Desde Corsica hasta Canarias,

refiriendo tristes circunstancias

 

Luis Fco. Padilla

 

La Isla de Corsica (Córcega), justo en frente del amplio golfo de Liguria, está atravesada por una desafiante cordillera que la divide geográficamente y que ha favorecido a las constantes resistencias de sus naturales, los corsos, para intentar mantener la libertad e independencia con un ardor y pasión más que demostrado durante todas sus generaciones y a lo largo de los siglos. Griegos, fenicios, romanos, vándalos, el mismísimo Carlo Magno o el Reino de Pisa, se llegaron a suceder en unas tentativas de invasión que nunca pudieron concretarse dado el carácter indómito de sus originarios. El definitivo estado opresor que acabó subyugando a la nación corsa, hasta nuestros días, resultó ser Francia. En 1768 los galos decidieron comprar, ésta isla mediterránea, a los genoveses que hartos de la rebeldía de sus habitantes y de las continuas cruzadas que debían encarnizar, para conservar el control de sus tierras y gentes, comprendieron que desquitársela resultaría más rentable.

 

Hombre curtido en batalla, alto y dicen que de fríos ojos azules, Pasquale Paoli desde 1755 dirigía la lucha contra los genoveses para luego seguir haciendo frente ante los franceses. La obstinación de Paoli se vio truncada en la rememorada batalla de Ponte-Nuovo, entonces, al aguerrido pero derrotado corso no le quedó otra que huir hacia Inglaterra. Desde luego, los franceses resultaban demasiado poderosos para las ya mermadas fuerzas isleñas, tanto en lo referente a efectivos como en medios. 

 

Entre tantas historias particulares y consecuentes de tal devenir histórico, encontramos la del joven Carlos Bonaparte, el cual  pese a proceder de noble familia, además de resultar tener como esposa a una hija de funcionario al servicio de Génova, decidió acabar comprometiéndose, bravamente, al lado de Paoli y por la liberación nacional de su patria. Como muchos y ante las nefastas circunstancias, termina refugiándose dentro de la vastedad del Maquis, en sus grutas, alimentándose de leche de cabra y harina de castañas. Leticia, su mujer, más valiente que nadie, decidió acompañarlo, cargando con ella a sus hijos, además de encontrarse en cinta del que acabaría resultando emperador de los que en ese momento les hostigaban, Napoleón Bonaparte. Ella, no dudó en guardar a su compañero, a través de las montañas, cabalgando por los escarpados riscos e incluso participando activamente en las escaramuzas; cuentan, de Leticia, “disparaba el mosquete con esa habilidad natural de las gentes sencillas y orgullosas de su rango, dispuestas a defender lo suyo hasta la muerte”. Así es, nuestro conocido Napoleón ya desde el seno materno se gestaba en un ambiente que coincidiría con su carácter aguerrido.

 

Leticia Ramolino, madre de Napoleón, entiende que por el bien de sus hijos lo más sensato resultaba acogerse a la invitación de amnistía que ofrecieron los franceses hacia los maquis Corsos. Su marido, Carlos Bonaparte, siguió permaneciendo en la insurgencia hasta que, finalmente y guiado por la inercia de las circunstancias en ese periodo, viajó a Versalles como miembro de los Estados de Córcega para rendir honores a Luis XVI. En dicho e irremediable ambiente pro-galo el entonces niño Napoleón acabó estudiando en la escuela militar de Brienne, Francia.

 

Para hacer justicia con la histórica figura de Napoleón Bonaparte debemos matizar que desde chiquillo y pese al afrancesamiento que le rodeaba no se dejó influenciar, creciendo con un profundo sentimiento patriótico hacia la nación corsa, resultando todo un auténtico y orgulloso independentista. Fijación ésta que le emanó por naturaleza y se mantuvo durante toda la juventud, hasta que desafortunados acontecimientos le forzaron a desistir en su particular lucha por la soberanía corsa, padeciendo el desengaño producto de inesperados recelos por parte del que hasta entonces resultaba su ídolo, Paquele Paoli. Tales circunstancias le marcaron de por vida y resultaron el detonante que propició un forzado cambio de rumbo ideológico, de libertario anti-galo paso a ejercer como el más severo totalitarista francés; tal vez, comido en odio ante los que no se dignaron a tenerlo en consideración, zancadilleándole y traicionándole.

