinión entre tantas, que el futuro
comienza hoy.
Esperar a que se ponga
su traje de gala para la fiesta que se prepara es tarde, tal vez es no llegar,
y en la espera está precisamente la pérdida de ese tiempo que se pretende que
sea distinto, diferente. Y si no se llega de nada vale. La impaciencia, pues,
por llegar marca el lindero.
En este momento en que
la convivencia no sólo es alocada, sino también desesperante, el hombre y los
pueblos demandan, además, con toda crudeza, la inmediatez, el salto entre lo
que se deja por invalidado, que no sirve, y la vuelta de hoja del día
siguiente.
Los conceptos
temporales son meros conceptos históricos y lo que antes se discutía entre
historiadores, sociólogos y teólogos hoy tendrá que discutirse con la sociedad
en su conjunto, ya que debe ser ella la que decida por sí sola cuándo se
comienza y cuándo se termina.
Quizás el futuro haya
sido un invento de la sociedad moderna, que decidía que el futuro era la forma
final de los acontecimientos. Y eso era así sin tomar decisiones, tiempo que se
venía deslizando por las hojas del almanaque con una subrecepticidad
anodina y que se nos presentaba ahí, sin haber tenido protagonismos de nada,
escasos de opiniones y, sobre todo, sin fuerzas.
El futuro llegaba por
sí solo, y teníamos que asumirlo de esa manera porque no habíamos tomado parte
activa para que viniera de otra forma. Nunca lo fabricamos, llegaba por sí
solo.
Uno se veía expuesto,
por lo tanto, a la suerte o a la desgracia. La vida se experimentaba como vida
en parcelas diferenciadas. Había que contar con la historia como determinante
de una causalidad y una finalidad consecuente.
En estos momentos se
determina que la sociedad como sujeto de sí misma vive su futuro en forma de
"riesgo". Y lo hace día a día y sin proyección alguna, porque intuye
que en las redes telemáticas donde se diluye su supervivencia estas mismas
redes que le informan le atrapan, le desnaturalizan. De ahí que el futuro se
acorte, se achique y sea el día a día donde se construyen los mitos y los
impulsos y por donde transitan las ideas para que al menos el día sea rico y
solidario, primero con uno mismo y luego con los demás.
Quizás se pudiera
exagerar en los condicionantes de la posthistoria, al
considerar que esta sea inmediata y que sea el mismo día, que casi no sea
historia, sino un simple trazo escrito por uno mismo en cualquier esquina del
pensamiento y que a su vez sea decisivo para formar
actitudes y rubricar posicionamientos.
No se sabe, pero los tiempos
que se localizan en nuestra memoria deben influir en algo, y lo definido, lo
inmediato, es el futuro, el que nos proyecta, nos define y el que nos
reconforta.
El futuro es hoy. La
historia pasada a veces no dice, apenas sí sirve, porque la que nos han contado
se ha diluido en la nada, muchas veces con fuerza, y por eso los que pregonan
nuevas rutas acaban con todo esto, con lo viejo, caduco y confuso, que se
orilla como un nuevo concepto de la historia, ni mejor ni peor, pero que es la
suya, la real, la de hoy, donde ya se ve como sujeto, como protagonista de sí
mismo. De las historias pasadas no espera nada, por eso persigue el día a día;
hoy, ahora mismo, como su mejor y único futuro.
Se ha pasado a
Volver atrás sirve
como recreo, como mito. Mirar hacia adelante y con las incertidumbres volando
entre miles de vientos es un riesgo que se admite, pero se hace, es más
confortable, desde el día a día. Desde ahora mismo, con la fuerza y el afán de
construir lo que uno cree conveniente, y nunca más allá de lo que pueda fugarse
de las apetencias de uno como sujeto de la historia de sí mismo. Por ahí habría
que empezar.