Memoria histórica y un digno ejemplo

Con frecuencia se habla en España de la importancia que tiene la memoria histórica. Como cabe suponer, dicha memoria se remonta a los hechos ocurridos durante la guerra civil de 1936. Sin embargo, los canarios tenemos otra memoria histórica también referida a crímenes viles que se produjeron mucho antes. Hechos ignominiosos, e igualmente constitutivos de un delito de lesa humanidad, acontecidos hace seis siglos y de los que fue víctima el pueblo que habitaba pacíficamente estas Islas. Los guanches, lo repetimos una vez más ya que los amantes de la españolidad no cejan en su intento de denigrarnos por defender la libertad de Canarias, eran personas nobles que poseían su propia estructura jerárquica, social y familiar. No eran salvajes ignorantes, como han intentado hacerle creer al mundo los conquistadores castellanos y los mercenarios andaluces, y de otras tierras de la Península y de Europa, que los acompañaron durante la infame y brutal conquista de las entonces Islas Afortunadas. ¿Por qué no recuperamos también esa memoria histórica? ¿Es que no son importantes nuestros antepasados?

Esa conquista de Canarias marcó a España para siempre como un país invasor. No obstante, el Gobierno del PSOE tiene ahora en sus manos la oportunidad de limpiar esa mala imagen de los españoles. Para ello bastaría con que se adelantase a la fecha tope -repetimos, el año 2010- establecida por el Comité de Descolonización de los Pueblos de las Naciones Unidas, e inicie de forma unilateral el proceso de liberación de Canarias. Un gesto, lo repetimos, que contribuiría a borrar esa mala imagen de un país con el que deseamos mantener relaciones de todo tipo una vez que alcancemos el estatus de nación libre y soberana -es decir, independiente- porque poseemos una lengua y una cultura españolas y, por extensión, europeas.

Existe otra razón importante para que España libere a Canarias del yugo colonial con el que la somete: Marruecos. No nos cansaremos de insistir en que estamos en aguas marroquíes, por mucho que se empeñe doña Ana Oramas con sus ejercicios de la política pura, al igual que se empeñó en un pasado reciente Victoriano Ríos con sus medianas asimétricas, y también el propio Gobierno de Zapatero, con su ministro de Exteriores, al proclamar que España expandirá sus aguas territoriales hacia el Oeste; es decir, hacia el Atlántico, donde no hay nada de interés. Ni posibles hidrocarburos, ni bancos de pesca; nada de nada. Lo que interesa está en otra dirección; concretamente, hacia el este y sureste, pero ahí España tropieza con los intereses del reino alauita, amparados, por mucho que Madrid trate de ocultarlo, por la legislación internacional.

España es en estos momentos un país débil. Lo es en gran medida debido a la actitud errática y destructiva de Zapatero, cuya única habilidad política -eso es lo que ha demostrado- es sonreír hinchando los mofletes. Esa debilidad impide que, llegado el caso, las autoridades españolas puedan oponerse a los intereses marroquíes, máxime cuando Rabat también cuenta a su favor con el apoyo de Estados Unidos. No obstante, estamos convencidos de que España dejaría que Marruecos nos convirtiese en una de sus provincias incluso si no existieran esos condicionantes que juegan a favor de Mohamed VI y sus pretensiones, continuistas con las de su padre Hassan II, de construir el Gran Magreb. Una expansión territorial que incluye el Archipiélago canario, además del Sáhara y ciertos territorios de Mauritania a los que Marruecos renunció en 1967 sólo por presiones internacionales, pero que siguen vigentes en ese ideario expansionista. Por eso, uno de los mayores favores que podría hacerle España a Canarias en este momento es concederle su independencia. De esa forma conseguiría dos logros con un mismo gesto: resarcir la conquista genocida a la que sometió a estas Islas seiscientos años atrás y evitar que caigamos en manos de Marruecos, pues como estado independiente, con representación en los foros internacionales, estaríamos a salvo de esas pretensiones anexionistas de Rabat.

Lo repetimos: el día menos pensado nos levantamos con la chilaba a los pies de la cama, lista para que nos la pongamos porque nuestra nueva condición es la de marroquíes. De hecho, ya hay una numerosa presencia de ciudadanos de esa nacionalidad en Canarias. Personas a las que acogemos con la hospitalidad característica de nuestro pueblo, al igual que son bien acogidos los canarios dispersos por el mundo debido a la diáspora, pero siempre con la premisa irrenunciable de que Canarias no es parte de Marruecos.

