Es el disparate, estúpido

El nuevo modelo del sistema de pensiones y el privilegio de los parlamentarios

 

Juan Jesús Ayala

En esa, y no otra, la frase que debe generalizarse simplemente porque lo que define esta actitud marca un lindero que ya rebasa los límites hasta del absurdo. Ejemplos. En este momento, quizá se frustre, se está discutiendo el nuevo modelo del sistema de pensiones y no hay acuerdo posible en lo referente a la marca de los 67 años como fecha tope. Y que si se incentiva o no la permanencia más allá de esos años en la vida laboral, o si hay que partir de veinte años de cotización. Cualquier cosa si es la racionalidad la que impera y las políticas de ajuste sobre las que hay que actuar no se pueden eludir por torpeza de los políticos que han metido al Estado español en un grillerío donde nadie sabe hacia dónde caminar, pues está bien. Y entender que es lo que hay y que con esos bueyes tendremos que arar.

Pero el disparate surge cuando los que allí se reúnen en torno a una mesa se quedan ante estas cuestiones de tamaña envergadura impávidos, y como no va con ellos ni siquiera se les cae la cara de vergüenza, puesto que descaradamente se han fabricado un blindaje altamente alentador. Y es que solo once años de cotización, o de trabajo parlamentario, les da acceso a disfrutar de la pensión máxima, lo que a cualquier hijo de vecino le supone una cotización durante 35 años.Y luego, para más pitorreo, están los personajes. La que comanda esta reunión como representante del gobierno del PSOE padece un cierto grado de dislexia, y con una calificación intelectual muy bajita para estar donde está trata un problema tan candente y vital como este de las pensiones, donde el esfuerzo de miles y miles de trabajadores que han depositado sus dineros en las arcas del Estado para tener una pensión más o menos digna se verá frustrado por la incompetencia o estupidez

Y, por otra parte, está el disparate máximo que nos sacude por cualquier punto del planeta, a excepción de países que destacan, sobre todo, en aquello que estriba en desarrollar su inteligencia y cultura ante ese viceanalfabetismo galopante que se ha instaurado en una sociedad de retumbo y de ruido como único medio de comunicación.

El viceanalfabetismo no acoge a los que no saben leer o malinterpretan lo que leen, sino que forma parte de la personalidad de aquellos que aun teniendo títulos académicos están instalados en la sorpresa, en la aniquilación por sí mismos y alejados de su verdadera esencia, y que teniendo facultades para ponerse en el lugar donde su dignidad les corresponde no lo hacen, teniendo pues que someterse, si fuera posible, a un periodo de reflexión y entender que forman parte de un todo que si se produce el descalabro más aun que el económico la responsabilidad es compartida, de unos y otros.

Este viceanalfabetismo compromete no solo a cualquier pueblo de la tierra, que lo ata y deteriora, sino que es capaz de extenderse como una mancha de aceite por todo el planeta, salvo raras excepciones, y dar así nacimiento a una sociedad sórdida, incapaz, plena de nihilismo, acosada por el retumbo y el apabullamiento de los que pretenden condicionar las colectividades bajo el hipnotismo de los medios a su alcance y a su favor, pagados por todos y por todos, contribuyendo a que sea la destrucción la que se propicie en el momento menos pensado, y al final hasta seremos tan tontos que desde nuestra estupidez establecida aplaudiremos al monstruo y al depredador.

Entre la torpeza establecida y la falta de coherencia cerebral por disfuncionalidad social y personal se está fabricando un nuevo espécimen que hace que el disparate sea el rey de la situación, y lo peor no es eso, sino que lo asumimos como irremediable y sin solución al menos, por lo que se ve, a corto plazo.