 

Con tan sólo 10 años, Napoleón, se muestra firme en defensa de la nación corsa y se enfrenta ante sus acosadores compañeros franceses, los cuales arremeten contra él por el hecho de haber provenido de una humilde familia corsa, además de su pobre francés (debemos tener en cuenta que en un principio solamente hablaba el corso). Éste pequeño ya argumentaba con aire retador y entre la chiquillería gala: “si tan sólo hubieran sido cuatro contra uno,  jamás hubieran tomado Córcega pero fueron diez contra uno”. En ese entonces idolatraba al General Paoli: “si señor, Paoli era un buen general y bien quisiera yo parecerme a él”.  

Fustigado, desde Francia le escribe a su padre: “Estoy harto de exhibir mi pobreza y ser el hazmerreír de unos chicuelos insolentes, que no tienen otra superioridad sobre mí que la de su fortuna, pues no hay uno solo que no esté cien codos por debajo de los nobles sentimientos que me animan. ¿Deberé, pues, continuar siendo el blanco de unos cuantos mequetrefes que, orgullosos de los placeres que pueden proporcionarse, insultan sonriendo mi indigencia y mis privaciones?

 

Pese a todo, finalmente acaba con éxito los estudios en Brienne y se le destina a hacer carrera en artillería, en 1784 ingresa en la Escuela Militar de París. Aún allí, sigue sufriendo alguna descalificación que otra, como las de su profesor de alemán el cual llega a afirmar: “Napoleón no es más que una bestia”. En él no cesa de incrementarse el odio antifrancés, se desahoga participando en las trifulcas avivadas ante los inicios de conflictos revolucionarios entre los becados y los hijos de los grandes señores;  además, comienza a escribir un poema sobre la libertad de su querida isla donde él mismo se representaba como vengador.

 

Su padre, Carlos Bonaparte, fallece joven, a la edad de 39 años, lo cual acentúa el empobrecimiento de su familia, de por sí ya bastante humilde. En 1785 Napoleón es nombrado segundo teniente en el regimiento de artillería de La Fére , en Valence, teniendo que recorrer gran parte del camino a pie, para incorporarse al citado destino, dada su escasez economía. A los 17 años se encuentra en plena efervescencia independentista, llegando a escribir: “¿Concebís el absurdo de ese veto de las leyes divinas a sacudir el yugo del usurpador?... Así, el asesino de un monarca legítimo se ve inmediatamente protegido por las leyes divinas, en tanto que, de no haberlo conseguido, se habría visto condenado a perder en el cadalso su cabeza criminal... ¿con cuánta más razón, entonces, no podrá un pueblo sacudirse al usurpador? ¿Y no viene esa razón en apoyo particular de los corsos?... Lo mismo que pudimos sacudir el yugo de los genoveses, podremos sacudir el yugo de Francia. Amén”.

 

En fin, aunque deslumbrante, no vamos a extendernos en referenciar toda la excelente carrera militar de Napoleón Bonaparte. Entonces, sí estamos analizando el inicial contexto nacionalista de su figura y las circunstancias que le rodeaban, con la intención de extrapolar conclusiones a razón de respectivas y tristes coincidencias dentro de los movimientos independentistas canarios.

 

La genialidad estratégica de Bonaparte que en el futuro le brindaría tantos éxitos, con el estallido de la Revolución Francesa , le hace razonar una inigualable ocasión para la emancipación de Corsica. Sucede que aún es muy joven y se deja deslumbrar ante la idílica figura del, antaño, héroe Paquale Paoli. Impetuosamente, y, razones no le faltaban dadas las oportunidades de un acontecer histórico que pudo repercutir en la creación de un estado para su isla y que jamás volverían a brindarse, decide confiada e ingenuamente acercarse a Paoli, quien aún andaba exiliado por Inglaterra, mediante una correspondencia la cual jamás sería devuelta. Napoleón ya pudo cansarse a esperar, interés alguno por parte del solicitado, que nunca le llegaría respuesta alguna. Paoli, con el tiempo, se excusaba argumentando que no se fiaba de “las ambiciones sin límites” del joven teniente Bonaparte, y, eso que el padre de aquel brillante muchacho que confiaba ciegamente en él, en su tiempo, había sido su compañero de batalla.

 

Lo que si resulta irrefutable es que, mientras Napoleón entendía que el hecho de que la sociedad francesa se encontrase en pleno proceso de descomposición implicaba en sí un marco que no se debería desaprovechar para liberar a la patria, púes, Pasquale Paoli junto a otros supuestos libertadores corsos refrendaba la Asamblea Nacional para asimilar como provincia francesa a Corsica, así, obteniendo el derecho de poder retornar a la isla, invalidando su exilio. Duro golpe moral para un joven teniente de 20 años, Napoleón, que ya había decidido arriesgarse por el bien de su pueblo, pidiendo un permiso para dirigirse con rapidez hacia Corsica, haber recorrido las tierras corsas alentando a sus gentes al alzamiento y formando su propia guardia nacional, al estilo parisiense, exigiéndole a las tropas reales abandonar el poder. Pero, Paoli también regresó a Corsica obteniendo, oficialmente y gracias al estado francés, todos los poderes civiles y militares, además del respaldo popular que ya arrastraba desde las añejas luchas contra los genoveses.

