Juan Antonio Delgado
Santana
¿Amar la justicia, encender la antorcha
de la libertad, congraciarse con la tierra que nos vio nacer es acaso odiar?
¿Es acaso sembrar la semilla de la discordia pretender eliminar las raíces de
la opresión? ¿Conocer la efervescencia anímica a través del sacrificio personal
no resulta acaso el germen necesario para la tranquilidad venidera? ¿No es esto
amor por la humanidad y el planeta, la forma más sublime de la praxis?
La
vida universal se forja irremediablemente en medio del conflicto y la relación
entre contrarios. Y frente a la adversidad potencial o consumada surge la
atracción recíproca, la armonía entre iguales. La dialéctica impone su carácter
omnímodo desde el principio de los tiempos.
Tras
el día viene la noche, tras la tormenta aparece la calma, el ser humano es
visible (cuerpo) e invisible (espíritu y ánimo). El método dialéctico nos dice
que cada manifestación engendra su propia contradicción. Incluso la ciencia
social convencional contemporánea acepta (aunque a regañadientes) estas pautas
de pensamiento; al fin y al cabo se basan en la naturaleza, en la contemplación
cotidiana del mundo. El procedimiento cognitivo es bien conocido: la
manifestación naciente constituye la tesis, la cual genera una contradicción
que genera la antítesis y ambas se congregan en una síntesis que se troca en una nueva afirmación o tesis que inicia el nuevo
proceso.
Nos
informan que el hombre pisó la luna, que el rey salvó la democracia, que
La
ciencia convencional acepta (acata) la visión heliocéntrica, la doctrina de la
evolución, el hallazgo del adn que proclama la
impostura de la supremacía étnica... Las ciencias de la naturaleza son
aceptadas como patrones especializados del conocimiento académico. Pero la
ciencia humana dialéctica, el marxismo, el socialismo científico, la democracia
participativa... siguen siendo objeto de satanización o escrupulosamente
desechadas. ¿Por qué? Su puesta en escena supone un grave cuestionamiento del
orden establecido, una piedra angular que desvela los principios corruptos y
demagógicos del neoliberalismo imperante.
No
puede ser de otra forma: el orden burgués acepta el descubrimiento darwinista
de la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, y a la vez vilipendia la
ley del desarrollo marxista de la historia humana.
Son
las relaciones de producción y de cambio, las relaciones económicas --nos dice
Marx-- las que determinan dialécticamente el curso de la historia. Por eso la
democracia económica representa una herejía dentro del pensamiento político; el
logos neoliberal es sólo un fruto podrido; su pervivencia depende del
envenenamiento masivo (alienación) de las masas o de la feroz represión.
El
invasor de pecho de hojalata y atronador arcabuz tiene su escriba y su fariseo,
antes y ahora. Antaño codiciaba tierras inexploradas para engrandecimiento del
reino católico, recios esclavos como mano de obra gratuita y bellas esclavas
para solaz de la soldadesca. En el presente, para perpetuar su carnívoro
usufructo y su tentacular esquilmación, sigue
precisando guerras imperiales, trabajadores desconcienciados,
cortesanos serviles y correveidiles alegres: la mesa de las depravaciones está
servida y el que se mueva se pierde el espectáculo.
Los
informativos televisivos repiten: los ricos también lloran, los soldados
invasores también sonríen, los torturadores tienen hijos y sus esposas los
esperan en casa con la luz encendida... Nos inundan de basura e inmundicia
digitalmente reciclables: sonrisas envenenadas para aprovecharse del erario
público, proclamas institucionales para urdir las corruptelas presentes y
venideras, diatribas de salón entre plutócratas rivales que luego van a cenar
juntos... Los robots destructores de nueva tecnología Obama/
ZP... resultan convenientemente más útiles e
higiénicamente más presentables que los monstruos devoradores de hamburguesas
humanas que les precedieron.
Nos
regalan una pesadilla de falsas libertades, de senderos prohibidos, de faros
que hacen encallar promisorias naves bajo la luna ensangrentada. La labor de
destrucción y manipulación es obra de gente variopinta: adoradores del becerro
de oro, vendedores de humo, encantadores de serpientes, magos sombríos que
sacan nuevas plagas del sombrero... Se exhiben nuevas películas de terror, pero
el terror cotidiano recorre las aldeas de Afganistán, las calles de Bagdad, los
suburbios de Haití, las mazmorras de
El
sistema opresor, en su afán de ebriedad orwelliana,
repite hipnóticamente algo así: "Los revolucionarios odian, siembran la
semilla de la discordia, procuran la lucha, desconocen la tranquilidad."
Tal es el oficio oscurantista del monstruo, tal es el falseamiento perenne de
la realidad.
La
dialéctica, imperturbable como sol refulgente, se postula en el frente contrario:
¿Amar la justicia, encender la antorcha de la libertad, congraciarse con la
tierra que nos vio nacer es acaso odiar? ¿Es acaso sembrar la semilla de la
discordia pretender eliminar las raíces de la opresión? ¿Conocer la
efervescencia anímica a través del sacrificio personal no resulta acaso el
germen necesario para la tranquilidad venidera? ¿No es esto amor por la
humanidad y el planeta, la forma más sublime de la praxis?
La ignorancia
consolida los valores convencionales y legitima la injusticia establecida; pero
el conocimiento abate los prejuicios y transparenta
las desigualdades. El torturador se mofa, avasalla, abusa, muestra su cobardía
a través de la impunidad; el torturado se dignifica, padece, se duele,
manifiesta su valentía mediante su propósito de resistir.
Hemos
contemplado gente intrépida luchando contra la tiranía. Hemos visto gente
heroica enfrentando a quienes blanden porras y armamento. Hemos observado sus rostros.
Estaban radiantes de convicción, de valor, de fuerza combativa. Les hemos visto
apretar los dientes y mirar de frente al presente, vislumbrando el infinito del
instante. Miles de estas personas combatientes han caído, otras permanecen en
prisión o desaparecidas, muchas siguen en pie de lucha, día a día. Cierto que,
incluso, tales personas ignoran que son heroicas. Simplemente cumplen con su
deber, según sienten: la dignidad personal les impele a ofrendar lo mejor de sí
mismos.
¿Qué
es la vida si el aprendizaje no cuaja en felicidad intrínseca, si la edad
cierra el paso al amor y al compromiso, si la distancia con uno mismo
multiplica los miedos? Y en ese transcurrir, ¿adónde ir, con quien compartir la
palabra y el tacto, la armonía que danza en la fertilidad de los hallazgos? Ya
lo decía Atahualpa Yupanqui en su canción del payador solitario: la rebelión es
mi ciencia.
El sol, astro colosal,
nutre nuestras energía y desvela nuestros sueños. El proyecto de la mujer
verdadera y del hombre auténtico no puede morir. El itinerario galopa entre la
abolición y el crecimiento. La abolición del oscurantismo, de la ponzoña, del
dardo aniquilador, del metal asesino. El crecimiento del esplendor, de la
terapia vital, del empuje solidario, de la mano amigable. Aspiramos a la
verdadera libertad a través de todas las corrientes de esa mar de adversidades
y regocijos llamada vida.