Descansa en paz, Paco
José
Manuel Quintana Hernández
Una guía perfectamente uniformada informaba a
los visitantes de la Bodega Calem, en Oporto, que en
breve se iniciaría el recorrido por las instalaciones, para lo que se iban a
formar tres grupos: uno para españoles, otro que usaría el francés y el último
para angloparlantes. Descartado el primero, hubo que elegir el del idioma que,
además del castellano, la mayoría conocía, el inglés. Paco, que era de francés,
rumió la derrota hasta que, por la noche, en un bar de la ribera del Douro, frente a los rabellos, típicas embarcaciones cargadas de cascos de vino, celebramos con
risas el error de haber confundido el precio del vino, de 40 ó 50 años, que nos
estábamos tomando: lo escrito en la pizarra (unos veinte euros de hoy) era lo
que costaba cada copa, y no la botella, tal y como habíamos pensado. Entre los
cuatro (Paco, mi primo Leo, mi hermano Enrique y yo), habíamos tomado dos
botellas cenando, por lo que tuvimos que reunir todo el dinero que llevábamos
encima para poder pagar la enorme cuenta. A mediados de los ochenta, en el
Portugal de los pacotes laborais, de las
reformas laborales, sucedió todo esto.
Este recuerdo y otros muchos llegan a la
cabeza sin tregua. No es el más relevante, es el que ahora gana. Mientras,
preparo los bártulos en Tacoronte para acudir a La
Garita, a Telde, al funeral de Paco. Una llamada de mi hermano Enrique, el
martes 22 de diciembre, fue la que anunció la muerte del otro hermano, Paco.
Treinta años de amistad, desde la adolescencia, hasta la actual inmadurez. Otra
llamada, a los pocos minutos, desde Suecia, de otro amigo, José, se solidariza
con el dolor que nos aprieta; tenemos que cortar el teléfono, como ya lo hicimos
mi hermano Enrique y yo.
Las mohosas sotanas laguneras -que la beca
de una adinerada señora, creo de la propia Aguere, le
permitió sobrellevar- lo empujaron, junto a otros compañeros, a las oreadas y prometedoras
ropas de calle que, desde Vegueta, veían siete
estrellas verdes sobre un país en el que la justicia y la igualdad sociales fueran
la expresión terrenal de los deseos divinos. La TERECA,
Teología de la Realidad Canaria, proclamaba el deseo de anclar a la tierra la
reflexión teológica. Manuel Alemán, otro
cura, de Agaete, concretó en Psicología del Hombre Canario la expresión laica de esa
preocupación. Por lo visto, desde ese tiempo, en la Diócesis de San Cristóbal
de La Laguna, la evolución ha sido lenta; en la de Las Palmas, más bien como
los cangrejos, por lo que irán ahora acompasadas.
Casi al llegar, aterrizó en una vigilia que,
en la Catedral de Vegueta, homenajeaba al asesinado
arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero y Galdámez,
en marzo de 1980, un hito en la Teología de la Liberación, en la lucha por los
derechos humanos, en la llamada opción
preferencial por los más pobres, modelo a imitar para muchos, desde luego,
para Paco.
Después de algún tiempo, se ordenó como
sacerdote y empezó un periplo que lo hizo recorrer las parroquias de El
Doctoral, San Francisco y La Garita y Marpequeña.
Durante casi todo el tiempo, compartió su labor pastoral, pegada al pueblo, con
la enseñanza de la Religión, salvo un pequeño período en el que se le privó de
esa actividad y decidió ganarse los garbanzos con diversas tareas, una de las
cuales, vendedor de películas impropias, le valió una urgente reposición a sus
labores en el magisterio.
Paco era un gran vacilador.
La representación del lanzamiento y posterior estallido de un volador, sonido
logrado con la interrupción del aire expulsado por la boca hecho con la mano
derecha y culminado con una estridente palmada; y el golpe de la mano que asoma
a través de la ventanilla del coche en la puerta y que se asocia a un
inesperado impacto por despiste del chófer, eran dos de sus más conseguidas y
reiteradas machangadas, de las que me declaro fiel
aprendiz. Las imitaciones de personajes públicos, como Jerónimo Saavedra y
Olarte (posteriormente, admirador confeso de Paco), también figuraron en su
repertorio de vacilones. Si conocen a unos cuantos miembros de su familia,
sabrán que era una cualidad inscrita en su ADN. Por cierto, una vez casi mata
del susto a unas señoras en las Cuevas de Altamira, o en otras cercanas -no
recuerdo bien- por un oportuno ladrido de imitación cuando el guía comentaba el
parecido de una estalactita a un perro pequinés; unos niños que estaban cerca
fueron severamente reprendidos por el guía. Varios lustros, duró la risa.
