Los deslocalizados
Wladimiro
Rodríguez Brito
El lenguaje y las
aptitudes humanas hacen que cada día los hechos nos pongan en territorios en
los que no esperábamos encontrarnos; de esta manera, de la UE esperábamos apoyo
y solidaridad en el marco de las RUP (regiones
ultraperiféricas) en las que Bruselas supuestamente nos arropaba, como también
protegía el agro, ya que en el nacimiento de la comunidad económica europea se
dedicaba al agro más del 50 por ciento del presupuesto a la llamada PAC. Los
fundadores de la UE habían sido hijos de la hambruna de las dos guerras
mundiales. Ahora los tiempos y el lenguaje al uso nos dicen que "sobran
alimentos", que campo y agricultura son sinónimo del pasado, que ahora lo
que toca es la globalización, la especialización de la UE en industria y
servicios y destinar las actividades primarias a los terceros países; la UE
quiere especializarse en comercio e intermediación. Hablan del libre comercio
de los acuerdos de Doha. Mientras EEUU aplica un duro
sistema fitosanitario y arancelario a los productos del sector primario, la UE
sube aranceles, ante la entrada de calzado de China y Vietnam, que arman y
apoyan sectores industriales con importantes aportes de recursos públicos. Así,
por ejemplo, General Motors o la Ford reciben miles de millones de euros. Aquí
descrestan aranceles a los productos agrarios: plátanos, tomates, papas,
productos ganaderos, sacan de la manga las leyes de bienestar animal, leyes que
no existen para los animales en los países de los que importamos productos
ganaderos.
Estamos, pues, ante lo
que ahora llamamos la deslocalización, término que no existe en el diccionario
del uso del español de María Moliner, y significa, según los entendidos en la
globalización, desplazamiento de una actividad al lugar en el que las
condiciones sociales y económicas sean las más apropiadas. Valoración que suele
estar vinculada a costes por beneficios económicos para las empresas, y sus
consecuencias suelen tener unos costes sociales importantes siendo muy
significativos para los territorios en los que dejan de operar las empresas que
se desplazan, es decir, que se deslocalizan. En el caso de Canarias nos dejan
huérfanos, ya que la UE nos habla de la libre circulación de las mercancías, lo
que hace que no sólo perdamos las producciones que tradicionalmente exportamos
a la UE, sino que tampoco podemos producir para el mercado interior, ya que las
importaciones de países terceros, con sueldos de hambre, hacen no competitivas
las producciones locales.
En los últimos meses
hemos importado bienes que podemos producir aquí, como es el caso de las papas,
con precios de ruina para nuestros agricultores (0,20 euros el kilo y de leche
a 0,40 el litro), y otros bienes básicos que hacen que el sector agrario
acelere la crisis, caso de los plátanos. Mientras tiramos a los barrancos
varios millones de kilos el pasado verano, entraban en la Península bananas
tropicales cultivadas por campesinos que no cobran más de 5 ó 6 euros diarios.
Es significativo que aquí el campo ha desaparecido del debate público.
Escuchamos hablar de la sostenibilidad, cambio climático, y mientras importamos
alimentos producidos en el Tercer Mundo olvidamos el valor estratégico del
campo y del agua, bienes cada día más escasos en Canarias y en todo el planeta,
y lo que es peor, nuestros jóvenes posmodernos no quieren oír hablar para nada
del campo, ahora toca hablar de las nuevas tecnologías y del cambio climático.
Hablamos continuamente de reserva energética, pero olvidamos la suficiencia
alimentaria. Hasta Sarkozy se acordó hace poco del
campo francés y puso más partidas económicas reconociendo la crisis que vive el
campo francés y el de la UE.
Hace unos años
proponía encabar el sacho. Hoy digo que la llamada deslocalización del campo
canario nos puede traer una situación de carencias preocupantes si no se
aplican marcos que protejan las producciones locales ante unas importaciones
que, basadas en la economía de mercado, priman al especulador sobre el
agricultor que pone esfuerzo y cariño al terreno que cultiva. Aún estamos a
tiempo de dignificar y rescatar un importante patrimonio agrario y ambiental en
las Islas. ¡Encabemos el sacho! La suerte de nuestro campo no puede estar
pendiente del tejer y destejer de la Bolsa y los grandes lobbys. Lo que aquí es
artesanía son surcos en la lava, son valores no cotizados en bolsa, no tienen
precio pero sí tienen mucho valor. Como casi todo lo que vale para la
Humanidad, no cotiza en la bolsa.