La cultura del
diálogo
Juan Manuel
García Ramos
Si algo hay que agradecerle a la crisis
financiera y económica que padecemos en la actualidad es que ha precipitado una
cultura del diálogo entre adversarios políticos casi irreconciliables. La
incertidumbre de los tiempos económicos derriba muchos dogmatismos
apriorísticos y obliga a las aproximaciones de posturas antes tenidas por
antagónicas. Metidos de verdad en problemas, las ideologías se vuelven más
irrelevantes. Preocupan más las soluciones que el medio de llegar a ellas.
Dicen algunos que si dos personas apuestan sin retranca por un diálogo sincero
y fluido pueden poner en funcionamiento una fuerza intelectual y una creatividad
sorprendentes. No se trata de hablar por hablar, sino de avanzar en busca de
nuevas verdades.
Estos días de tantas cumbres internacionales, volvemos a comprobar la capacidad
civilizadora del diálogo, la vocación de escuchar la opinión del otro antes de iniciar
cualquier tipo de acción común, se trate de enfrentar los conflictos bélicos de
Oriente Medio, de establecer una regulación del sistema financiero
internacional, de gestionar la energía nuclear, de planificar la lucha
antiterrorista o de prepararnos para los que algunos llaman, con tanta
convicción como ingenuidad, el cambio climático y la alianza de civilizaciones.
Las convocatorias del G-20 en Londres, de
La aparición del presidente Obama en esta
constelación de poderes si ha aportado alguna novedad es la de insuflar
optimismo a la agenda de estos encuentros y la de relajar los rictus de todos
sus interlocutores.
No sé en qué asignatura de las cursadas por Obama en
la selecta Universidad de Harvard le enseñaron tanta autoestima y tanta
capacidad para entusiasmar a los demás a la hora de afrontar una empresa común,
pero cada vez estoy más convencido de que este presidente estadounidense le
cayó del cielo a su país y a gran parte del mundo en el peor de los momentos
históricos. Su ancha sonrisa es un salvoconducto para la confianza de todo el
que se le acerca.
Hasta cuando Obama tiene iniciativas como la de
aumentar en cuatro mil soldados más los cincuenta mil que ya operan en
Afganistán, los pacifistas, que ayer vociferaban contra George W. Bush cuando
tomaba medidas semejantes, parecen esta vez convencidos de la necesidad de
intensificar la presencia USA en territorio talibán, y hasta de incrementar en
un sesenta por ciento el presupuesto bélico para ese pueblo del corazón de
Asia, sin salida al mar y vecino del sexto país más poblado del planeta y de
mayoría musulmana que es Pakistán.
Según acaba de afirmar sir Lawrence Freedman, vicerrector del King’s College de Londres,
catedrático de Estudios de Guerra, Pakistán es hoy el eslabón débil del
polvorín centroasiático. La lógica que ahora parece acompañar las decisiones
del actual presidente norteamericano es casi la misma lógica con que ejercía el
presidente Bush en los mismos escenarios, pero Obama
dulcifica y atempera todas sus determinaciones y parece convencer a todos con
una serenidad mágica. Insisto en que parece un gobernante caído del cielo en
los momentos más delicados de la historia reciente. En cualquiera de los casos,
tal y como están las cosas no hay más remedio que invocar esa cultura del
diálogo a la que nos hemos referido.
Si nos fijamos bien, en todas las cumbres de esta semana se ha percibido la
necesidad de obtener acuerdos por encima y por debajo de militancias
ideológicas, que van desde el conservadurismo oficial de Ángela Merkel o Nicolás Sarkozy, hasta
el socialismo de Gordon Brown o los poscomunismos de los países del Este de
Partidos políticos que se enfrentan ferozmente en las elecciones internas de
cada uno de estos países, hablan con cordialidad y se entienden sin esfuerzo
alguno cuando se sientan en una mesa como la del G-20, la de
España se sienta hoy entre los ocho estados más industrializados del mundo, los
once países de economías más emergentes y
El capitalismo que ahora quiere salvar Sarkozy y Merkel es el mismo que quieren salvar los socialistas Brown
y Zapatero, porque por muchas vueltas que les demos a las ideologías
aparentemente contrapuestas, aquí no hay más cera que la que arde, pese a que
luego esas mismas ideologías se enmascaren ante sus respectivos y cándidos
electorados y finjan unas distancias algo hipócritas.
Cuando el barco se hunde, la marinería se confunde con el pasaje en su intento
de salvar el pellejo. Y algo así ocurre en estas citas internacionales de
dirigentes políticos, donde la diplomacia suplanta a la confrontación y a la
diferencia, el consenso a la discrepancia y la voluntad de confluencia a la
necesidad de distinguirse. La cultura del diálogo en todo su esplendor.
No otra cultura está llegando también a la política canaria vía Madrid. Las
intervenciones sucesivas de Ana Oramas y de José Luis
Rodríguez Zapatero, reconociendo la singularidad de nuestras islas frente al
resto de las comunidades del Estado español, en la tribuna de oradores del
Congreso de los diputados, son el ejemplo más diáfano de que las instituciones
tienen que llegar a acuerdos y de que los profesionales de la bronca permanente
y de la injuria contra el adversario político tienen sus días contados en esta
etapa de la historia que nos ha tocado vivir. El Gobierno de Canarias tiene
ahora la obligación de recoger el guante arrojado por Rodríguez Zapatero y de
dedicarse a recuperar el tiempo perdido tras la tormenta López Aguilar.
La destrucción de empleo y de tejido empresarial nos ha colocado a todos en una
nueva situación donde lo que prima es el ciudadano y sus dificultades y
dignidades. No hay mal que por bien no venga en estos tiempos adversos.
El diálogo como un proceso de alumbramiento de soluciones a los problemas que
acosan a muchas sociedades, entre ellas a la nuestra, con esa singularidad que
tanto tiempo le ha costado pronunciar en
El Parlamento de Canarias tiene que seguir el ejemplo de lo acontecido en
Madrid y empezar a recuperar el sosiego y el entendimiento perdidos en lo que
va de legislatura. Nunca es tarde si la dicha llega (y no "si es
buena"), como decía el amigo Agustín Acosta cuando aún no se había ido de
este mundo.