¿DEFINIMOS CANARIAS?
Juan Manuel García Ramos
Uno de los consejos que me dieron
tempranamente en esto del oficio de las Letras fue el de evitar las polémicas
periodísticas, pero uno ya ha caído en más de una ocasión en tales menesteres, aunque
don Alfonso González Jerez no recuerde haberme visto en esos trances
«absolutamente con nadie».
Con esa categórica aseveración despacha mi biografía el apreciado antagonista,
dándonos una primera prueba de cómo se las gasta cuando se trata de usar la
historia; la personal y la colectiva.
Como sé que hay testigos tan privilegiados (por lo cerca que estuvieron del
lance, no por el interés del lance, quede claro) de ese debate como Carmelo
Rivero, que lo coordinó en televisión y luego lo siguió en los periódicos, me
permito recordarle al señor González Jerez que ya sostuve, entre otras
controversias, una parecida a la que sostengo ahora con él, con José Carlos
Mauricio, en septiembre y octubre de 1988, y digo parecida porque el asunto de
fondo era en parte el nacionalismo emergente de aquellos años, primero
defenestrado por el dirigente grancanario y luego compartido sin demasiados
reparos. ¿Le sonará esto a algo a don Alfonso?
Pero, metidos en gastos verbales, me he animado a conversar con González Jerez
porque le tengo aprecio y, no lo niego, admiro su prosa imaginativa, su esgrima
metafórica y sus salidas humorísticas. No hay muchos columnistas en Canarias
con tantas habilidades, él lo sabe y a veces abusa del estrellato. En parte, es
víctima de ese estrellato, lo que lo lleva a un ejercicio desmesurado de la
negatividad desafiante, de ir en contra de todo lo que se le ponga a tiro de
gracia (¿de gracejo?). Con algunas excepciones, claro está, que no sería cortés
enumerar aquí, pero que los que lo leemos y conocemos sabemos cuáles son.
Yo no me he negado a debatir con González Jerez sobre nacionalismo canario,
como él afirma en su último artículo, lo que pasa es que es él el que no quiere
entrar en el asunto y se resiste a hacerlo a base de aferrarse a la chuletita
de la oficialidad académica de turno (la economía canaria de los siglos XVI, XVII y XVIII
y bla, bla, bla) y a despreciar lo que ha sido la ostentación del poder
político en nuestras islas desde la Conquista hasta ayer mismo. Hasta ese 1982
del primer Estatuto de Autonomía de Canarias, que yo nunca dije que había sido
elaborado por nacionalistas, como el señor González Jerez me imputa, aunque la
mentalidad de algunos de los redactores, estoy pensando en Antonio Carballo Cotanda (también podría pensar en otro Antonio: Antonio
González Viéitez), bien pudiera relacionarse con una
actitud nacionalista muy de agradecer para esa ideología. Yo siempre he
mencionado esa actitud de Carballo Cotanda como un
ejemplo lúcido a la hora de acercarnos al conocimiento de nuestras
especificidades y a la hora de defenderlas: «La economía de Canarias tiene sus
propios rasgos y profundas diferencias estructurales e infraestructurales con
la peninsular, lo que exige un tratamiento de las Islas totalmente diferente»,
nos dejó dicho un hombre que le hubiera sido muy valioso al socialismo insular posfranquista y que falleció en su prometedora juventud.
Canarias tiene las virtudes y las ventajas de otros territorios aislados por el
mar: su geografía es su historia, como el poeta Vitorino
Nemesio aplicó a su Azores natal; no hace mucha falta echar mano de identidades
culturales o de «plebiscitos cotidianos» para caer en la cuenta de que
conformamos una colectividad diferenciada.
Y es a partir de ahí de donde me parece que ha de nacer la necesidad de saber
quiénes somos y a qué aspiramos, la identidad y el plebiscito, si ustedes
quieren, en esa sucesión jerárquica. A esa búsqueda he dedicado algunos de mis
años, desde la política y desde la reflexión, sin mayores pretensiones, pero
tampoco sin ningún tipo de complejos. Yo leo la historia, como ya dije, desde
el sentido común, y desde la libertad de la que todos disfrutamos al
enfrentarnos a las distintas interpretaciones de nuestro pasado. Hace ya mucho
tiempo que puse en duda los mecanicismos marxistas que decretan que es la
infraestructura económica, y sólo la estructura económica, la que determina
todas las superestructuras ideológicas en una sociedad, aunque haya algunas
escuelas historiográficas sumidas aún en el cómodo anacronismo.
Yo no me he negado a debatir con González Jerez sobre nacionalismo, lo que he
intentado es aportar material para ese diálogo, aunque ese material le parezca
a mi interlocutor «zafiedad de la metáfora», «ingenuidad historiográfica», «desfallecida
vaciedad» o «pereza mental».
Esta vez me he librado de su epíteto preferido: «casposo», pero no pierdo la
esperanza de que me lo aplique en alguna otra ocasión. El negativismo
desafiante tiene que usar de esas estrategias descalificadoras para defenderse
cuando es desenmascarado. Insultar es más fácil, más vistoso, más estelar, que
argumentar.
Me hubiera gustado saber la opinión de González Jerez sobre esa matización que
invoqué en mi anterior réplica sobre periodo colonial y colonialidad
del poder, conceptos que tomé de un colega hispanoamericanista y que me parecen
de aplicación en Canarias. ¿Cuándo termina el periodo colonial en Canarias?,
¿no lo hubo nunca?, ¿cuándo concluye la colonialidad
del poder?
Hay que mojarse y yo lo he intentado no a base del «malabarismo verbal y
conceptual» que el señor González Jerez me adjudica, sino arriesgando mi visión
al respecto.
La sociedad insular canaria siempre respondió a los tiempos históricos y
reaccionó ante ellos de una manera muy particular.
¿En qué sentido podemos hablar de un hecho diferencial canario? ¿En qué ámbitos
de nuestra vida política, económica, social o cultural se localizan esos rasgos
que nos definen como un pueblo singular?: ¿En haber disfrutado, desde el siglo XV hasta nuestros días, de un régimen fiscal excepcional y
ventajoso con respecto a otros territorios del Estado español, en proceder de
un pueblo indígena que, según Viera y Clavijo, ya estaba conformado como «un
cuerpo de nación original», en haber pensado, durante la ocupación francesa de
España, en vincularnos a estructuras estatales o paraestatales distintas a la
española, como sucedió en el seno de la Junta Suprema de La Laguna, en haber
dependido durante decenios de una economía ajena a la española, como fue la
etapa conocida como Canary Islands,
que transcurrió desde 1884 hasta 1936, en haber alentado desde fines del siglo XIX movimientos nacionalistas y en haber participado de
ellos, en ser una de las últimas pertenencias del viejo imperio español, en
haber forjado y haber formado parte de la cultura insular atlántica que nos
define ante otros pueblos del mundo?
De todo eso me hubiera gustado hablar con el señor González Jerez, más allá de
ciertas pirotecnias verbales, menosprecios gratuitos e imposturas juveniles a
deshora.