Desconfiar de la justicia
Elsa López
No son dioses. Son jueces. Nada más. Una
profesión como pueda ser la de médico o ingeniero o pedicuro, solo que con una
clara diferencia.
No son dioses. Son jueces. Nada más. Una
profesión como pueda ser la de médico o ingeniero o pedicuro, solo que con una
clara diferencia: lo que ellos deciden puede cambiar nuestra vida y la vida de
quienes nos rodean. También los médicos, y, si me apuran, también aquellos que
nos componen los pies, porque unos callos maltratados pueden amargar la vida de
todo el que vive alrededor. Ahora bien, lo de ser juez parece más importante.
Ellos mismos se encargan de hacer grandes panegíricos sobre la justicia y sus
distribuidores para que pensemos que son únicos, imperecederos e inmortales. Y
uno va al juzgado como si fuera al cadalso: arrastrando los pies, asustado y tembloroso.
Tanto si denuncias como si te denuncian, siempre te crees culpable de algo.
Son ellos los que crean esa incomodidad para sentirse necesarios. Quienes hace
siglos fueron la imagen del equilibrio y la virtud como ya indicaban las
imágenes que difundían su buen quehacer, se han convertido en una mala estampa
de esa mujer de ojos vendados para no ver y que no le influya lo que ve. Ya no
corren buenos tiempos para esa fama. Ahora los ciudadanos se pregunta quién los
ha colocado ahí, qué clase de oposición aprobaron, quiénes se creen para darse
ese aire al margen de la sociedad que juzgan; qué los avala, qué conocimientos,
qué aprendizaje, qué memoria para retener temas y leyes. Y si así fuera, ¿eso
los convierte en buenos jueces? Ya no nos lo creemos.
Ya sabemos que muchos se equivocan y que algunos mienten y juzgan
precipitadamente. Debemos respetar la independencia de la justicia, su
estupidez, no. Porque si echamos una ojeada a la prensa de un solo día podemos
detectar las consecuencias de varios "errores" judiciales como la
muerte de una mujer porque el juez no estimó oportuno dictar una orden de
protección después de varias denuncias y de que la policía hubiese contactado
con ella al menos 12 veces; o cómo uno de los traficantes de mujeres más peligrosos
de Europa salió de la cárcel porque los jueces pensaron que regresaría en
contra de la opinión de fiscales y de las víctimas que después de ser tatuadas
con sus iniciales en el cuello, obligadas a operarse los pechos y a abortar,
ahora se esconden aterradas por culpa de ese "error". Ladrones en la
calle, asesinos en nuestro portal, traficantes en nuestro vecindario y golfos
con trajes de Armani y relojes de oro sentados a nuestra mesa. Ese es el
resultado de tanta barbarie sin corregir, de tanto juez sobornable y de tanto
compadreo en las salas de justicia. Gracias a lo cual hemos aprendido a no
temerlos. Lo que ya es bastante.