¿DEBATE ELECTORAL O DEBATE DE
Fidel
Campo Sánchez
El debate sobre el Estado de
Pero lo deplorable fue que, una vez más,
Rajoy se centró en la descalificación e el insulto ramplón impropio de quien
pretende ser el presidente del gobierno que, a cada paso queda más y más auto
descalificado. Mientras que y Zapatero prefirieron convertir el desarrollo del
Pleno en un pulso político y personal, en esta ocasión ante un período tan
crucial como el que desembocará en los comicios europeos del 7 de junio. La
estridencia de los reproches mutuos en particular los de Rajoy recurriendo al
insulto demuestran que carece de proyecto serio para abordar las soluciones y
ahogó lo que pudo ser una discusión más desapasionada y constructiva respecto a
los retos que deberán afrontar la economía y la sociedad española. La pugna
entre ambos sí giró esta vez sobre los principales motivos de inquietud
ciudadana -sobre todo, los cuatro millones de parados-, pero la animosidad
desplegada impidió que la opinión pública pudiera extraer, como conclusión del
debate, en qué están de acuerdo y en qué en desacuerdo las grandes formaciones
españolas. Es cierto que la exposición inicial del presidente del Gobierno no
daba pie a una respuesta tan desairada como la que Rajoy ofreció desde la
tribuna del Congreso.
Pero también que corresponde a Rodríguez
Zapatero orientar las políticas frente a la crisis hacia un terreno de máximo
consenso; opción que pareció despreciar al entrar en el cuerpo a cuerpo con el
recordatorio de pasadas trifulcas con los populares que hicieron que la
popularidad y el Si al proyecto Rodríguez Zapatero diera como resultado a favor
del presidente de un 80% contra el alicaído Rajoy del 20%.
A la espera de lo que la próxima semana
den de sí las proposiciones derivadas del debate, la propuesta de un «modelo
renovado de crecimiento», que el presidente del Gobierno desgranó en una amplia
batería de medidas, permite albergar dudas, a la vez que ilusionantes
y razonables esperanzas tanto sobre su viabilidad material como sobre sus
efectos de cara a la reactivación económica. El reconocimiento final de que España
necesita hallar un patrón de desarrollo alternativo constituye un punto de
partida imprescindible para pergeñar el escenario óptimo de salida a la crisis.
La inexplicable renuencia con la que Zapatero afrontó las primeras evidencias
de la crisis financiera y su optimista interpretación de datos que sólo
alentaban el pesimismo generó, en la sociedad española, una sensación de
perplejidad que fue paliada con la participación del presidente en las cumbres
de Washington y Londres del G-20, y en las sucesivas reuniones que en el ámbito
de
La primera incongruencia se refiere a la
pretensión de impulsar actuaciones que, tanto desde el punto de vista
competencial como respecto a su financiación, dependen de las comunidades
autónomas sin propiciar para ello un clima de entendimiento general. Pero,
junto a esto, resulta también discutible la efectividad de determinadas
medidas, como las orientadas a afianzar la industria automovilística o las
relativas a la fiscalidad respecto a la adquisición de vivienda que creemos se quedó corto. Si la decisión de promover ayudas directas por
una cuantía de 2.000 euros para tratar de reactivar la venta de coches revisa
una política que venía siendo renuente a aplicarlas para un sector concreto, la
supresión de las deducciones por hipotecas para quienes tengan ingresos
superiores a 24.000 euros al año puede resultar comprensible e incluso
necesaria si lo que se pretende es reordenar un mercado inmobiliario cuyo
desplome amenaza con retrasar la superación de la crisis ; pero es más
impredecible, aunque deseable, que vaya a estimular la compraventa de pisos hasta
el punto de dar salida a los acumulados, al tiempo que podría provocar el
efecto perverso de frenar una contención en los precios igualmente ineludible.
En cuanto a otras propuestas, como la reducción del Impuesto de Sociedades para
detener la sangría del desempleo, las planteadas en materia educativa o el
nuevo recorte en el gasto, cabe deducir que el retraso en aplicarlas sólo ha
contribuido a profundizar, en mayor o menor medida, las consecuencias del ciclo
recesivo.
La persistente negativa del presidente del
Gobierno a contemplar tan siquiera el debate sobre la reforma laboral y la
falta de detalle con que Rajoy se pronunció sobre ella hurtaron a los
ciudadanos de un contraste más preciso y responsable en una cuestión
difícilmente eludible ante el crecimiento imparable del paro. La convicción de
Rodríguez Zapatero de que el problema no radica en la legislación en materia de
empleo, sino en el modelo productivo, conecta con la percepción de todos
aquellos ciudadanos que puedan sentirse castigados por una crisis que no han
desencadenado. Pero el Ejecutivo debe tomar conciencia de que resulta
imprescindible encarar a estas alturas un debate sobre las relaciones laborales
y los excesivos beneficios empresariales y de la banca cuyo adecuado
encauzamiento podría coadyuvar a una salida más pronta de la recesión que
nosotros vemos e interpretamos que al menos esa es la intención