Deslegitimación sindical
Juan Jesús Bermúdez
Dentro del paquete de medidas socioeconómicas, con
hondo calado ideológico, que sustentan la actual política de recortes para los
sectores más desprotegidos, anda desperdigado, por parte de un sector de la
grada, el cuestionamiento del sindicalismo en el devenir de la crisis de empleo
que estamos sufriendo.
Esa parte ruidosa del estadio considera infumable que
una organización de representantes de los trabajadores/as reciba dinero público,
o acaso horas para ejercer la labor sindical. Probablemente, aunque no está en
el guión expresarlo ahora, también consideren deleznable que se informe a los
trabajadores/as sobre sus derechos, existan comités de empresa con capacidad
para presentar reivindicaciones, la evaluación de la prevención de riesgos
laborales, o asambleas de trabajadores para discutir sobre sus condiciones de
trabajo, acciones todas ellas que requieren, hoy por hoy, de un imprescindible
apoyo económico y organizativo para poder afrontarlas, al cumplir una evidente
función social de integración y compensación de desigualdades. Se puede decir
bien alto, porque la mayor parte de las mejoras en los centros de trabajo no
han caído del cielo (y existe mucho de amnesia interesada en este olvido), sino
que han venido de la mano de trabajadores/as organizados que se han movilizado
para mejorar el desempeño del trabajo en las empresas, siguiendo una estela
casi intemporal pero que, sin embargo, aún hoy tiene un enorme recorrido por
ejecutar, con reconocimiento expreso en nuestro marco normativo fundamental, y
desde el convencimiento de que una economía no tiene futuro si empeora la
situación de lo que algunos denominan sus “recursos humanos”.
Si tiráramos un poco más del hilo de los ultrasur del campo de batalla, nos encontraríamos con el
mensaje cualificado de técnicos de grada que consideran que la negociación de
convenios colectivos -que nuestro ordenamiento jurídico dota de la categoría de
ley- debe pasar a ser historia, y que lo que aquí importa es el “tú a tú” del
empresario y el trabajador, tirando por la borda códigos enteros de derecho del
trabajo y su misma justificación histórica, una justificación que parte de la
manifiesta desigualdad existente entre empleador y empleado, lo que ha
provocado necesariamente la creación de un ordenamiento que tutele el derecho
constitucional a acceder al trabajo.
Ocurre, sin embargo, que del otro lado del campo nos
encontramos con un silente público que, probablemente, precise encontrar fáciles
chivos expiatorios a la lamentable situación sociolaboral que vivimos.
También quizás se haya olvidado, tras la marea de crecimiento de la última
década, que el mantenimiento de las condiciones de trabajo, y su mejora, pasa,
entre otras cuestiones, por la organización activa de los asalariados/as, tanto
en los centros de trabajo como en el ámbito nacional e internacional, y el
correspondiente reconocimiento de su papel socioeconómico por parte de las
instituciones.
La necesaria y mejorable gestión sindical vendrá de la
mano de los que eligen a sus representantes, si consideran que es necesario
organizarse para defender derechos que se mantienen, y sólo si hay movimiento
para su defensa, porque de otro lado también cabe la inopia, languidez y resignación
ante cambios que parecen inevitables a la luz de los reclamos especulativos y
financieros de turno. La cantidad y calidad del empleo, así como la aspiración
a una sociedad mejor, y la imprescindible presencia de la organización de los
trabajadores y trabajadoras dependerá del grado de compromiso de una sociedad
con la garantía de derechos a acceder a un puesto de trabajo, y que éste tenga
condiciones dignas.
A contrapie ha cogido
a esta sociedad la dimensión de la ola “contrarreformista”
que se está fraguando. Probablemente andamos adormilados, sin entender muy bien
en qué consiste esta algarabía que algunos quieren montar, pensando más en las
tarifas del móvil que en la probabilidad de que el entuerto vaya con
nosotros, instalados en un impasse que algunos (cosas de la falta de
memoria histórica) creen imperturbable. Pero trae esta campaña una carga de
profundidad demasiado seria para ignorarla y demasiado irresponsable sería,
aunque fuera por la memoria de los trabajadores/as que han caído a lo largo de
los años, abandonarnos al nihilismo, cuando probablemente tengamos una cita
histórica hoy con el futuro del trabajo digno, que algunos se empeñan en estos
días, y en aras de los sacrosantos mercados, en cuestionar.