¿Por qué no ejerce Marruecos ese derecho sobre nuestras Islas, si los vientos de la legislación internacional soplan a favor de sus intereses? Eso también lo hemos dicho, pero lo repetimos ahora para los olvidadizos, los españolistas -como los que quieren presentar mociones de españolidad en los ayuntamientos- y los que, afectados por el denominado síndrome de Estocolmo, aman hasta la idolatría a los peninsulares que los esclavizan: Rabat no ha ejercido sus derechos sobre el territorio canario porque necesita que sus camiones circulen por la Península Ibérica para transportar sus productos agrícolas a la UE. Conjunto de países con el que el Reino alauita posee el mejor tratado de relaciones preferenciales que existen con un país no comunitario. En cuanto la diplomacia magrebí allane el terreno en Bruselas, empezará el proceso final para recuperar Ceuta y Melilla y, a continuación, anexionarse Canarias. Alguien puede decirnos que poseemos una imaginación calenturienta. Nada de eso. Lo que poseemos es una sólida memoria histórica; esa que el Gobierno español sólo tiene de forma parcial y para aquello que le interesa. ¿Qué ocurrió en 1975 con el Sáhara? ¿No se dijo entonces en Madrid que España jamás abandonaría ese territorio, y a los tres meses los españoles salieron de allí huyendo como conejos? ¿Quién nos asegura que no ocurrirá lo mismo con Canarias, cuando Mohamed VI, imitando a su padre, organice una especie de nueva Marcha Verde que algunos ya han bautizado como marcha azul? Está en las manos de Zapatero evitarlo.

¿Es viable Canarias como país independiente considerando su tamaño y su número de habitantes? Según los amantes de la españolidad, no. Pero los ejemplos abundan. Hoy citamos el caso de Andorra: un país pirenaico, que limita al Sur con España y al norte con Francia. Si este enclave europeo -y no hablaremos hoy y de nuevo de otro arrchipiélago libre y nación, Cabo Verde- subsiste como país independiente, ¿por qué no puede serlo Canarias, si estamos a 1.400 kilómetros de las costas españolas y a 2.000 de su capital? Andorra tiene 468 kilómetros cuadrados de superficie y algo más de 84.000 habitantes. Canarias tiene 7.446 kilómetros cuadrados de superficie y una población que se aproxima a las 2.100.000 personas. ¿Por qué Andorra sí y Canarias no?

Esa independencia de los andorranos les ha permitido organizar su país de forma más eficiente. Su órgano legislativo, el Consejo General de los Valles de Andorra, está formado por 28 miembros llamados consejeros, cuatro por cada una de las siete parroquias en las que está dividido el país, y no los sesenta diputados, chupópteros políticos, del Parlamento de Canarias. El caso es que Andorra es hoy en día un país próspero y rico, pese a no disponer de recursos naturales, como no sean sus inmensos y bellísimos bosques, sus innumerables pistas de esquí y sus ricos cultivos de tabaco. El turismo, los servicios bancarios y el comercio proporcionan a sus habitantes los medios suficientes para vivir con bastante desahogo y no encontrar ningún pobre o síntomas de pobreza. Entre los órganos del Estado Andorrano está, además del citado poder legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Desde 1993 los andorranos también poseen su Constitución. Es decir, es un país que nos puede servir como ejemplo, comparativo y relativo, para nuestra transición hacia la independencia de Canarias. Eso se llama eclecticismo: tomar lo mejor de los demás. Los representantes de las siete parroquias andorranas podrían ser, en el caso de Canarias, representantes de cada uno de los siete cabildos, elegidos por cada partido político. Partidos renovados, no los egoístas y corrompidos partidos españoles y paraestatales canarios y de otras naciones europeas. En definitiva, una auténtica nueva Canarias, con nuevos políticos y unos nuevos horizontes mucho más prósperos que los impuestos por la Metrópoli que nos coloniza y nos hace pasar hambre y sentirnos humillados. Los andorranos, al igual que los monegascos y los caboverdianos, son personas, no siervos.

 

Editorial El Día, 16-08-2009