La cueva de Achbinico
José
A. Infante Burgos
La entrada más alejada
de la playa actual, en la Basílica de Candelaria, está situada sobre una
cavidad que los escritores de la época coinciden en afirmar era la mejor y más
voluminosa del contorno. La cueva de Achbinico,
"ubicada a la orilla del mar, al socaire de un risco grande, protegida de
los vientos y un poco escondida a las peligrosas miradas de piratas y
aventureros", es alargada y profunda, con el techo en forma de cúpula,
algo parecido a una pequeña iglesia. Tiene catorce metros de largo por seis de
ancho y cinco de altura. En el correr de los tiempos, hicieron en la entrada, y
hacia fuera, una obra de mampostería, dándole forma de ermita y ampliando su
capacidad.
Según la historia de
los Dominicos de Candelaria, era un lugar destinado a encerrar y ordeñar los
ganados de cabras. Como es lógico, la limpiaron, asearon y adecentaron. Dicen
que "prepararon bajo la dirección de Antón Guanche un rústico altar y trono
de las piedras más bien pulidas, forrado con gamuzadas pieles, y en él
colocaron la Sagrada Imagen". Tanto en el traslado como en la colocación,
hubo fiestas populares, "regocijos de danzas, saltos, silbos, rejijides y carreras". Aquello fue un evento que al parecer
sucedió en el año 1446 de la era cristiana. Cincuenta años antes que las
batallas finales en el norte de la isla.
Lo que indica que
desde 1401 (fecha en la que primeramente se tiene constancia de una talla de la
Virgen) hasta finales de 1495, año en el que tienen lugar los citados
enfrentamientos armados de Aguere y el segundo de Acentejo (La Victoria), se suceden casi cien años en los
que se producen múltiples acontecimientos, como los traslados de la imagen o
las incursiones de castigo ordenadas por el Mencey Benchomo.
Una vez llegaron a
robar la imagen original. Por eso, para guardián de la Santa Imagen y aseo de
su cueva, ofreciose Antón Guanche, y como esta distinción le correspondía por
legítimos títulos, fuele confiado el cargo. Se cree
que gastó los años que le quedaban de vida en tan piadosa tarea. El primer
sacerdote encargado provisionalmente de la Virgen fue el francés Pedro Roberto Sablé, "persona honrada y de conocidas virtudes".
Los primeros capellanes, nombrados oficialmente y de modo definitivo, fueron
los religiosos dominicos. En el año 1526, el día 2 de febrero, sale la Virgen
de la cueva para su nueva ermita. En la hornacina que Ella ocupa ponen la
imagen de san Blas.
De este modo, la cueva
siguió honrada con la imagen del santo y conservará su tradición de cultos
desde febrero de ese año. Porque los días 2 hay ceremonia religiosa en la
ermita en honor de la Virgen y los días 3 los cultos en la cueva lo son en
honor de san Blas. La pila donde se cree fueron bautizados los guanches que aceptaron la fe cristiana estuvo durante
muchos años en la cueva. Actualmente está en la escalera de subida al camarín
de la Virgen. Esta pila bautismal es un tesoro artístico valiosísimo, de los
pocos que se conservan del tiempo de los guanches. A
partir de ese momento, la famosa cueva denominada de Achbinico
cambia de nombre y pasa a llamarse Cueva de San Blas. Nombre que conserva
todavía.
La imagen del santo
que se venera hoy en día es una talla en madera, de tamaño reducido, bonita y
devota, obra del escultor Fernando Estévez del Sacramento. Ha sido y sigue
siendo el centro de la devoción, extendida y popular, a san Blas, que dicen las
gentes es protector de los males de garganta.
Y con la garganta en
los dedos les digo que el entorno en el que se ubica esa historia tan
contradictoria y lenta, tan llena de salitre como de la vida de un pueblo, se
ve penosamente afeada en la actualidad por una serie de construcciones
destartaladas en la zona pegada a la playa.
En ruina desde toda la
vida, cerrada, con vallas y con peste a meado,
concluye en otra cueva al final de un paseo que podría dar bastante juego en un
aprovechamiento integral o turístico. Me atrevo a asegurar que el edificio más
feo del mundo se encuentra en ese pequeño tramo que parte desde el último
guanche y en el que incluso hay otra ermita.
Trescientos metros que
habría que adecentar.
Publicado en el periódico El Día, 23-09-2010