 

Evidentemente, Napoleón desengañado ante el ídolo roto recela de Pasquele Paoli, teniéndolo como un “arcaico anacronismo”. La adversidad de sentimientos era recíproca, pues Pascuale del mismo modo desconfía ante la presencia de aquel joven en la isla, antojándosele demasiado “imprudente y ambicioso”.

 

“Aquí no termina el repertorio”. Una de sus tentativas estratégicas trataba en aprovechar las legislaturas para que su hermano José obtuviera un acta de diputado, a todas estas Paoli impone a sus candidatos y los Bonaparte acaban fuera del reparto. El golpe, soez, mella un poco más a Napoleón. Éste, crispado, ante tanta arremetida por parte del que en su infancia veneraba, acaba desquiciándose y acomete un paso en falso que lo dejaría en delicadísima situación, a él y a toda su familia dentro de la isla. Resulta que consigue colocarse como teniente coronel de la Guardia Nacional , puesto que ansiaba para así intentar con su pequeño batallón de voluntarios ocupar la Fortaleza de Ajaccio, pero, contradiciendo sus expectativas, la guarnición enemiga consigue resistir el asedio y la población ante el fracaso y temerosa de posibles represalias francesas termina arremetiendo contra él. Una vez más, quien único salió vencedor de todo éste desaguisado fue la veterana figura de Pasquale Paoli, el cual, no dudó en intervenir para imponer una tregua y, además, aprovechó para desautorizar a Napoleón.

 

Pero, Napoleón Bonaparte es muy obstinado y tras permanecer un corto periodo de tiempo en París, contagiándose del hervor revolucionario latente en esos días, decide retorna a Corsica, hastiando la paciencia del general Paoli. Éste, nuevamente impide que su hermano, José, alcance un pretendido puesto en la convención, decidido a acabar con la vida pública de los Bonaparte, además, mantiene una tempestuosa entrevista con Napoleón en la que le reprocha su regreso. Napoleón, pese a todo, alcanza a compaginar su cargo de capitán de artillería del Ejército francés con el de coronel de los voluntarios corsos. La ambición de Bonaparte no cesa y a base de conspiraciones asciende y nuevamente retoma el puesto de teniente coronel de los voluntarios. He aquí que Paoli, como “veterano perro viejo”, no se quedaba atrás en lo referente a conspiraciones y hace fracasar a napoleón al frente de la tropa mixta de franceses y voluntarios corsos. Es más, Paolí decide arrasar con los Bonaparte, no quiere verlos más por la isla. Entonces, producto de una soterrada batalla de tramas, desde ambos bandos y por lo bajo, todo acabó estallando y la población reacciona violentamente, influenciada ante la furiosa campaña que los paolistas estaban ejerciendo contra los Bonaparte. La familia de Napoleón, aterrada, debate su huida. Mientras, Napoleón fracasa por segunda vez y hasta en una tercera tentativa por tomar la fortaleza de la ciudad de Ajaccio, a fin de conseguir una posición de fuerza en la isla para hacerse fuerte ante Paoli y el sometimiento francés; esta vez la derrota sería definitiva.

 

Como ya argumentábamos en el inicio de este artículo, triste desenlace para un idealista veinteañero, Napoleón Bonaparte, el cual luchó hasta la exacerbación por la independencia de su nación, entendiendo el histórico e inigualable marco que la Revolución Francesa brindaba, y así mismo, acabando marcado ante tanto desengaño: Al igual que su fallecido padre, Carlos Bonaparte, terminó yendo a refugiarse al Maquis pero no perseguido por los invasores franceses, no, sino por el mismo pueblo corso, asediado por sus compatriotas, encima, estos, maliciosamente influenciados por aquel general “libertador” que tanto adoraba y del que en su niñez gustaba parecerse; inconcebible, deplorable, dantesco… Su madre, Leticia, se resistía en abandonar sus tierras, encerrándose en la casa y con fusil en mano, del mismo modo que antaño se resistió a alejarse de su marido, resultando una guerrillera más. Pero, la actual situación trascendía más desgarradora aún; ahora todos los Bonaparte deberían dejar su isla, su país, expulsados por sus propios paisanos. No le queda otro remedio que refugiarse en “su querido Maquis de la Guerra de Independencia”, del mismo modo que recientemente ejerció su hijo y como ya ella misma lo había hecho en otro tiempo. Luego, sus vecinos saquearon y prendieron fuego a su casa. No había más remedio, la huida sería inminente y el 11 de junio de 1793 se embarcan con rumbo a Tolón, para no volver jamás.

