Doble vara de medir
Wladimiro
Rodríguez Brito
Querido lector, en
numerosas ocasiones nos encontramos con muchas contradicciones entre lo que
predicamos y lo que hacemos, y nuestros hechos se alejan de la palabra y, en
consecuencia, la palabra sufre la correspondiente devaluación y la asociamos
con el personaje que degrada el lenguaje. En los tiempos que corren, es
frecuente que desde las instituciones se use un doble lenguaje, lo que los
hombres del campo llaman doble vara de medir. Esto nos pone a los que estamos
en la cosa pública y asociamos la palabra a los hechos, a la ética, al
compromiso, a la problemática social y ambiental, en una situación difícil, ya
que las leyes no son florituras o cantos al sol en un recital de poetas
anunciando la primavera.
Entremos en materia.
Estos días hemos visto a los ganaderos tirando la leche. La UE establece una
serie de pautas para la agricultura y la ganadería que hace que nuestros
agricultores y ganaderos tengan que abandonar el campo, ante la imposibilidad
de sobrevivir, al aplicar en la UE una doble vara de medir a los que trabajan
en territorio comunitario y los que lo hacen en el resto del planeta. Para
ello, utilizan el lenguaje de costes de producción, libre comercio, supuesto
desarrollo para países terceros y tantas otras frases hechas, alejadas de los
problemas sociales y ambientales tanto para los agricultores comunitarios como
los supuestos beneficiados fuera de la UE.
Como hemos visto los
problemas de la leche, con los precios que le pagan a los ganaderos en algunos
casos no les da ni para comprar el forraje de los animales, pagando por un
litro de leche 40 céntimos de euro, incluso menos. Situación similar ocurre con
las papas, 30 céntimos al agricultor, situación que se produce con la mayoría
de los productos del campo. Este marco de relaciones, de supuestos costes de
producción y de hacer más económica la cesta de la compra, no sólo arruina a
los agricultores y ganaderos comunitarios sino que explota y arruina a los
supuestos beneficiados en el tercer mundo, pues la leche de Argentina -con
costes de 15 pesetas litro-, o las papas de Egipto -a 10 pesetas kilo- están
producidas por hombres, mujeres y niños sin seguridad social, con salarios de
hambre y con un colectivo de trabajo en situación de precariedad lamentable;
pero es más, las supuestas leyes de bienestar animal en la UE, por las que las
granjas de aves han de mejorar el espacio para las mismas, situación que está
desplazando hacia terceros países las granjas de las que multinacionales del
ramo importarán los huevos y las aves que ahora están en territorio
comunitario. Multinacionales en las que sus directivos no se ponen sueldos de
Argentina o de Egipto. Mientras aquí hay que invertir más de 5.000 pesetas por
gallina, según la nueva ley de bienestar animal, las granjas desmanteladas las
ponen en Marruecos, de donde traerán los huevos de aves sin el supuesto
bienestar comunitario o bien le piden a los ganaderos de vacuno local la
higienización de los piensos (5 pesetas kilo) con costes de 50 pesetas por vaca
y día. Para las vacas de terceros países no hay higienización ni bienestar
animal que valga.
Así entendemos lo que
está ocurriendo en las Islas, como es el caso de Gran Canaria, con la limitada
producción local de leche, alegando que no tiene mercado en la Isla, tirando
una parte los ganaderos en un marco legal que desnaturaliza al campo y la
alimentación de nuestra gente, creando una mayor dependencia del exterior,
arruinando el sector productivo local. No es menos preocupante la situación
social y ambiental de un campo sin campesinos. En una palabra de un campo
desnaturalizado.