¿Un debate cultural?

 

Agustín Díaz Pacheco

 

Que han existido tradiciones, por supuesto, hasta erigir incluso culturas cimentadas en la destrucción de la misma vida, concederle ruines oportunidades al ocaso. Podríamos, entonces, considerar lo que arguye el diletante escritor Fernando Dragó, recreador de mitos y excelsas leyendas, recogidas en Gargoris y Habidis: "Sabemos, efectivamente, que el culto al toro fue prehistórico y sagrado, mientras la tauromaquia o fiesta nacional es histórica y profana (página 894). Muchas veces la Historia ha elevado a sagrado lo que le era contrario, pero ¿la Historia es siempre rectilínea, o queda sujeta a considerables variantes que la sostienen o alteran? He aquí el contrapunto establecido por numerosas organizaciones a favor de los derechos humanos y también que preconizan absoluto respeto por los animales, quienes se manifestaron contra la fiesta taurina el domingo día 28 de marzo en la Plaza de la Villa (Madrid). Se podrá comprobar las legítimas oscilaciones de la Historia, a instancias de diferentes concepciones humana, en defensa de los derechos correspondientes a los animales y, por tanto, más que plenamente democrática, por cuanto vela por la vida.


¿Cuáles los fundamentos de quienes la convocaron, reclamando una necesaria atención ciudadana? Evidentísimo: que 17.715 toros y novillos murieron en un sangriento espectáculo transcurrido el año 2005, por ejemplo. Por tanto, fundamentar la consideración respecto a animales que previamente resultan sometidos a golpes en riñones y testículos, y llegada la fase dura de la lidia sufrirán una estocada de un metro de largo, destrozándole pulmones, hígado, diafragma o corazón, corroborado por especialistas en las consecuencias de tan nefasto espectáculo. Es aquí donde se pone de manifiesto lo dicho por Santiago Ramón y Cajal (Premio Nobel de Fisiología y Medicina, 1906): "Me enorgullezco de no haber figurado nunca, entre la clientela especial de las corridas de toros." Elogiosas frases de un célebre médico, profesión que intenta esencialmente preservar la siempre digna existencia, y que hace mucho tiempo y ahora, adquiere considerable magnitud al homenajear al ser humano.

La Historia cobra mayúscula cualidad de testigo y también de medular partícipe de lo que contempla –aparentemente, para nada es cuestión abstracta– y en lo que participa. Cabe, exigencia nacida del alma, proteger a aquellos animales que nos han mirado con justificado recelo. Una caricia, la tolerancia devenida del humano calor, saber no ser inferiores ética o moralmente, y que halla su lugar en la manifestación antitaurina de Madrid en la que participaron entre 2.000 y 3.000 personas; lo anterior máxime cuando en Canarias las corridas de toros fueron prohibidas, no así las peleas de gallos y lo que supone toda una exhibición de desprecio: las hipotéticas peleas de perros. El ser humano debe atender a su propia condición, la suya es la de los demás. ¿Se debe elevar la humana estatura? Es la pregunta, y una contestación afirmativa.

 

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Publicado en el periódico La Opinión, 11-04-2009