Vital y con determinación, un jiribilla incuestionable, no
paraba la pata. Muchas veces, fuimos sólo a tomar café de Las Palmas a San
Mateo, o una cerveza de San Andrés a Almáciga. Siempre estaba haciendo algo,
yendo y viniendo; quieto, poco. Otra cosa era el deporte, que dejaba equivocadamente
para otros. Los artilugios de todo tipo -emisoras de radio, pitas estridentes
para el coche…- se hallaban entre sus modestas diversiones, que mostraba con
alegría infantil cuando se trataba de alguna
novedad llamativa. Una furgoneta preparada para vivir en ella, comprada de
segunda mano y, poco a poco, mejorada, también fue pasión.
Pocas dudas, casi no recuerdo verlo titubear
ante nada; radical en su pensar y actuar. En una bodega de Satautey,
el bodeguero, lo llamaba cura macho,
por su iniciativa y audacia. Como bien se recordó en su misa funeral de San
Andrés, cuando habló, poco después de la toma de posesión, con el nuevo obispo de la Diócesis Canariense, Francisco Cases, le espetó, para empezar, que no le tenía
miedo alguno. No olviden que fue activo miembro de una plataforma para lograr
la designación de un obispo canario que sucediera a Ramón Echarren,
lo que, con el nombramiento de Cases, no pudo evitarse. Otra cosa es que el
vigor de esa lucha fuera en balde, la semilla no creo que cayera entre pencas
de tunera.
El compromiso político con su país y con la
clase dominada, difícil de expresar con claridad en una organización de
jerarquía insoslayable, de pensamiento rígido y mayoritariamente conservador,
le trajo más de un problema.
Como cura, por su extravagante conducta,
costaba que muchos se lo creyeran, al menos, inicialmente. La extravagancia
consistía en comportarse como cualquier persona que no fuera cura: vestimenta
informal, bromas diversas, parrandas frecuentes… La verdad es que, en su favor,
puede decirse, cuestionando la convicción popular, que no vivió como un cura. Lo mismo nombraba en la homilía a Carlos Marx, patrón de la clase obrera,
que hacía una ofrenda a Secundino
Delgado, padre de la patria canaria. No se trataba sólo de palabras,
siempre estuvo al lado de los menos favorecidos y de la defensa del derecho a
ser para nuestro pueblo. El dinero que tenía lo entregaba sin miramientos a
quienes lo necesitaran. Gracias a esa costumbre, los herederos podrán dar fe de
la fortuna que atesoró.
Izó una bandera canaria de siete estrellas
en el mástil de su iglesia, primero; y una del arcoíris,
después. Por la primera, se vio involucrado en una persecución rápidamente
abortada gracias, salvo mejor parecer, a un colosal movimiento de solidaridad
manifestado singularmente a través de Internet [1].
El obispo de la Diócesis de Canarias, Francisco
Cases Andreu, dijo, en el funeral de Paco en la
iglesia de La Garita, que había que dejar para Dios las valoraciones sobre la
vida terrenal; que él, el propio obispo, siempre tendría mayor confianza en el
juicio divino que en el de los mortales. Yo, conocedor de las valoraciones de
algunos mortales, y enemigo declarado de panegíricos, digo que, en vez de
valoraciones, aquí quedan algunas constataciones: un hermano, un amigo, un
nacionalista canario valiente, un referente en la Iglesia y fuera de ella, un
hombre sencillo, del pueblo, que tuvo, que tiene, un millón de amigos y amigas.
Constato, también, la enorme satisfacción
que debió sentir el obispo al echar agua bendita sobre la bandera canaria que
cubría el pijama de madera de Paco, oír la atronadora ovación que siguió la
colocación del paño tricolor de siete estrellas verdes por sus dos sobrinos,
Melo y Pedro, y, sobre todo, pasar con báculo y mitra bajo el palio providencial
de otra bandera nacional con crespón negro de casi cincuenta metros cuadrados,
elevada por unas treinta personas a la salida de la iglesia. El Aguañak de Taburiente sonaba con orgullo electrizante. En
el San Andrés lindo y pesquero, el de las blancas casitas, se repitió el
acompañamiento trabajoso de la gigantesca bandera desde la iglesia hasta la
avenida donde llegaba la maresía. Seguro que Paco, ni
en sus mejores sueños vio tales imágenes. Son sólo constataciones; las
valoraciones, para El Que Todo Lo Ve.
La ausencia de Paco nos va a acompañar a
muchos hasta que llegue nuestra propia ausencia: la maldita parca es
inevitable. Ahora, hasta que ese momento llegue, tenemos un ejemplo más en que
apoyar nuestra lucha, que era la suya, la que hasta hace unos días llevábamos
juntos, codo con codo, la de quienes tenemos, permítanme la paráfrasis, una opción preferencial por un país soberano
e igualitario.
Hasta siempre, Paco. Como diría Benedetti, viviste
adrede. Ahora, te conviertes en luz, nuevo faicán, que
ilumina este pequeño y gran país. Esta Navidad de 2009 llueve también en
nuestro corazón.
En Tacoronte,
a 27 de diciembre de 2009
[1] El pueblo canario con el
cura Paco Bello].