Dos artículos
patéticos
Miguel zerolo, alcalde de
Santa Cruz de Tenerife, publicó el domingo en nuestro periódico un artículo
titulado "Una sociedad callada" [1].
En la misma página, Ana Oramas, ex alcaldesa
de
El título "Una sociedad callada" del
artículo de Zerolo es equivalente al de "un
hombre y un político forzado a callarse por las amenazas". Zerolo deja escapar por cada poro de la piel el sudor de su
indignación por el atropello que sufre su dignidad y su patriotismo político.
Un hombre y sus obras silenciado por el capricho de los enemigos de Santa Cruz
y de Tenerife; enemigos que son […] dirigentes políticos y los sectores
económicos que no quieren que Tenerife tenga el desarrollo que le corresponde
por ser la isla más grande, la más poblada y la de mayor peso específico, pese
a que el Parlamento, para complacer a los de la isla amarilla, opten por la
enumeración siguiendo el orden alfabético, de forma que Tenerife aparezca en
último lugar.[…]
Decimos que el artículo de Zerolo
es patético porque el alcalde de Santa Cruz tiene miedo y expresa lo que quiere
expresar con su silencio. ¿Cómo puede un hombre y su espíritu estar sometido a
la voluntad de un guitarrista político? Lo de Ana Oramas, como señalábamos al
principio de este Editorial, es más patético todavía. O ridículo. ¿Cómo puede
pensar la pulga que tiene el peso del elefante para permitirse amenazar al
paquidermo? ¿Qué puede hacer ella por sí misma? ¿Qué caso le hará Zapatero a
una pigmea política de allende los mares, a la que le permiten discurrir y
transcurrir por los pasillos del Congreso de los Diputados, pero sólo como
florero andante? Se cree una figura pero sólo es una figura decorativa.
Zapatero y los suyos le echan unas migajas, como siempre han hecho los
peninsulares con los canarios, para enmudecerle la lengua. Qué pena, porque
aunque doña Anita sea una pulga, cuando quiera le puede dar un picotazo en
cualquiera de los mofletes del presidente y decirle que tiene que desprenderse,
y pronto, de la última posesión colonial que le queda a España.
El artículo publicado por Ana Oramas este domingo en
EL DÍA es, lo repetimos, de una absoluta estupidez política. ¿Por qué tiene
Canarias que estar sometida a la crisis española? ¿Qué relación tiene Canarias
con España? ¿Qué tendrá que ver un continente con unas islitas allá a lo lejos?
Si los políticos canarios planteasen en Madrid el deseo de independencia de
este Archipiélago, estremecerían a España más de lo que lo hace el País Vasco,
Cataluña o Galicia con sus respectivos nacionalismos. Y, además, con más
razones, porque no es un territorio continental, sino insular y lejano, y porque
los peninsulares cometieron crímenes de lesa humanidad cuando invadieron las
Islas, y porque llevan 600 años saqueando sus riquezas. No con galeones, como
hicieron con América, sino con oficinas de recaudación de tributos.
Si a doña Ana Oramas le gusta la palabra
"pamplina", a nosotros nos gusta machangada.
"Es hora de que el presidente del Gobierno se deje de pamplinas con
Canarias", escribe la señora de la política pura en su patético y torpe
artículo. "La aprobación de la moción con las medidas anticrisis en
Canarias fue un primer paso, necesario pero insuficiente. Es grave que durante
más de mes y medio no se haya adoptado la más mínima de esas medidas, incluso
las que ya tenían mención en los Presupuestos". Machangadas,
doña Ana; machangadas. Y los canarios no están para
pagar sus machangadas en Madrid. Claro que no se
adoptan esas medidas porque ni a usted, ni al señor Perestelo
ni al otro le hacen caso en la capital de
¿Cómo es posible que los políticos canarios hayan
hecho dejación de la defensa de sus Islas?[…] ¿Cómo es
posible que unos y otros hayan dejado solo a EL DÍA en la defensa de Tenerife y
de Canarias? No nos importa. Si hemos de ser el último bastión en la tutela de
nuestra tierra, asumiremos esa tarea con responsabilidad y patriotismo. Somos
canarios, no españoles. Lo dijo Bolívar y lo repetimos nosotros ahora. "No
me callo porque quiera, sino porque debo", escribe Miguel Zerolo en su artículo. "Algún día, supongo, podré
hablar. Y ese día podré decir tantas y tantas cosas que hoy, porque respeto
Extracto del editorial de El Día, 12-05-2009