La cultura del diálogo

 

Juan Manuel García Ramos

 

Si algo hay que agradecerle a la crisis financiera y económica que padecemos en la actualidad es que ha precipitado una cultura del diálogo entre adversarios políticos casi irreconciliables. La incertidumbre de los tiempos económicos derriba muchos dogmatismos apriorísticos y obliga a las aproximaciones de posturas antes tenidas por antagónicas. Metidos de verdad en problemas, las ideologías se vuelven más irrelevantes. Preocupan más las soluciones que el medio de llegar a ellas.


Dicen algunos que si dos personas apuestan sin retranca por un diálogo sincero y fluido pueden poner en funcionamiento una fuerza intelectual y una creatividad sorprendentes. No se trata de hablar por hablar, sino de avanzar en busca de nuevas verdades.


Estos días de tantas cumbres internacionales, volvemos a comprobar la capacidad civilizadora del diálogo, la vocación de escuchar la opinión del otro antes de iniciar cualquier tipo de acción común, se trate de enfrentar los conflictos bélicos de Oriente Medio, de establecer una regulación del sistema financiero internacional, de gestionar la energía nuclear, de planificar la lucha antiterrorista o de prepararnos para los que algunos llaman, con tanta convicción como ingenuidad, el cambio climático y la alianza de civilizaciones.


Las convocatorias del G-20 en Londres, de la OTAN en Estrasburgo (Francia) y Kehl (Alemania) y de los Veintisiete de la UE en Praga, para tomar acuerdos sobre la crisis financiera y Afganistán, son un ejemplo de la preocupación que cunde en el seno del mundo occidental y de la necesidad de llegar a consensos ante la gravedad de muchos de los asuntos que hoy inquietan a esa diversidad de países.


La aparición del presidente Obama en esta constelación de poderes si ha aportado alguna novedad es la de insuflar optimismo a la agenda de estos encuentros y la de relajar los rictus de todos sus interlocutores.


No sé en qué asignatura de las cursadas por Obama en la selecta Universidad de Harvard le enseñaron tanta autoestima y tanta capacidad para entusiasmar a los demás a la hora de afrontar una empresa común, pero cada vez estoy más convencido de que este presidente estadounidense le cayó del cielo a su país y a gran parte del mundo en el peor de los momentos históricos. Su ancha sonrisa es un salvoconducto para la confianza de todo el que se le acerca.


Hasta cuando Obama tiene iniciativas como la de aumentar en cuatro mil soldados más los cincuenta mil que ya operan en Afganistán, los pacifistas, que ayer vociferaban contra George W. Bush cuando tomaba medidas semejantes, parecen esta vez convencidos de la necesidad de intensificar la presencia USA en territorio talibán, y hasta de incrementar en un sesenta por ciento el presupuesto bélico para ese pueblo del corazón de Asia, sin salida al mar y vecino del sexto país más poblado del planeta y de mayoría musulmana que es Pakistán.


Según acaba de afirmar sir Lawrence Freedman, vicerrector del King’s College de Londres, catedrático de Estudios de Guerra, Pakistán es hoy el eslabón débil del polvorín centroasiático. La lógica que ahora parece acompañar las decisiones del actual presidente norteamericano es casi la misma lógica con que ejercía el presidente Bush en los mismos escenarios, pero Obama dulcifica y atempera todas sus determinaciones y parece convencer a todos con una serenidad mágica. Insisto en que parece un gobernante caído del cielo en los momentos más delicados de la historia reciente. En cualquiera de los casos, tal y como están las cosas no hay más remedio que invocar esa cultura del diálogo a la que nos hemos referido.


Si nos fijamos bien, en todas las cumbres de esta semana se ha percibido la necesidad de obtener acuerdos por encima y por debajo de militancias ideológicas, que van desde el conservadurismo oficial de Ángela Merkel o Nicolás Sarkozy, hasta el socialismo de Gordon Brown o los poscomunismos de los países del Este de la Unión Europea o de la actual Rusia.


Partidos políticos que se enfrentan ferozmente en las elecciones internas de cada uno de estos países, hablan con cordialidad y se entienden sin esfuerzo alguno cuando se sientan en una mesa como la del G-20, la de la OTAN o la de la UE. Las férreas ideologías parecen diluirse de pronto y el pragmatismo se impone a los pudores doctrinales.


España se sienta hoy entre los ocho estados más industrializados del mundo, los once países de economías más emergentes y la UE como confederación, el llamado G-20, por una cortesía personal de Nicolás Sarkozy, quien vio en las últimas elecciones presidenciales galas donde resultó elegido cómo el mismo Zapatero intervenía en los mítines de su rival, la socialista Ségolène Royal.


El capitalismo que ahora quiere salvar Sarkozy y Merkel es el mismo que quieren salvar los socialistas Brown y Zapatero, porque por muchas vueltas que les demos a las ideologías aparentemente contrapuestas, aquí no hay más cera que la que arde, pese a que luego esas mismas ideologías se enmascaren ante sus respectivos y cándidos electorados y finjan unas distancias algo hipócritas.


Cuando el barco se hunde, la marinería se confunde con el pasaje en su intento de salvar el pellejo. Y algo así ocurre en estas citas internacionales de dirigentes políticos, donde la diplomacia suplanta a la confrontación y a la diferencia, el consenso a la discrepancia y la voluntad de confluencia a la necesidad de distinguirse. La cultura del diálogo en todo su esplendor.


No otra cultura está llegando también a la política canaria vía Madrid. Las intervenciones sucesivas de Ana Oramas y de José Luis Rodríguez Zapatero, reconociendo la singularidad de nuestras islas frente al resto de las comunidades del Estado español, en la tribuna de oradores del Congreso de los diputados, son el ejemplo más diáfano de que las instituciones tienen que llegar a acuerdos y de que los profesionales de la bronca permanente y de la injuria contra el adversario político tienen sus días contados en esta etapa de la historia que nos ha tocado vivir. El Gobierno de Canarias tiene ahora la obligación de recoger el guante arrojado por Rodríguez Zapatero y de dedicarse a recuperar el tiempo perdido tras la tormenta López Aguilar.


La destrucción de empleo y de tejido empresarial nos ha colocado a todos en una nueva situación donde lo que prima es el ciudadano y sus dificultades y dignidades. No hay mal que por bien no venga en estos tiempos adversos.


El diálogo como un proceso de alumbramiento de soluciones a los problemas que acosan a muchas sociedades, entre ellas a la nuestra, con esa singularidad que tanto tiempo le ha costado pronunciar en la Carrera de San Jerónimo al jefe del Ejecutivo del Estado.


El Parlamento de Canarias tiene que seguir el ejemplo de lo acontecido en Madrid y empezar a recuperar el sosiego y el entendimiento perdidos en lo que va de legislatura. Nunca es tarde si la dicha llega (y no "si es buena"), como decía el amigo Agustín Acosta cuando aún no se había ido de este mundo.