 

Lo expuesto no se trata de un guión cinematográfico, aunque bien que se podría comercializar, es historia. Y, si la historia sirve para algo es para aprender a no cometer unos errores que aunque sucedidos en otros lugares, y contextos, la psique humana los repercute como universales.

 

Son tantas las conclusiones que  podríamos exprimir de tales acontecimientos, extrapolándolas a la situación canaria, cada cual que las madure según aluda. Yo voy a generalizar exponiendo que en la actualidad Corsica (Córcega) aún sigue perteneciendo al estado Francés.

 

Desde las tentativas bonapartistas ésta región, que siempre había presumido de una resistencia encarnizada, se dejó adormecer en el regazo francés. Guiada por las excesivas prudencias de un aburguesado Paoli, recolocado con todos los poderes civiles y militares, gracias al gobierno galo. Éste, impidió por todos los medios poder gestarse una insurrección que aprovechando la disparidad y debilidad Francesa, en los comienzos de la Revolución , hubiera trascendido, gracias al coraje de Napoleón, en la independencia de su país. Pasquale Paoli, en vez de apoyar la insurgencia lo que hizo fue entorpecerla deliberadamente y provocar, zancadilla tras zancadilla, su fracaso. ¿Qué motivos podría haber para actuar así?; bien a consecuencia de que el viejo Pasquale, tras numerosos años en el exilio, ya no tenía el cuerpo para más sobresaltos y prefería no arriesgar una nueva vida, tranquila y acomodada en su isla, aunque Corsica resultase como provincia francesa; quizás, en realidad desconfiara de aquel sobresaliente y valeroso muchacho, tal vez temeroso de que le arrebatase un protagonismo que tanto se había labrado cuando el también fue joven e independentista; puede que resultase consecuencia de ambas circunstancias. Lo cierto es que si Napoleón Bonaparte y Pasquale Paoli se hubiesen aliado ante la coyuntura histórica de esos momentos, estoy seguro, a día de hoy, Corsica no seguiría siendo una nación sin estado.

 

Tengo la fortuna de conocer a diferentes compañeros de diferentes ámbitos del movimiento independentista canario, creo yo que llevándome bien con todos ellos. Y, todos, bajo sus respectivos puntos de vista exponen buenas razones. Es más, todos, según mi criterio, coinciden en las mismas reacciones viscerales, en mayor o menor medida, detrás de las cuales casi siempre se esconden personalismos que se han acentuado tras una serie de desavenencias ante posteriores roces. Para razonar las discrepancias, que normalmente suelen ser producto de afecciones en el ego más profundo, se inventan mil y una excusas de índole ideológico y político, o simplemente se le afrenta al otro por la vía directa. Al final, se cae en una inproducente inercia, mimetizada tanto en unos como en otros, que los termina aislando y en algunos casos intentando crear sus propios grupúsculos. Son los más jóvenes, y los que empiezan a sentir la necesidad de trabajar por la liberación nacional, los que acaban viéndose afectados ante toda esta enajenación, ¿quién es el más legal?, ¿a quién creer?; al final acaban hechos un lío y desestimando cualquier tipo de labor, ¿para qué si los otros no la van a saber apreciar rebuscando cualquier pretexto a fin de desacreditar?

 

Me vengo dando cuenta de que son los grupos juveniles, como Inekaren o J-CNC, además de jóvenes compañeros a título personal, los que reunión tras reunión insisten en la necesaria Unidad de Acción, no guiada por los intereses de determinados partidos sino desde el colectivo. Están dando un ejemplo y una lección que a otros más mayorcitos no les interesa captar. Sí, del mismo modo que en aquella lejana historia, de aquella lejana isla, donde fue el joven revolucionario quien tuvo la bravura para accionar la emancipación patria pero que resultó verse impedido por otro más viejo, con sus propios intereses y con más malas mañas.   

 

Apoyarnos mutuamente en determinadas acciones no tiene porqué producir sombra en los partidos, movimientos o colectivos de cada cuál. Señores, recapacitemos y concluyamos que quienes no estén por la unidad de acción no están por la descolonización e independencia, sino, magek sabrá detrás de qué.