La economía desestructurada

 

Pablo Paz *

No existe un proyecto político serio que esté basado exclusivamente en discernir los aspectos ideológicos de la moral y de la cultura, obviando la importancia que para cualquier sociedad moderna tiene hoy día la economía. Es más, tal y como están las cosas, la economía ha pasado a ser el eje fundamental de la política de cualquier administración pública. No podemos seguir admitiendo como normal la propaganda institucionalizada, que intenta imponernos una realidad inventada, para alejarnos del peor escenario económico posible.

España está abocada a hacer frente a dos o tres ejercicios de dificultades económicas, durante los cuales habrá de esquivar como pueda las consecuencias del resbalón inmobiliario, el frenazo de la financiación crediticia y, cómo no, la inflación. De hecho, se puede decir que ya estamos en recesión técnica, al caer tanto la producción como el consumo. Es evidente que España tiene su propia crisis económica, al margen de la crisis global que tanto alarma al mundo financiero, al haber permitido, en buena medida, que la economía especulativa se convierta en una economía virtual, que ha terminado por usurpar la economía real.

En definitiva, una economía rendida al ladrillo, pero que más que riquezas lo que ha contribuido es a generar puestos de trabajo. De hecho, la incidencia de la construcción apenas representa el 9% de la riqueza de nuestro país, correspondiéndole a la industria el 14% y siendo el sector servicios el 77% restante. Por tanto, es cierto que el hundimiento del ladrillo ha aportado el mayor porcentaje de parados, pero no toda la culpa la tiene la burbuja inmobiliaria. La banca tiene también su buena parte de culpa, al apostar por la seguridad de los activos reales -principalmente suelo y vivienda-, en detrimento de las garantías que puede ofrecer el sector productivo, entre otros.

Todo ello ha contribuido en buena medida a la desestructuración de una economía prisionera de una morosidad creciente y de una alarmante falta de diversificación, que ha conducido a un momento crítico, donde escasean los flujos de créditos y donde los balances de bancos y de cajas reflejan de forma temeraria riesgos innecesarios y pérdidas inquietantes, que sólo pueden ser paliadas con ayudas estatales -en definitiva, con el dinero de todos los contribuyentes- para que vuelva a fluir el dinero.

Pero el dinero en realidad está basado en la confianza y en la responsabilidad, tanto colectiva como individualmente; pero sobre todo es la confianza la que se hace añicos cuando el que tiene que tomar decisiones no lo hace, o cuando los bancos y las cajas son intervenidas por el Banco de España, a pesar de los avisos de éste y a pesar de que el sentido común nos advirtiera de que una combinación creciente de morosidad, fuerte caída del precio de la vivienda y un estancamiento económico podían ser peligrosos para el negocio de los bancos y de las cajas, ya que, a la larga, se verían depreciados sus propios activos.

Por supuesto, el Gobierno de España, como le gusta llamarse cuando le conviene, ve con espanto cómo sus planes, esencialmente basados en ganar tiempo, no son los más adecuados para afrontar esta crisis económica. Está claro que sólo con hipótesis optimistas, que la cruda realidad se empeña en poner en evidencia, y con promesas a largo plazo, que el tiempo se encarga de devorar a toda prisa, sólo demuestra, una y otra vez, que las disposiciones adoptadas hasta ahora han sido poco más que unas medidas paliativas que no han servido para encauzar la economía real.

Este Gobierno no es capaz de afrontar su responsabilidad de hacer frente a una urgente y necesaria reforma estructural, la mayoría de ellas probablemente impopular, así como determinadas reformas económicas de mayor calado, encaminadas a aumentar la productividad. No todo puede ser aumentar el gasto público con la intención de que crezca la demanda de los ciudadanos, si no va a la par de otras medidas de ofertas, como puedan ser la bajada de los impuestos y la reducción o, al menos, la congelación de los salarios; así como una revisión exhaustiva del gasto corriente de las distintas administraciones públicas, incluidas las autonómicas, y una urgente reforma del mercado de trabajo. A ver si con una buena gestión, y asumiendo por parte de todos los agentes implicados las responsabilidades pertinentes, logran de una vez que la economía deje de ser, por fin, un problema.

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